La fuga
Un muchacho que conozco huyó de casa. Decidió irse, así sin más.
Por Ronald Flores
El drama de la huida, obviamente, no comienza ni termina ahí. La fuga es tan sólo un acto, pero que está encadenado con otros más; es ahora resultado de muchos otros actos anteriores y será causa de otros por venir. Esta, es de esperarse, es una historia de incomprensiones mutuas, de aterrantes vacíos de comunicación.
El muchacho, hay que advertirlo, es parte de una familia integrada, de un matrimonio que ha hecho vida conjunta desde antes de que él fuera procreado.
Sé que también hay jóvenes que se fugan precisamente por el desequilibrio que implica estar en una familia no tradicional, quizá con una madrastra que les exige demasiado o un padrastro que les acosa.
Escribo pensando en este muchacho. Esperando que de alguna manera estas palabras lleguen hasta donde él esté, pensando que tal vez estas palabras también son útiles para otros jóvenes como él, decenas de adolescentes hombres y mujeres que acarician la temible idea de fugarse de casa, antes de que suceda algo más grave aún, antes de que suceda algo irreparable. La calle, entonces, con sus incertidumbres y peligros, se convierte en un refugio, en una posibilidad, en la única oportunidad para salir adelante. Que se lleguen a tales extremos no es cuestión de así nomás. Al contrario, es el resultado natural de una vida familiar tormentosa, que evidencia su problemática en estos hechos, que evidencia que ha llegado un punto en donde hablarse no basta, porque se piensa que no se logrará ser entendido por los padres, porque se piensa que ante las inquietudes propias de la adolescencia los adultos responderán no con palabras sino con golpes.
Me consta que la mayoría de padres de familia piensa que está haciendo bien las cosas. Constantemente escucho que los padres dicen que con darle los satisfactores materiales a los hijos, con ponerles normas y asegurarse que se cumplan las reglas de la casa, todo debería estar bien.
Recientemente una madre me preguntaba el por qué su hijo seguía portándose mal si sabía que su papá le iba a pegar por reincidir en la misma conducta. Como no sabía los pormenores, opté por responderle con otra pregunta: ¿por qué el padre sigue golpeando al hijo cuando se ha dado cuenta que los golpes simplemente no corrigen esa conducta que lo molesta?. Me doy cuenta que hay silencios arduos, ásperos, dolorosos. Muchos hijos se quejan de que sus padres no les dirigen la palabra más que para regañarlos, para recriminarles cosas, para exigirles. Por eso se vuelve tan temible cuando los padres les hablan, porque no lo han hecho constantemente, de forma cotidiana; porque los padres no hablan con sus hijos como si fuesen personas con uso de razón y criterio, sino que como si fuesen máquinas que hay que programar con una conducta obediente.
La vida familiar en Guatemala está atravesando un momento difícil. No hemos aún arribado a una familia que se gestione también democráticamente, en especial cuando los niños dejan de serlo y se convierten en adolescentes deliberantes y con ímpetu por comenzar a ejercitar su raciocinio para tomar decisiones. Pocas veces he visto familias que abren el debate en el seno de sus hogares y toman decisiones colegiadas sobre los más diversos temas, desde dónde o qué se va a desayunar el domingo hasta el análisis del presupuesto para el próximo año.
Por experiencia propia, sé que los jóvenes entienden mejor cuando se les habla y se les exponen las cosas tal y como son. No siempre se pueden satisfacer todos sus deseos, todas las prendas nuevas de ropa que quieren comprar o los aparatos electrónicos o demás, pero comprenden cuando se les hace partícipes y responsables del presupuesto del hogar, también cuando tienen alguna injerencia en la toma de decisiones que les afectan o son ellos mismos los que ponen sus normas en diálogo con sus padres.
Sé que no sólo es problema de los adolescentes. Es también un problema en la actitud de los padres. Pocos son los que están dispuestos a conversar con sus hijos, a someterse a una evaluación por rendimiento, digamos, y a una sesión de planificación estratégica con la familia. Difícil resulta escribir esto en estos momentos, empero. Quizás se debió haber trabajado en la comprensión antes del hecho. Pero, estoy seguro, siempre hay una posibilidad de reconciliación entre los padres y los hijos. Ojalá así sea y la fuga sea tomada como un severo aprendizaje que fue necesario aunque pudo haberse evitado. Donde quiera que estés, sí sabes que es a ti a quien escribo, quiero que sepas que no estás solo.
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