Semanario de Prensa Libre • No. 58 • 14 de Agosto de 2005    


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Claroscuro

Poetas versus D.J’s
Un inusual enfrentamiento entre poesía y música mezclada a todo volumen.

Por: Luis Fernando Alejos

El versificador enmascarado sube la escalinata, ubicada a un costado de la entrada principal del Gran Teatro Nacional. No conoce esta pequeña sala: Tras Bastidores, la llaman. Lo entusiasma el saludo fraternal de los poetas organizadores de esta contienda. Shadow boxin' when I heard you on the radio; el rapero y actor L.L Cool J. está animando en la esquina de los poetas. También se vislumbra al difunto Tu Pac: "I kiss my Mama goodbye, and wipe the tears from her lonely eyes. Said I'll return but I gotta fight the fate's arrived. (Me despido con un beso de mi madre, y limpio las lágrimas de sus solitarios ojos, le dije que regresaría pero debo pelear, el destino ha llegado).

Alioto Loco, una mancuerna de hip hop local, es el retador. Viene armado con su tornamesa, el DJ Básico 3 y un séquito de fans. Antes de que ingrese el público, los poetas llevan a cabo la correspondiente prueba de sonido. Entra en calor su labia. Los cuerpos se tensan. Algunos optan por un trago de aguardiente que retrasa el inminente pánico escénico.

Una pequeña muchedumbre se abre espacio en la sala. Varios de ellos esperan, con anticipación, en el estrecho umbral. Ese detalle es indudablemente lascivo, piensa el enmascarado: los minutos previos al acto y los participantes que se observan. Música, temblor en las palabras que dicen, y en las que no, tiempo, silencio. La trampa que atrapa en sus bases la tierra. El grito asfixiado del texto que queda sembrado en las manos.

Julio Serrano bautiza los oídos de la audiencia, flotan sus versos en el calor de la sala.

"Miseria es leer poesía y no recordar los poemas hermosos. La miseria somos nosotros, amor. Es la orgía de los poetas donde se aplauden los miserables", continúa Juan Pablo Dardón. Los otros también manifiestan síntomas de poesía. Es contagioso. La audiencia escucha y aplaude. Los primeros 5 asaltos finalizan. Pueden contarse los heridos con los dedos de una mano. Son ellos: los cantores. El fin de la infancia, canción del grupo mestizo Café Tacuba es la cortina musical que cede el escenario a los contrincantes: Alioto.

La audiencia conoce sus rimas y el sonido que sirve de base para el discurso de batalla. El rudo enmascarado lo observa todo, y en su cabeza (paralelamente al espectáculo que está desarrollándose) una banda sonora recorre el mercado de nostalgia: Vico C en sus inicios, los discos Ill Communications de Beastie Boys y Poverty's Paradise de Naughty by Nature; las rolas Humanos Mexicanos y Abarájame, de Control Machete e Illya Kuryaki; un largometraje comercial pero disfrutable, Brown Sugar; The way I am de Eminem y 99 Problems de Jay-Z.

"El espíritu del rock and roll vive, asimismo, en la actitud y el coqueteo entre géneros, en la flexibilidad de las mentes creativas que no asumen una pose y crean sin etiquetas", piensa El Maligno Doctor Cadillac (como es llamado en el bajo mundo de los cuadriláteros sonoros). Finaliza el combate. Se retira Alioto y, minutos después, sus seguidores. Los poetas se resisten a que sea lanzada una toalla, y prosiguen. Javier Payeras dedica una copla a alguien que, de alguna forma, “ha muerto”: Estuardo Prado. Un epitafio es enunciado a lo lejos: "Ojalá yo sea quien rompa la red y todos queden solitarios guardando silencio".

 
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