Semanario de Prensa Libre • No. 40 • 10 de Abril de 2005    


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Opinión

La mirada austriaca
Difícil examinarlos con una mirada que no sea implacable

Por Alexander Sequen-Monchez

Canetti no tuvo ninguna reserva para despedazar a Zweig: “Se tapaba la boca con la mano para ocultar su falta de dentadura. Aunque no le gustaba que lo viesen en aquel trance, me hizo señas de que me acercase y me forzó a tomar asiento en su mesa… Ha conocido usted personalmente a Joyce. Si tiene alguien que ofrezca una garantía económica para su novela, puedo recomendar a mi amigo Reichner que la publique. Pero ha de conseguir que Joyce le escriba un prólogo. Así la gente se fijará en su libro”. Una insinuación como ésta hizo rugir al joven escritor. “Lo único que yo quería era ayudarle”, dijo Zweig, infestado de silencio.

La anécdota muestra los tropiezos de la generosidad ante personalidades indomables. A pesar de que un precipicio aísla su pensamiento, sus rutas tienen en común la escapatoria del infierno nazi. Pero el corazón de Stefan Zweig ya estaba partido definitivamente con la caída del Imperio Austro-Húngaro. 1918 era el símbolo de la desolación en carne viva, pero también de la intransigencia criminal del nacionalismo. Habiendo sido orgullosos súbditos de los Habsburgo, fueron convertidos en apátridas del altruismo diplomático.

El entusiasmo editorial de los catalanes ha permitido el rescate de Zweig. Novelas y biografías. Una obra abundante y erudita que puede abreviarse en dos rudimentos: sin tolerancia no hay idea que valga y no se va lejos si ignoramos las claves del poder. Al menos un par de sus libros deberían leerse de cajón en el aprendizaje político: Castelio contra Calvino, conciencia contra violencia y Fouché, el genio tenebroso. Publicados en la década del treinta, reflejan a cabalidad los pantanos del alma. Si a esta hora muchos Calvinos siguen predicando con el fuego, ¿cuántas sabandijas habrá reptando por allí, doblegándose para renegar más tarde del dominio de Robespierres y Napoleones?

La actualidad de su reflexión no admite dudas. Pasados los años, sus novelas, trasladadas con frecuencia al cine, delatan arrugas y desentonos. Perduran los ejercicios narrativos de contemporáneos como Joseph Roth, otro nostálgico de la grandeza imperial. Aunque obvia la influencia de Freud (amigo al que dedicó un importante estudio), la escritura de Zweig supera la llana aplicación del psicoanálisis.

El arte de la biografía exige en él un respeto a compartir entre el insobornable y el traidor, entre el verdugo y la víctima, pues ambos desempeñan los atributos radicales de una pareja indestructible. Difícil examinarlos con una mirada que no sea implacable. Al rastrear el fanatismo de Calvino en la raigambre cristiana, el resultado es un retrato de la época; pulidos por el matiz y la ironía sus rasgos más atroces.

Podemos leer aquellas ignominias, aquellos triunfos del espíritu, como si fueran las páginas de un periódico. La maldad es desfachatadamente fresca.

Thomas Mann afirmó que Zweig había llevado con dignidad su fama. Cierto: más el aturdimiento que la jactancia y triunfante la desesperación contra la esperanza. En 1942, pasados ya los sesenta, decidió apurar su cara a cara con la muerte. En su nota suicida explica: “Saludo a mis amigos. Quizá ellos vivan para ver el amanecer tras la larga noche. Yo estoy demasiado impaciente y parto solo”. Bueno, no tan “solo”: Lotte, su esposa, abandonó de la misma manera el refugio brasileño. Los sabihondos mancharon de tinta su memoria al sugerir la cobardía. Para ellos, Zweig debió aguantar. Si esto es verdad, ¿cómo referirnos a quienes duraron lo suficiente para ser testigos del fracaso totalitarista? Celan se tiró al Sena en 1970; casi veinte años después, Primo Levi habría de arrojarse, no al agua helada: al vacío.

Después de todo, el magnífico y arrogante Elías Canetti en algo estaba equivocado: las generaciones posteriores no sepultarían a creadores como Franz Werfel o Zweig, por el contrario, estamos apartando de su legado la boñiga del destello.

 
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