¡Más fuerte niños!
Por: Gustavo Adolfo Montenegro
Ahora que ya es pescador de otros lagos y ansia eterna de almas que esperan, pienso que llevo tres veces la edad que tenía cuando me soñé con náusea y chupando un limón agrio para detenerla, sentado en unas gradas blancas, en el Campo de Marte, frente a un inmenso altar rojo.
Pero tan amargo estaba el limón (tras seis horas guardado en una bolsa) que mejor aguanté el mareo y grité más fuerte y sentía que él podía oírme, aunque en realidad mi aliento se perdía entre otros 300 y éstas entre cientos de miles: “Tú Eres Pedro... te quiere todo el mundo... Y sobre esta Piedra... Totus... Juan Pablo Amigo... Edificaré..., Guatemala... Tuus... está contigo...”
Bendito limón. A las tres de la mañana mi mamá lo rodajaba. Es por si te da náusea, me explicó. Bueno, realmente es lo que recomendaban por la radio. También mi gafete con nombre y dirección (ni teléfono teníamos) por si me perdía en la muchedumbre. ¡Si te perdés, buscás a los bomberos! Le decían a otro niño en la calle, la cual estaba oscura pero llena de gente, vecinos, con playeras y banderas verdes.
Era una marcha multitudinaria desde Jocotales, Chinautla. Nos fuimos por toda la 15 avenida; pasamos La Pedrera (todavía no había estadio), y llegamos hasta la Parroquia Vieja, con todo y su avenida de Los Árboles (que entonces hacia honor a su nombre). Recuerdo el asfalto quebrado como si fuera un cocodrilo negro en pedazos, sobre el cual marchaban cada vez más personas. Cantando y aplaudiendo, como extras de Jesus Christ Superstar seguimos caminando, sin cansarnos, hasta que el alba nos sorprendió allá por Jardines de la Asunción, zona 5.
Llegar al Campo de Marte fue fácil. Lo que ya no estuvo tan bien fue la espera. La misa estaba programada para las 9. Yo me quedé en las gradas mientras la familia y los vecinos se perdían en la multitud. Aquí nos juntamos, me advirtieron. El consuelo fue ver a otros compañeros de quinto primaria que ya estaban allí, pero no se podía bromear ni empujarse. Bien advertidos nos tenía el padre Pedro González, organizador del coro para la misa que Juan Pablo II celebraría aquel 7 de marzo de 1983. La verdad es que nos dio algo de risa la capa blanca que se puso el padre director. Nos encargaba: “Por favor, canten fuerte niños, para que los oiga el Papa”.
Así como el sábado 2 de abril de 2005 una agencia de noticias dijo dos veces en falso que ya se había muerto el Papa, ese día decían a cada ratito: Allá viene, allá viene y nada. ¡Allá viene.. allá viene! dijeron otra vez... y ahí venía. ¡Canten fuerte niños!, dijo el Padre y puso a funcionar su cassette con la pista musical. Él se hacía un queso y nosotros nos fabricábamos un recuerdo blanco en la memoria: gritería de niños y adultos :Túuuu ereees Peeeeedro... Yo gritaba lo más que podía. El papamóvil (Patamovil, decía mi abuelo) pasó lejos, pero pensé que él sí podía oírme. Claro, nuestras caras sólo eran puntos en la multitud convertida en alfombra de aserrín. ¡Más fuerte niños! gritaba el pobre padre, que nos había tenido ensayo tras ensayo, durante los últimos dos meses... |