Semanario de Prensa Libre • No. 40 • 10 de Abril de 2005    


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Punto final

De George W. a George W.
Los republicanos en el Congreso se esforzaron considerablemente por brindarle protección a la santidad de la vida de Terri Schiavo. Sin embargo, guardaron silencio cuando se trató de la santidad de la vida de prisioneros bajo su custodia.

Por Thomas L. Friedman*

De todas las historias acerca del abuso de prisioneros de guerra a manos de soldados estadounidenses y agentes de la CIA, seguramente ninguna fue más perturbadora e importante que el informe del 16 de marzo por parte de mis colegas del New York Times Douglas Jehl y Eric Schmitt, en el sentido de que, cuando menos, 26 prisioneros han muerto bajo custodia estadounidense en Irak y Afganistán desde el 2002 en lo que investigadores del Ejército y la Armada de Estados Unidos han concluido o sospechan que fueron actos de homicidio criminal.

Hace falta detenerse y pensar con respecto a esto: Nosotros matamos a 26 de nuestros prisioneros de guerra. En 18 casos, se han recomendado nombres de personas para ser enjuiciadas o para que sus dependencias de supervisión emprendan acciones, en tanto que otros ocho casos siguen bajo investigación. Eso, sencillamente, es alarmante. Tan sólo una de las muertes ocurrió en la prisión Abu Ghraib de Irak, informaron Jehl y Schmitt “mostrando cuán ampliamente se extendieron los abusos más violentos más allá de los muros de esa prisión y contradiciendo impresiones previas en cuanto a que las fechorías estaban confinadas a un puñado de integrantes de la Policía Militar, pertenecientes al turno nocturno de la cárcel”.

Sí, estoy consciente de que la guerra es un infierno y abunda la fealdad en cada rincón. Asimismo, comprendo que en lugares como Irak y Afganistán, estamos en contra de un cruel enemigo, mismo que, de tener el poder, infligiría un gran daño a nuestro país. No se lidia con personas de ese tipo con guantes de niño. Sin embargo, matar a prisioneros de guerra, presuntamente en el acto de tortura, es una indignidad inexcusable. El hecho de que el Congreso estadounidense acaba de sacudirse eso, y ningún prominente funcionario u oficial de alto rango haya sido despedido, es una burla. Este Gobierno está a favor de la “propiedad” de todo con la excepción de la responsabilidad.

El presidente Bush acaba de nombrar a Karen Hughes, su ex asesora de medios, para que encabece incluso otra campaña estadounidense enfocada al mejoramiento de la imagen de Estados Unidos en el mundo árabe. Tengo una sugerencia para ella: tan sólo averigüe quiénes fueron los funcionarios del Gabinete, los oficiales de la CIA y de las fuerzas armadas que estuvieron a cargo cuando ocurrieron estos 26 homicidios y despídalos. Eso hará más por mejorar la imagen de Estados Unidos en el mundo árabe-musulmán que cualquier campaña publicitaria, lo cual será inútil si este tipo de abuso de prisioneros no es desechado. Los republicanos en el Congreso se esforzaron considerablemente por brindarle protección a la santidad de la vida de Terri Schiavo. Sin embargo, guardaron silencio cuando se trató de la santidad de la vida de prisioneros bajo su custodia. Ese tipo de hipocresía no va a ganar ninguna batalla de relaciones públicas.

Por coincidencia, mientras estuve siguiendo la historia sobre el abuso de prisioneros, estuve leyendo Washington’s Crossing, el sobresaliente libro de David Hackett Fischer, historiador de Brandeis, acerca de cómo George Washington y su tropa rescataron la revolución estadounidense después de que fuerzas británicas y mercenarios alemanes de Hesse los hubieran derrotado en las primeras batallas en torno a Nueva Jersey.

Lo que resulta particularmente conmovedor es una de las secciones finales de Fischer, “An American Way of War” (“Un estilo de guerra estadounidense”), en el cual él contrasta cómo Washington lidió con prisioneros de guerra con la forma en que lo hicieron los británicos y las fuerzas hessianas: “Según ‘las leyes’ de la guerra europea, dar cuartel era el privilegio de recibir autorización para rendirse y convertirse en un prisionero. Siguiendo la costumbre y tradiciones, los soldados en Europa creían que ellos tenían el derecho a extender o negar ese cuartel. Bajo estas ‘leyes de guerra’, ningún cautivo tenía el derecho inalienable de ser tomado prisionero, o incluso a la vida misma.

Las actitudes estadounidenses eran muy diferentes. “Con algunas excepciones, los líderes de Norteamérica creían que el cuartel debería extenderse a todos los combatientes como una cuestión de derecho. Los norteamericanos se indignaban cuando les negaban el cuartel a sus soldados”. En un claro incidente, en la batalla de la Granja de Drake, tropa británica asesinó a los siete soldados de Washington que se habían rendido, aplastando sus cerebros con mosquetes.

“Los americanos recuperaron los cuerpos mutilados y quedaron impactados”, escribió Fischer. El comandante británico, sencillamente, negó cualquier responsabilidad. “Las palabras del comandante británico, tanto como los actos de sus hombres”, escribió Fischer, “reforzaron la determinación norteamericana de llevar su propia guerra en un espíritu diferente. Washington ordenó que los prisioneros alemanes de Hesse fueran tratados como seres humanos, con los mismos derechos de humanidad por los cuales estaban luchando los norteamericanos. Los mercenarios de Hesse quedaron asombrados al ser tratados con decencia e incluso bondad. Al principio, ellos no podían comprenderlo”. La misma estrategia se extendió a prisioneros británicos.

En las conclusiones de su libro, Fischer escribió líneas que Bush haría bien en considerar: George Washington y los soldados y civiles norteamericanos peleando a su lado en la campaña de Nueva Jersey no sólo revirtieron el impulso temporal de una amarga guerra, sino que lo hicieron optando por “una política de humanidad que alineó la conducta de la guerra con los valores de la Revolución”. Ellos pusieron un elevado ejemplo, y nosotros tenemos mucho que aprender de ellos.

*c. 2005 - The New York Times News Service

 
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