Seis Quijotes
Texto Gustavo Adolfo Montenegro
Foto Carlos Sebastián
“En algo coinciden estas historias. A todas estas personas, sin excepción, alguien ya les ha dicho, más de una vez, que su proyecto, su ideal, su sueño, es una locura. “¡Me lo han dicho muchas veces!”, cuenta Belia de Vico, fundadora de una escuela gratuita de arte para niños en Santa Catarina Pinula. “¡En un país como éste, todo lo cultural es una locura, pero una muy hermosa!”, exclama Fernando Archila, director del Coro Nacional de Niños de Guatemala, que subsiste enmedio de grandes carencias. Estas son algunas historias de cruzadas personales a favor de un proyecto artístico o educativo. A todas les hacen falta nobles Sanchos que quieran ayudar.

Esdras Patá Sirín dirige uno de los ensayos, en el Salón Comunal de Santa Cruz Balanyá, Chimaltenango, a 85 kilómetros
de la capital. |
Orquesta de la verdura
Algo suena distinto desde hace un año en Santa Cruz Balanyá, Chimaltenango: además de las milpas movidas por el viento, cada tarde suenan los acordes de violines, violas y chelos, en el salón comunal o en el patio de una casa. “Nos faltan todos los vientos de bronce y madera para completar la orquesta, pero es que aún estamos pagando los últimos chelos que compramos”, explica el profesor Esdras Nehemías Patá Sirín, principal impulsor de este proyecto, que le nació al escuchar un concierto de música clásica en la capital.
“¿Por qué no puede haber algo así en mi pueblo?”, pensó. El 18 de julio de 2004 empezaron las clases y en la pasada Navidad ofrecieron su primer concierto. El apoyo de varios amigos y vecinos ha sido valioso, mas no suficiente, pues en este momento la naciente orquesta atraviesa una crisis: las lluvias irregulares y los bajos precios del mercado no han dado las ganancias esperadas en la cosecha de legumbres, principal sostén económico de este esfuerzo. “Algunas personas nos han dado donativos, pero no alcanza para pagar a los profesores, que son de la Orquesta Sinfónica Nacional y vienen los fines de semana a trabajar con los niños y jóvenes”, explica Patá, de 28 años, quien aprendió a tocar clarinete en un seminario evangélico. Por las mañanas trabaja en sus cultivos y en las tardes dirige los ensayos. Muchos de los pequeños han trabajado también en los cultivos familiares antes de poder estar con el violín al hombro cada tarde, de las 15 a las 17 horas. “A mí me gusta venir porque es algo diferente”, declara Mirna, de 9 años. “Yo me siento triste a veces cuando busco apoyo y no lo consigo”, confiesa Sirín, quien a pesar de todo no se desanima. Con alegría afirma: “He decidido empeñar mi vida en esto, porque ya empieza el fenómeno de las maras en este pueblo y yo quiero mostrarle a los niños que hay algo mejor para hacer”.
La escuela de El Pueblito
Un pequeño salón de la casa de Belia de Vico, en la comunidad El Pueblito, Santa Catarina Pinula, resultó insuficiente para albergar a los 62 niños que asisten actualmente a la Escuela de Arte que comenzó a funcionar hace casi cuatro años. En 2006 recibirá a 20 niños más. Por ahora trabajan en el galpón desocupado de una antigua finca lechera. “Vi que los niños de Santa Catarina se mantenían jugando en las calles, donde hay tantos peligros. Se me ocurrió que sería bueno que aprendieran a dibujar y a pintar. Pronto me di cuenta de lo caro que resulta comprar pinturas, pinceles, papel, lápices”, cuenta Belia, quien empezó a buscar ayuda entre amistades y algunas empresas. “Yo creo que algunos ya no quieren ni verme. Otros piensan que es una locura, que el arte no rinde frutos económicos, pero yo sé que estos niños están educando algo muy importante que es su sensibilidad”, cuenta mientras los ve trabajar en un taller de grabado, impartido por Moisés Barrios quien colabora gratuitamente al igual que otros artistas. “Alguna gente me ha dicho que si fuera para mí el dinero me lo darían, pero si es para otra gente, no”, cuenta.
Un vecino altruista le donó un terreno cercano para la sede del Proyecto para Niños El Pueblito. “Ahorita no tenemos ni los planos, mucho menos los materiales y no sé de dónde van a salir, pero antes de que termine este año estaremos comenzando los trabajos”, dice con seguridad la promotora cultural.
Además de los talleres creativos, el proyecto tiene una biblioteca e imparte una capacitación ocupacional a las mujeres de la comunidad; ofrecen además reforzamiento escolar, inglés y asesoría psicológica a los niños y sus familias, todo proporcionado por voluntarios que apoyan la causa de Belia, quien a menudo se angustia debido a que deben pagar la electricidad o las refacciones para los alumnos. “No les cobramos ni un centavo porque si así, gratuito, cuesta que sus padres los dejen venir, imagínese si pedimos un pago. Entre ellos hay mucho talento, que no queremos que se pierda”, finaliza mientras mira a un pequeño que talla la plancha para un grabado.
La esquina de colores
Un local abandonado de Puerto Barrios (cuyo dueño dio con una buena rebaja en la renta) se convirtió en un epicentro cultural para Izabal. La Casa Caribe, con casi tres años de existencia, es fruto de la lucha de Gustavo García, escritor y promotor cultural, apoyado por su esposa, Rosario Castillo. “El panorama cultural era desolador: no había exposiciones, ni conciertos, ni lectura de poesía, ni conversatorios, ni cineforos”, cuenta García. “Mi esposa se cansó de oír tanta queja y me dijo: ‘Si no existe a dónde ir, creá vos un espacio cultural’. Y al sordo se lo dijeron”.
Casa Caribe ha presentado pintura y fotografía, conciertos música garífuna y rock, orquestas de cámara y solistas clásicos. Ha organizado concursos literarios, ciclos de cine y teatro popular. Lamentablemente la oferta no siempre ha significado demanda: “Hace poco organicé un cine-foro y no llegó nadie. Después presentamos por tres días El Sombrerón, una película histórica guatemalteca y llegaron siete personas: cuatro el primer día, dos el segundo y una el tercero”, relata.
García fundó un periódico bimensual, El tiempo de Amatique y una biblioteca que actualmente tiene 2 mil títulos (empezaron con cero), a la cual llegan estudiantes no sólo de Puerto Barrios sino de municipios aledaños. No cobran un centavo por sus servicios: Casa Caribe se sostiene con los fondos de publicidad impresa incluida en sus boletines, además de algunas donaciones, pero ello no es suficiente.
“En Puerto Barrios no tengo el campo más fértil, de hecho casí podemos hablar de un lugar árido para la cultura”, dice García al referirse a la apatía con la cual muchos ven su trabajo. Pero no se desanima: “Es gratificante culminar un campeonato de ajedrez cuyo premio es una edición de Don Quijote de Cervantes, que los niños la miran con ambición mientras juegan sus partidas”, comenta.
En su opinión, el problema de Guatemala no es nada más económico. “No sólo es que haya pisto, sino se debe mejorar la calidad de las personas”, afirma y es por ello que no deja de soñar con un enorme edificio, a la orilla de la playa de Puerto Barrios, al estilo del teatro de la Ópera de Sydney, Australia, pero que se llame Escuela de Bellas Artes del Atlántico. “¡Tiene que poder hacerse!”, exclama.
Que canten los niños
Cada sábado por la mañana se reúnen, en una escuela de la zona 1 de la capital, los niños que integran el Coro Nacional Infantil y por la tarde, los adolescentes del Coro Juvenil. Hace 4 años no existían estos grupos, que nacieron por la inquietud de varios profesores de educación musical, encabezados por Fernando Archila.
“Soñábamos con grupos modelo de alto rendimiento, pero no hay programas para coros de niños en Guatemala, así que en junio de 2001 lo fundamos”, explica Archila, quien trabaja gratuitamente, al igual que otros instructores.
El coro se ha sostenido por donaciones de los padres y una pequeña tienda de golosinas de la cual son clientes los mismos niños. “Hemos hecho conciertos, pero la verdad es que no se venden bien. La gente no siempre apoya. Una universidad nos donaba fotocopias pero era algo informal y tenía que ir a rogarles cada vez”, cuenta el músico.
El esfuerzo ha tenido sus frutos: recientemente, el coro infantil participó en una gira por varias ciudades de Estados Unidos. Fue difícil recaudar los fondos para el viaje, pero lo consiguieron a base de presentaciones. Ahora tienen la invitación de un compositor coral de Alemania y el proyecto es que en 2006 puedan presentarse en dicho país, aunque por ahora no tienen ni un centavo para ello. La razón para seguir está en palabras de Archila: “No podemos dejar que se caiga este sueño, nuestro y de los niños ”.
Aprendiendo a leer
El escritor Sergio Briones consiguió convencer a la dirección del Instituto Belén para que le permitieran realizar un taller de lectura con las alumnas. Por un lado consiguió las fotocopias, por otro los textos, alguien más le dio cartulinas y materiales y él no cobraría nada. Su intención es, simplemente, que las estudiantes de secundaria valoren el hábito de leer. Uno de los frutos visibles del taller fue una instalación, efectuada por las estudiantes, en los corredores del plantel. “Ellas escribieron preguntas, propias de su edad y también las respuestas, inspirándose en las lecturas que habíamos hecho”, explica Briones. Coincidentemente, ese día llegó la ministra de Educación, María Aceña, en una visita de inspección. Según Briones ella preguntó qué significaban aquellos carteles. Al escuchar la respuesta, ella dijo que sonaba “interesante”.
“Yo no pretendo ganar dinero ni fama con esto. Sólo quiero saber que hice algo a favor de la cultura, promoviendo la lectura”, aclara Briones, a quien le gustaría realizar el taller en otros centros educativos.
Quijote hiperespacial
En 1996, Juan Carlos Escobedo, migrante guatemalteco, radicado en Estados Unidos, pensó que necesitaba recobrar sus raíces. “Tenía que ser a través de la literatura y por eso busqué a los autores guatemaltecos de diversas épocas, empezando por los grandes y siguiendo con los novísimos”, explica Escobedo, quien llegó a EE.UU a los 14 años. Pensó que otros migrantes quizá tendrían su misma inquietud. “Empezaba entonces la Internet y me surigio la idea de unir la tecnología con las humanidades, a través de la literatura. Fue así como surgió la Página de la Literatura Guatemalteca, que es actualmente la más consultadas en la red sobre este tema. “Me ayudaron mucho los propios escritores que empezaron a mandarme sus textos”, explica Escobedo, quien estudio una Maestría en Letras en la Universidad de California en Santa Bárbara, dentro de cuyo portal está el espacio para la página, que, desde su fundación lleva ya más de un millón de visitas.
Actualmente, Escobedo ha decidido radicar en Guatemala y por razones laborales no ha podido actualizar la página, con nuevos contenidos y autores, pero lo hará pronto, a pesar de saber que su esfuerzo tiene cierta dosis de anonimato: “La página existe, pero en realidad yo no existo. Muchos miran la página en la Internet, la usan pero desconocen a quien la creó. Eso tiene su encanto”, agrega sonriente.
Si dijeran que Ud. es un quijote
¿qué opinaría?
Los entrevistados sonrieron, dudaron un momento y luego dijeron...
Juan Carlos Escobedo (Página de Literatura Guatemalteca): “Pues habría algo de verdad en eso. Si me hubiera puesto a pensar al principio que la página tendría un millón de lectores, creo que hubiera sido como un ideal imposible”.
Gustavo García (Casa Caribe): “Me identifico con el personaje porque él pelea contra molinos de viento que para mí son la ignorancia, la indolencia, la pusilanimidad, la estupidez”.
Sergio Briones (Taller de Lectura en Belén): “Esto es un esfuerzo en solitario pero me anima el entusiasmo que he percibido de las estudiantes de Belén”
Fernando Archila (Coro de Niños): “Quizá por lo loco de este sueño, sí y por la época tan difícil en la que uno quiere realizarlo. Yo digo que sí, pero no sólo yo. También los del equipo. Vemos cosas que aún están en el aire”.
Belia de Vico (Escuela de arte para niños): “No soy un quijote, en el sentido de irrealizable, porque el Proyecto Para Niños El Pueblito es una realidad, pero sí hay mucho idealismo”.
Esdras Sirín (Orquesta de Santa Cruz Balanyá): “Creo que sí hay algo de quijotesco en esta lucha, pero hay gente que sí cree en el proyecto”.
La adversidad
Todos los proyectos están en constante riesgo de desaparecer. Si esto no ocurre es por la lucha solitaria de sus promotores. ¿Alguna vez se ha desanimado? De Vico: “Nunca he dudado de este proyecto y seguiré adelante”.
Archila: “Se han dado dificultades, pero los padres y los niños nos dan ánimo para seguir”.
Briones: “Es como una meta que da sentido a la vida”.
García: “A veces, cuando estoy bien sembrado dan ganas de tirar la toalla. Pero si lo hago ¿de qué sirvió tanta lucha?
Esdras Sirín: “Mucha gente pensó que a las pocas semanas esto de la Orquesta iba a tronar. Cuando las cosas se ponen difíciles pienso que no tengo todas las respuestas, pero tengo una fe”. |