Apartar la memoria del lodo
¿Ha sido una “gran calumnia” la acusación de que los kaqchikeles fueron artífices de la victoria de los conquistadores? Sí y no.
Por Alexander Sequén-Mónchez
Los libros que valen la pena se escriben con vehemencia y desobedeciendo el canon. Por eso los desmitificadores proyectan su trabajo de cara a una falencia y de espaldas al poder. El historiador genuino desata cuanto nudo ofrezcan silencio y memoria. Pero aquí, hasta para estudiar la Conquista pesa la “verdad única”, cuya regla general rompe lanzas en niveles superficiales: que fue un “encuentro” o que la cruz perturbó el paraíso de las buenas gentes. Muy raras ocasiones emergen afanes distintos y de calidad. Una excepción, el libro Chwa Nima Ab’äj. Mixco Viejo (2004). Si era consenso que los kaqchikeles “traicionaron” a los k’iche’s al plegarse a Pedro de Alvarado, Guillermo Paz Cárcamo refuta el malentendido. No es secreta la pugna de resentimientos atávicos entre ambos pueblos. El k’iche’ reclama una deuda histórica, pues sus hermanos de sangre se unieron a las “fieras con cara humana” de las que habló Asturias. Desde 1524, los kaqchikeles devinieron en un chivo expiatorio, cargando sobre sus hombros perjurios inmerecidos. Paz Cárcamo demuestra que no hubo “traición”. Antes de la venida de Alvarado, nada restaba del esplendor soberano, excepto linajes disputándose la influencia doméstica.
Esa hostilidad fatídica (que refiere Jared Diamond en Collapse) hizo que los mayas se extinguieran. Una combinación catastrófica de insistente violencia y daños al ecosistema. Si bien no eran idílicos, tampoco se trataba de un conjunto de señoríos incapaces del arte político. El visionario Kikab’ implantó una paz fructífera con los kaqchikeles. Sin embargo, pudo más la codicia de sus hijos Tatayak y Aj Itza que, rebelándose, agudizaron el antagonismo; pero los k’iche’s fueron vencidos. El cisma fue una ventaja que jamás imaginaron los españoles.
Paz Cárcamo discute “alianzas” y “colaboracionismo”. Su argumentativa conceptual fluye sobre la navaja: no siempre los arquetipos de la historia contemporánea coinciden con los fenómenos fundacionales. Aunque seamos flexibles ante estos planteamientos (como Saint Croix cuando emplea las ideas marxistas para interpretar el mundo griego), es indispensable que observemos referencia y contexto. Y no lo digo por el uso del término “colaboracionismo”, característico de la Segunda Guerra Mundial. En algún tramo, Paz Cárcamo homologa la barbarie del siglo 16 a la destructividad reciente. Suspendo, por ejemplo, la analogía de “aldeas modelo”, porque me parece forzada. Creo, a su vez, que los kaqchikeles, habiendo desarrollado tácticas disímiles al choque masivo, libraron una guerra de guerrillas.
Volvamos a las “alianzas”. El autor sostiene que en tanto pueblo insubordinado, los kaqchikeles estaban en la posibilidad de pactar. Al respecto, reflexiona que su papel contra los k’iche’s no tuvo que ver con el asesinato de su nobleza ni con la represión ulterior: se limitaron a “cargar el fardaje” y fungir de “peones en el arreglo de caminos”. ¿Y el elemento pragmático de la oportunidad? Un enlace breve, ajeno al expolio y liquidado cuando Alvarado revela su espeluznante sed de oro. Es allí donde comenzó una auténtica “guerra prolongada de resistencia”. Larga y atroz. Heroica. El “colaboracionismo”, en cambio, tuvo en los k’iche’s a sus protagonistas. Al ser doblegados cerraron filas españolas. Juntos atacaron a los mames. ¿Ha sido una “gran calumnia” la acusación de que los kaqchikeles fueron artífices de la victoria extranjera? Sí y no: basta analizar intenciones y resultados. Lo que nunca ocurrió es esa servidumbre malinchista, surtidora de odios solapados.
El libro aterriza en el sitio arqueológico Chwa Nima Ab’äj, explicando que no fue una ciudadela poqoman en tierra kaqchikel, sino una fortaleza estratégica crucial.
Contradiciendo las “voces autorizadas” da una descripción pormenorizada del lugar: ingeniería y arquitectura, connotaciones sociales y alcances bélicos. Este relato, sagaz e informado, retoma con brillo los esfuerzos de Karl Sapper (1896) y de Henri Lehmann (1954). Por citar un caso, La historia de Roma, siendo en parte la respuesta de Theodor Mommsen a los contenidos ausentes de Gibbon, ratifica que no existen las últimas palabras. Algo falta. Algo se oculta. Ése es su mérito: abrir capítulos que se presumen cerrados en nuestra guatemalidad. Mi reparo es que, a contracorriente de sus conclusiones, aluda a “los mayas” actuales. Quiéralo o no, aportó claves que invalidan la pureza de una civilización desaparecida, y de la cual ya no pueden proclamarse pertenencias integrales. El mestizaje, evidenciado en un sincretismo tragicómico, purga cualquier pretensión fundamentalista. Pienso en los k’iche’s agolpados en la iglesia de Chichicastenango. Sus letanías aúnan lo cristiano y lo pagano. Aquello de verdad ancestral yace bajo la piedra inmensa del catolicismo: un mito aplastando otro mito.
Guillermo Paz Cárcamo, dispuesto a desenterrar orígenes y aguijoneando sus burbujas fantasiosas, historió con virtud. Este alegato (apasionadamente ensayístico y fotográfico) rescata esa digna “Patria Kaqchikel” que no sucumbirá así diluyan sus diferencias en la ficticia “Guatemaya”.
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