Fatiga en el paraíso
Relato del agotador rally de montañismo, bicicleta y natación efectuado en las montañas que rodean el lago de Atitlán.
Por Luis Galindo
Jueves. Panajachel tenía el espíritu de competencia. Nosotros, el equipo K2: Ellen, Rosa, Carlos y Luis, de la Federación Nacional de Andinismo (organizadora del evento) nos inscribimos en la categoría élite junto a otros 14 equipos.
Viernes: Salida de San Pedro La Laguna a las 9.30 horas. Veinte kilómetros en bicicleta de montaña hasta Santiago Atitlán. Rosa sufre una seria caída. Se lastima la rodilla y una muñeca. ¿Podríamos continuar?
Pensamos que no lograríamos medalla, pues entramos en el puesto 11 a la primera meta. Siguiente meta: la planicie de Chanán, entre los volcanes Atitlán y Tolimán, a dos mil 600 metros sobre el nivel del mar. Después, de regreso al lago.
A punto estaba el sol de ocultarse cuando iniciamos la etapa de remo: ocho kilómetros en cayucos de pescadores locales. Volvimos a San Pedro a las 22 horas.
Sábado. Subimos el volcán San Pedro durante la madrugada, guiados por el mapa y las nuevas coordenadas. Llegamos en sexto lugar a la cumbre. Bajamos a las de la mañana, ahora en tercer puesto.
Mientras descendíamos por el cerro Chuitinamit empezó a amanecer. El lago tenía un tono azul que no era sino el reflejo del cielo, un espectáculo que nos tocó el alma. Poco antes de llegar a San Pedro, alcanzamos a otro equipo que, para nuestra sorpresa, era el primero. Pero aún faltaba mucho.
La meta final estaba en Panajachel: 25 kilómetros más de caminata por regiones montañosas, con riscos y tramos peligrosos. En ese momento estábamos cansados, sin haber dormido en 24 horas, con hambre, pies inflamados, sed, dos lesionados, rodillas resentidas, linternas fallando y la presión de los otros equipos. Pasamos por San Juan, San Pablo y San Marcos, todos con el apellido La Laguna. Al llegar a Santa Cruz, faltaban siete kilómetros de camino. Ello implicaba otra noche sin dormir, y ya llevábamos 33 horas de competencia. ¿Seguimos o paramos?
Domingo. Perdimos la ruta. Un error en la lectura del mapa nos hizo pasar a medio kilómetro del puesto de control. Tuvimos que volver al último punto de referencia para reorientarnos. Los primeros rayos del sol nos ayudaron, pues prácticamente caminábamos dormidos. Recuperamos el ritmo pero habíamos perdido más de cinco horas. Los demás nos habrían rebasado, pero acordamos concluir la competencia, aunque fuera por honor.
Por fin apareció el puesto de control y nos informaron que ningún equipo había llegado. Aquello fue volver a la vida, aunque nos faltaban mil 500 metros de natación: nuestro talón de Aquiles. Sin embargo, pudo más la unión de nuestras voluntades, nos lanzamos al lago y llegamos primero. Eran las 10 horas. Habían transcurrido 48 horas y 6 minutos de haber emprendido este recorrido que para algunos parecerá locura, pero para nosotros la prueba de que el apoyo de grupo sirve para vencer nuestros límites individuales.
El resto fue la admiración por esta tierra hermosa, de ríos desconocidos y bosques misteriosos: un paraíso que el cansancio no nos impidió admirar. |