Presto non troppo
Desde un templo destemplado
Qué lastimosa insensibilidad
Por Paulo Alvarado
presto_non_troppo@yahoo.com
Una pequeña población a la orilla del lago de Atitlán. Un enclave de ensueño para turistas, tanto nacionales como extranjeros. Antiguamente, en la época colonial, una aldea con nombre de santo evangelista. Mucho más adelante, un refugio para hippies. Hoy, como siempre, un remanso para el visitante.
Sí, un remanso de sosiego... hasta que comienza el culto. Apenas dan las siete de la mañana y a pesar de que es día de reposo, el destemplado cántico de una jovencita se encarga de despertar rudamente a quienes están alojados en el rústico albergue (y también se encarga de mantenerlos despiertos, pues el espantoso suplicio continúa por más de tres horas). La fuente del estrépito se ubica a una buena distancia del hospedaje, pero únicamente unas momentáneas desconexiones del sistema de amplificación —que le confiere una molesta e irremediable proximidad al ruido— brindan algún respiro y permiten que uno se percate irónicamente de cuán lejos se encuentra el recinto donde se origina el bullicio.
Poco después, y desde otra dirección, principia otra salmodia, igual de inexorable y fastidiosa. El fuego cruzado de los alabados hace tomar conciencia de que por un lado están los católicos, por el otro los protestantes, en abierta e insufrible competencia. No obstante, ambos caen en la misma estridencia, el mismo tono lamentoso y lamentable. Voces, de suyo poco atrayentes, empeoradas por la amplificación de sonido, e intemperadamente impuestas al vecindario.
Pero —alegará más de alguno—, ¿no estaremos atentando contra la libertad religiosa y “la buena intención” de una devota feligresía al señalar lo impertinente de semejantes prácticas? ¿No nos arriesgamos a quedar como intolerantes? ¿Acaso no tiene cualquiera la potestad de pasar encima del derecho que los demás tienen a la tranquilidad, para dar a conocer lo que considera como una revelación sobrenatural?
La experiencia resulta lastimosamente contradictoria para quienes viajan al interior del país en busca de un sitio sereno y acogedor, mas aquello pronto lo olvida un viajero, en medio de tantos otros afanes. En cambio, ¿qué grado de insensibilidad tienen que desarrollar los que residen en una comunidad tal si es preciso que convivan cada semana con las inmoderadas emanaciones sonoras de templos que les destemplan los oídos a diestra y siniestra?
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