Carácter irreverente
El antiguo pueblo colonial de Coyoacán es hoy un coqueto barrio de México DF en el que se respira la herencia bohemia dejada por sus ilustres habitantes.
Texto y fotos: Gemma Gil Flores
Frente a la fachada de la Iglesia de San Juan Bautista, un grupo baila al son de los tambores para reivindicar su pasado azteca. En una esquina de la Plaza Hidalgo, la muchedumbre se arremolina alrededor del mimo, al otro lado de la calle, los niños arrastran a sus padres hacia las heladerías. En los bancos del Jardín Centenario, las parejas buscan la complicidad de sus miradas. Parece mentira que puedan excluir de su universo el alegre bullicio que les rodea. Las terrazas de las cafeterías parecen avisperos de animada conversación, oasis de descanso en el discurrir perezoso del río humano que recorre el mercado de artesanías. Coyoacán es una explosión de vida, uno de esos lugares donde, sencillamente, todo parece posible.

El Mercado popular brinda la oportunidad más auténtica para degustar el sabor tradicional y especiado de la comida mexicana. |
Este barrio bohemio, ubicado al sur de la Ciudad de México, no era más que una aldea cercana a la capital azteca de Tenochitlán, cuando el conquistador Hernán Cortés la eligió para establecer su residencia, en 1521. Allí vivió el español junto a su amante e intérprete mexica, La Malinche. Ambos fueron las dos primeras celebridades, de las muchas que habrían de vivir en aquel rincón de México que en lengua nahualt significa “lugar de los coyotes”.
En el último siglo, las avenidas arboladas de Coyoacán han sido testigo de los paseos del premio Nobel de Literatura, Octavio Paz, de la tormentosa relación entre el muralista Diego Rivera y la pintora, Frida Kahlo, o de los últimos días del político ruso León Trotsky. Las casas de estos últimos forman parte de los recorridos turísticos obligados.
El hogar de Kahlo y Rivera permite al visitante asomarse a la complicada personalidad de la pareja, mientras que la de Trotsky deja entrever los austeros hábitos del que fuera uno de los padres de la revolución bolchevique y uno de los hombres más amados y odiados de su época. En la fachada de su casa aún se pude apreciar la huella dejada por los más de 80 proyectiles disparados por un grupo de estalinistas, en mayo de 1940. Semejante lluvia de balas no consiguió terminar con la vida del revolucionario, quien, sin embargo, murió en esa misma casa meses más tarde, a manos del español Ramón Mercader.
Con sabor a historia
El crecimiento voraz del DF, transformó Coyoacán de pueblo a barrio, pero la voracidad insaciable de la ciudad no ha conseguido fragmentar su encantadora fisonomía colonial, ni alterar el espíritu bohemio de este refugio de escritores, intelectuales y artistas.
Las pequeñas tiendas y locales de corte neo-hippie conviven con las mansiones y casonas de los siglos XVII y XVIII, que se asoman a la Avenida Francisco Sosa. El paseo por esta arteria termina en el que es el auténtico corazón del lugar de los Coyotes: el Jardín Centenario. Lo que fuera el antiguo atrio del monasterio de San Juan Bautista, del que sólo queda la Iglesia del siglo XVII, es hoy un animado punto de reunión. Junto a este punto neurálgico, se encuentra la Plaza Hidalgo, amplio espacio, presidido por la Casa de Hernán Cortes, donde los fines de semana se confunden los vendedores de artesanía, los payasos, los músicos y los paseantes que degustan alguno de los famosos helados del lugar.
El recorrido se puede continuar hacia la cercana Plaza de la Conchita. Esta plazuela colonial, con su cruz de piedra en el centro, está presidida por la Iglesia de la Concepción (cuyo diminutivo le da el nombre) destacable por su bella fachada de estilo mudéjar.
Si después de tanto caminar, el visitante quiere refrescarse, nada mejor que hacer un alto en el camino en alguna cantina. Las de mayor tradición del lugar son La Guadalupana (calle Higuera y Caballocalco), un local de ambiente taurino y popular, donde la cerveza corre a raudales, y El Hijo del Cuervo (Francisco Sosa , 1), donde se suelen presentar formaciones musicales.
|
Además
¿Cómo llegar?
- Estaciones de metro:
Viveros, Miguel Ángel Quevedo o General Anaya
- Imprescindible...
Degustar un plato típico en el Mercado popular.
Tomar un helado en el Jardín Centenario.
Recorrer los 3.5 kilómetros que separan Coyoacán del barrio de San Angel, donde los fines de semana se organiza un interesante mercado de artesanías. |
La noche trae consigo casi tanta animación como el día. Las terrazas se iluminan, el ritmo de los conciertos se entremezcla en el aire, los vendedores callejeros cubren sus mantas de collares, zarcillos y brazaletes. Las calles siguen tomadas por los paseantes y Coyoacán sigue oliendo a independencia y a libertad. El mundo de Frida
Apasionada, provocadora y rebelde, Frida Kahlo está considerada como una de las pintoras mexicanas más destacadas del siglo XX. Su biografía, marcada por el sufrimiento físico, ha fascinado al público del mundo entero, hasta el punto de llegar a opacar el valor de su pintura.
Hija de un fotógrafo judío-alemán de origen rumano y una mestiza mexicana, Frida nació en Coyoacán, en 1907. Sus problemas de salud comenzaron desde la infancia, cuando contrajo la polio, una enfermedad que le dejó una pierna menos desarrollada que la otra. Esta circunstancia no impidió que desarrollara un carácter jovial y rebelde.
De hecho, en la Escuela Nacional Preparatoria de México, donde ingresó en 1922, se destacó como ilustre cabecilla de los alumnos más traviesos. Además, allí comenzó a tomar clases de dibujo y conoció al muralista Diego Rivera, el amor de su vida. En 1925, sufrió el accidente de autobús que habría de condenar su existencia al dolor y al sufrimiento. Un hierro le penetró desde el estómago hasta la pelvis y su columna vertebral quedó fracturada. Como consecuencia de las lesiones fue sometida, el resto de su vida, a numerosas operaciones y nunca pudo tener hijos. Durante la postración necesaria para su recuperación, comenzó a pintar, actividad que desarrolló como una terapia para exorcizar sus frustraciones.
En 1929 se casó con su admirado Rivera, al que le unió una relación tormentosa como consecuencia de las múltiples infidelidades en que incurrió el muralista. La vida de ambos estaría marcada por las discusiones, las reconciliaciones y el éxito. Un reconocimiento que a la pintora le llegaría pocos años después de su matrimonio.
Su pintura fue considerada por la crítica como surrealista, sin embargo Kahlo expresó: “Nunca pinté mis sueños. Pinté mi propia realidad". Su Casa Museo de Coyoacán ofrece una visión intimista de esa realidad, dolorosa, provocadora y vital, que han hecho de la pintora un auténtico icono contemporáneo.
|