El café y sus historias
Con la Primera Guerra Mundial fueron intervenidos por el gobierno de Manuel Estrada Cabrera los bienes de los ciudadanos alemanes.
Por edgar Ruano Najarro*
Erwin Paul Diesseldorff fue uno de los casos paradigmáticos del joven emprendedor alemán que llegó a Guatemala a finales del siglo 19 y en un par de décadas había logrado construir un verdadero emporio de producción y exportación de café. Según la historiadora Regina Wagner, después de su arribo a Guatemala en 1888, E. P. Diesseldorff dio inicio a sus actividades con un préstamo de unos 17 mil pesos de aquella época, compró una finca y luego la vendió a un precio más alto.
Finalmente, en 1890 compró la finca Seacté en la cual pasó varios años “viviendo entre los labradores indígenas a la misma manera que ellos”, dice otro estudioso de los alemanes en Guatemala, el reverendo Ricardo Terga Cintrón. Al año siguiente, compró la finca Chiachal, luego Chajcar y así sucesivamente hasta llegar a poseer unas 24 fincas. La dos últimas de ellas las adquirió en 1924.
Al filo de 1920, según Terga Cintrón, E. P. Diesseldorff había adquirido unas 25 fincas, además de muchos terrenos relativamente pequeños comprados a los habitantes indígenas de la región, todo lo cual significaba varios cientos de caballerías de tierra. En la forma de llevar sus fincas, E. P. Diesseldorff no fue diferente a sus compatriotas dedicados a la caficultura o bien a los cafetaleros guatemaltecos.
Simplemente, siguió las normas de la época, entre ellas, la relación con los trabajadores, que fue la clave del éxito vertiginoso tanto de Diesseldorff, como del resto. Wagner señala cómo E. P. Diesseldorff pagaba por jornal un poco más que muchos otros finqueros a los mozos colonos y a los jornaleros si trabajaban ocho días seguidos en algunas tareas, pero dice también que en el departamento de Alta Verapaz no era desconocida la forma estricta en que el finquero alemán exigía el cumplimiento de los contratos por parte de los jornaleros que habían recibido anticipos de dinero.
A todo faltista fugado lo mandaba a buscar, aun si trabajaba en otra finca, para que descontara la deuda contraída con él. También pagaba la conmuta del servicio militar de los mozos para que en vez de ir a la milicia trabajaran en sus fincas y, desde luego, les descontaba con trabajo.
Todo ello se lo permitió el régimen social y político de la época, pues en los años en que E. P. Diesseldorff construyó su gran empresa, la bonanza del café fue erigida sobre las espaldas de los jornaleros, quienes eran obligados a trabajar forzadamente en las fincas por medio de muchas disposiciones legales y artificios de todo tipo.
Por ejemplo, en los años en que Diesseldorff compró sus primera fincas, estaba en vigencia el decreto 243, de fecha 27/3/1894, que decía:
“Cada patrono de una finca rural deberá entregar un libreto al mozo colono donde deberá constar el contrato celebrado y asentará semanalmente las cantidades que reciba y las que abone; no dar trabajo a ningún jornalero o colono que no presentare su boleto de solvencia con su anterior patrón, si lo hubiera tenido. El patrón, por medio del alcalde auxiliar de la localidad, podrá retener o poner en depósito provisional los haberes en especie, animales u objetos que la ley permite embargar y que pertenezca a un colono que haya huido o dé señal inequívoca de querer huir sin estar solvente con el patrón. Los patrones, sus encargados o agentes, podrán perseguir a los trabajadores fraudulentos que no hubieren cumplido sus compromisos y las autoridades designadas en esta ley están estrictamente obligadas a expedir órdenes de captura y a facilitar los medios que están a su alcance para su aprehensión. Aprehendido el trabajador, queda a sus patronos, sus encargados o agentes, la facultad de pedir que se devuelva a la finca o sea remitido, para que desquite la deuda, a la Compañía de Zapadores. Todos los gastos ocasionados por la captura, detención o conducción del jornalero o colono prófugo, serán por cuenta de éste. Cargándosele a su respectiva libreta. El colono puede comprometerse a trabajar en una finca por un período no mayor de cuatro años, pero pasado este tiempo, aunque no se renueve el contrato, si el trabajador no está solvente con el patrón, no podrá retirarse de la finca”.
Sobran los comentarios sobre, para decir lo menos, las facilidades que encontraron en Guatemala los alemanes y demás extranjeros que se dedicaron al cultivo del café, que no era otra cosa que el régimen del que también gozaban los empresarios cafetaleros nacionales. No todo fue miel sobre hojuelas. Con la Primera Guerra Mundial fueron intervenidos por el gobierno de Manuel Estrada Cabrera los bienes de los ciudadanos alemanes y E. P. Diesseldorff vio intervenidas algunas de sus fincas, pero con la revolución de abril de 1920, que derrocó al dictador, los alemanes afectados intercedieron con el nuevo presidente, Carlos Herrera, terrateniente también, para que se les devolvieran sus propiedades y luego de un tiempo les fueron retornadas.
La revolución de abril también trajo motivos para que a don E. P. Diesseldorff se le perturbara el sueño. El nuevo clima político de cierta apertura que creó la revolución permitió la organización política de los guatemaltecos en franjas sociales que anteriormente tenían vedada la participación política.
Así, en abril de 1920 se formó en Alta Verapaz el Club Unionista “La Libertad del Indio”, que se dirigió a la Asamblea Legislativa para protestar por los abusos cometidos por las autoridades locales contra la población indígena y, entre otras cosas, solicitaron a los diputados “La supresión en toda la República del contrato entre PATRÓN y JORNALERO por ser ésta una de las mayores causales por la cual sufre (el pueblo indígena) y dejándose en consecuencia el TRABAJO LIBRE”.
Sin embargo, el verdadero peligro para E. P. Diesseldorff era un indígena llamado José Ángel Jcó, tanto que en septiembre de ese año el finquero alemán se dirigió al presidente Herrera para quejarse de Jcó, pero el mandatario lo remitió con el secretario de Gobernación, Adalberto Saravia. Diesseldorff se dirigió a Saravia y le expuso que José Ángel Jcó era el presidente del Club Unionista de Indígenas de Carchá y que había logrado que ingresaran en dicho club la mayoría de indígenas “mediante ofertas bolschewistas” como repartir las tierras de las fincas a los indígenas, que iba ha aumentarse los salarios, etc. y que por ello en Senahú los mozos estaban en huelga.
“La única manera de mejorar esta situación es que José Ángel Jcó sale de este departamento para siempre”, decía Diesseldorff en su carta. Luego, añadía que en muchos distritos los indígenas poseen terrenos propios y por ello han decidido retirarse a esos terrenos a vivir “de holgazanes”, por lo que era necesario imponer una carga a todos aquellos indígenas que solamente producían lo necesario para vivir y no “contribuyen al balance económico del país”. “A mi juicio —seguía Diesseldorff— fue error dar a un indígena tanto poder como se ha dado a Jco”.
Un mes antes de esta carta. El propio José Ángel Jcó se había dirigido al presidente Herrera para denunciar que había recibido una golpiza por parte de unos “castillistas”, y que había sido conducido a la cárcel de Cobán, “todo por envidia de que nuestro club es bastante fuerte”. El heredero de E. P. Diesseldorf fue su hijo Guillermo Erwin Diesseldorff, a quien le fueron expropiadas algunas caballerías de tierra en aplicación a la reforma agraria del tiempo de Árbenz, pero después de 1954 también le fueron devueltas esas propiedades.
Así como ésta, hay muchas historias que también forman parte de la gran historia del café en Guatemala. *Sociologo guatemalteco |