Cambiemos por favor
Todos ustedes son unos machistas asquerosos, me dice una amiga extranjera y tiene algo de razón.
Por Ronald Flores
Últimamente se han exacerbado los ataques contra el machismo que confunden consecuencias con causas. Por supuesto que los hombres tenemos responsabilidad en perpetuar este limitado sistema de relaciones, pero no somos los únicos que debemos realizar un examen de conciencia (que debemos realizar imperativamente, que conste).
Al tratar este tema, tan delicado en el momento actual, se debe ser lo más ecuánime posible antes de blandir el dedo acusador de forma gratuita. El machismo se manifiesta de múltiples formas y daña tanto a las mujeres como a los hombres. Sí, también a los hombres nos priva de intimidad, de estar cómodos con nosotros mismos en su insistencia por alejarnos de nuestras vulnerabilidades y ternuras.
Los hombres no lloran, al menos mientras estén sobrios. Los hombres deben ser siempre fuertes y absorber todas las tensiones, al menos hasta que los fulminen los ataques al corazón. Los hombres hacen cosas de hombres y no planchan, no lavan, no cocinan porque si no…
Recuerdo el caso de una persona muy cercana a mí durante mis años de formación. Recuerdo particularmente el tiempo que dedicaba a reflexionar sobre algunos de los mensajes que recibió siendo niño, que determinaron esa conducta que como adulto intentaba modificar. Había un mensaje que señalaba con insistencia como causantes de ese desequilibrio emocional que padecía: ninguna mujer te va a amar como tu mamá. Aunque para cualquier persona con criterio esta frase es tanto válida como fallida, puesto que denota que la relación entre madre e hijo es una y otra muy diferente es aquella entre un hombre y una mujer, también por la forma reiterada en que esta frase es dicha condiciona una actitud que termina por dañarnos a todos.
En esta frase, para esta persona, se cifraba el inicio del complejo edípico y su búsqueda durante la adolescencia de una mujer con quien casarse que fuera, al menos en sus costumbres, como su mamá. Aun cuando encontraba parejas siempre estaba la duda en el afecto que su compañera de turno le profesara. Bien le había dicho su mamá que en las mujeres no había que confiar, que su afecto es muy cambiante, que son caprichosas, que en cualquier momento pueden irse con otro. Se establece, desde la infancia, una dicotomía demasiado simple: la madre es la única mujer pura y las demás, pues son unas cualquieras. Aquí por supuesto se puede identificar el inicio de ese síntoma clásico del macho latinoamericano: los celos patológicos y obsesivos con respecto de su pareja, lo cual no es más que una severa expresión de inseguridad en su propia persona. Esta inseguridad no es sólo algo que él quiera, sino que reside en lo más profundo de su subconsciente, la más probable causa de un proceso de formación que fue recibido en la infancia. Entonces surge esta interrogante para mí, con la absoluta convicción que tienen los grupos inmersos en la búsqueda de solución de que están al margen de esta grave problemática, ¿dónde podemos comenzar a modificar esa conducta que denominamos machismo que hace daño a todas las personas? Las personas que son padres y madres de familia, los hermanos y hermanas mayores, los profesores, las maestras, las autoridades, las personas comunes, podemos y debemos hacer algo para comenzar a relacionarnos de una forma distinta. Un buen punto es reconocer aquello que estamos haciendo nosotros, como individuos, en la familia y comenzar a buscar una manera más agradable, más emotiva, más respetuosa, más alegre. |