Voces
A saltos de susto
Por Ivette González
Los asaltos se han convertido en una desgracia diaria: la gente sale de su casa con temor, sin saber cómo regresará y aunque no todos terminen en hechos funestos, la mayoría dejan a las víctimas confundidas y asustadas.
Tal es el caso de una prima que un día, mientras esperaba la camioneta, sintió como un brazo le rodeaba rápidamente la cintura, quiso zafarse, pero antes de que pudiera moverse la voz del bandido le advirtió que no se moviera o intentara verle, y que, por si acaso se le ocurría correr, había un compañero suyo en la otra esquina, así que salida no tenía, que mejor se relajara y fingiera que se conocían, y de paso le diera la cadena de plata que llevaba colgada al cuello.
No tuvo más remedio que entregársela y ver cómo el tipo se alejaba con su cadenita. Lo único que logró articular fue “gracias”. Ese fue un gesto amable por parte de la víctima, pero ¿y si el gesto amable viene de parte del ladrón?
Otro amigo esperaba, frente a la chocolatería en que trabaja su esposa, a que ésta saliera. En eso, un muchacho con un arma le pidió su dinero. Oportunamente, su celular empezó a sonar, se puso blanco como el papel y sus manos empezaron a temblar, pero el muchacho se guardó el arma en el cinturón y tranquilamente le dijo: “No se preocupe, conteste, no me voy a llevar su teléfono, yo sólo quiero su dinero”.
Mi amigo contestó, terminó la llamada tan pronto como pudo, entregó el dinero y entró a la chocolatería a pedir un café negro, bien cargado.
Finalmente, una de vegetales que son armas. Una jovencita (que bien podría ser yo) esperaba la camioneta frente al Santuario de Guadalupe, cansada, malhumorada bajo el sol de mediodía.
Un hombre le puso un arma en el costado y le exigió sus objetos de valor. Sin chistar y con lágrimas en los ojos entregó todo. El ladrón retiró el arma de su costado y se la entregó diciéndole “que le mejore la vista”.
Cuál no sería la sorpresa de la muchacha al ver que la pistola del asalto era una simple zanahoria. |