Semanario de Prensa Libre • No. 58 • 14 de Agosto de 2005    


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Punto final

La villanía del lenguaje
¿Qué designamos con la alharaca de que tal país está “colombianizado”?

Por Alexánder Sequén-Mónchez

Somos colombianos. Lo es quien zanja las aguas del Caribe, como lo son chilenos y salvadoreños. Este continente se hubiera llamado “Colombia” de no ser por el polvo favorable que Américo Vespucci levantó en Saint-Dié. Él, que vino a este lado del Atlántico sólo cuando Cristóbal Colón ya había emprendido sus dos primeros viajes, legó a juicio de los sabios una odisea superior. Y la razón persevera en la idea que Todorov presta a Germán Arciniégas: “Colón escribe documentos; Américo, literatura... Colón es un hombre de la Edad Media, Américo del Renacimiento”. Mucho le costó al protegido de la Reina Isabel no relatar la belleza del Nuevo Mundo. Un guiño de admiración bastó entonces para bautizar estas tierras. Ni siquiera el alboroto armado por Las Casas pudo corregir el capricho. Únicamente los colombianos hicieron justicia al descubridor.

Así vale la pena afirmar que Guatemala es Colombia. El reproche pende del hilo político: los analistas abandonaron la teoría para afianzar trabalenguas que, según sus frágiles puntos de vista, definen complejas circunstancias sociales. Para ellos, el problema del narcotráfico se resuelve con un “descolombianizador” que sepa “descolombianizar” una nación “colombianizada”; de lograrlo, magnífico “descolombianizador” será; amén de ganarse un cupo en la prepotente certificación que despacha Estados Unidos. Tampoco penalicen los ignorantes a ningún “colombófilo”. De acuerdo al DRAE, éste se dedica deportivamente a criar palomas.

No son positivos los ayuntamientos entre lingüística y sociología. ¿Qué designamos con la alharaca de que tal país está “colombianizado”? Téngase por seguro que un calificativo tan injurioso desgarra el amor propio. Si el racista rebuzna y el infame de Francisco Umbral apoda sudacas a los latinoamericanos, la política local tendría que poner sus barbas en remojo. No resulta nada agradable que por el hecho de ser colombiano, alguien sea recibido en cualquier aeropuerto con tratos perros. Lo asqueroso del lenguaje abunda puesto al servicio del estereotipo.

Estados Unidos proyectó esta etiqueta para localizar la expansión de los cárteles de droga. Temen -hipócritamente hasta que no asuman su avidez adictiva- que la “colombianización”, operando por efecto dominó, se transforme en el común denominador. El término abarca producción, venta, consumo, violencia, ingobernabilidad, y fue promovido por la prensa, el cotilleo académico, incluso por colombianos, si no recordemos al cínico expresidente Ernesto Samper dándole consejos a México. Lógico que el Departamento de Estado conceptualice lo que le venga en gana, pues al fin y al cabo también somos fichas en su tablero. Pero ojo con el doble discurso: de un lado, proscriben y extraditan, a la par maniobran el fenómeno -llave maestra- para controlar los grados de "soberanía" externa.

¿Se está “colombianizando” Guatemala? Sobran los juradores, cuyas interpretaciones carecen de luces. No podemos ser un clon de Colombia, y es un yerro estratégico andar ofreciendo declaraciones irresponsables. Falaz simetría: conformamos una sociedad de postguerra, mientras que allá la locura mantiene su cauce. Difícil, además, fabricar la droga en proporciones macro y, estúpido, competir independientemente para absorber el mercado Petén arriba. Esa autonomía no entra en los planes de los peces gordos. Por lo tanto, consumimos los excedentes de un almacenamiento destinado al tránsito. Y con eso tienen los distribuidores para pelear con brutal ambición. Asimismo, la rentabilidad del comercio, amparada en el ambiente corrupto, involucra intereses que conectan, transnacionalizando sus alcances, mafia y política. Nuestro bodrio estatal se ha ido configurando, a partir de la década del 70, con arreglo a las filtraciones del crimen organizado. En gran medida, los espacios aduanales, de seguridad y la perniciosa lotería de los partidos políticos, dependen del narcotráfico. De esta manera, el lavado de dinero no despilfarra las ganancias; al contrario, las invierte en la compra de impunidad.

Nadie es paradigma de la “colombianización”, sencillamente porque de aquí a Rusia, pasando por Tokio y los vecinos del Norte, aconteció una pulverización ética reflejada en el debilitamiento de sus instituciones públicas. Sin la actitud ciudadana educada para elegir individualmente, y despojados de un orden gubernamental, honesto en los requerimientos mínimos, es absurdo creer que el negocio de la droga nos viene de afuera, de Colombia. Hay que observar los particularismos históricos y profundizar el estudio de la narcoactividad, cambiante en su tipología de país en país. Es la diferenciación de los eslabones. Ahora bien, si de veras queremos compararnos, sugiero que revisemos Perú. Allí espejea, con pasmosa analogía, la inaguantable ilusión moderna cebándose en raíces gangrenosas.

Pongámonos en los zapatos del colombiano. La basura narcotraficante (incluida la falsa moral denostadora) intoxica a nivel mundial. Tarde o temprano, -rápida es la globalización de trivialidades- alguno de ellos, ante la desidia de un compatriota, balbuceará: “Usted como que se me está guatemalizando, hermano”.

 
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