Con Héctor Feliciano:
“La magnitud real del saqueo es desconocida”
Unas 100 mil obras de arte fueron sacadas de Francia por los nazis; ello sin incluir documentos, libros y muebles: un saqueo en todo el sentido de la palabra.
Por: Pablo Gámez
Más de cien mil obras de arte, entre esculturas, dibujos y cuadros; más de medio millón de muebles y más de un millón de libros y manuscritos robados convirtieron a Francia en el país más saqueado de Europa Occidental durante la II Guerra Mundial. Para los nazis, se trataba de ser compensados por sus pérdidas en las guerras de los últimos 300 años, así como apropiarse de los bienes de los judíos, dentro de su programa de persecución y exterminio.
El destino de esas miles de obras de arte fue muy variado. Desde el proyectado museo de arte europeo que Adolf Hitler quiso crear en la ciudad austríaca de su infancia, Linz, hasta los numerosos edificios oficiales del régimen y muchas manos privadas.

Uno de los sueños de Adolf Hitler era construir un museo europeo del arte en su natal ciudad: Linz. |
Quien durante los últimos 10 años se ha encargado de darle forma y sentido a esta olvidada (convenientemente) historia, es el periodista Héctor Feliciano. Demoró más de una década para dar con todas las piezas de este complejo rompecabezas, muchas de ellas escondidas detrás de muros de indiferencia y altas dosis de complicidad histórica.
En 1996 Feliciano publicó en francés su investigación. El impacto en Francia fue inmediato, y dio origen a un importante debate sobre el papel de los museos nacionales franceses que albergan obras robadas en su día por los dirigentes nazis. Desde el momento en que Feliciano se interesó por investigar el expolio de obras de arte perpetrado por los nazis, han transcurrido cerca de 16 años. Es el tiempo que ha tenido que esperar su libro para ser publicado en castellano, bajo el título El museo desaparecido (Editorial Debate).
Héctor Feliciano: “Al principio ofrecí el libro a muchas casas editoriales de Iberoamérica. La respuesta fue siempre áspera, seca. A nadie le interesó”.
Una larga búsqueda
Cuenta Feliciano que vivía en París y estaba escribiendo una nota sobre una exposición de arte para The Washington Post. Entonces trabajaba como corresponsal cultural para ese diario. El galerista que utilizó como fuente le preguntó, en un momento determinado de la entrevista, si conocía la historia de las obras de arte robadas por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Obras de arte, le dijo, que habían desaparecido y de las cuales no se tenía rastro alguno.
“Este galerista me advirtió también sobre el silencio que reinaba en Francia sobre el tema. Un hermetismo absoluto y un dolor histórico profundo”.
A Feliciano le intrigó. Profundizó en el tema y posteriormente averiguó si existía literatura. La respuesta fue negativa. Mientras más se documentaba, más se apasionaba, y más eran las preguntas.
“El rompecabezas estaba muy fragmentado. Aún hoy, en los Archivos Nacionales de Francia, gran parte de los documentos relacionados con el expolio nazi de obras de arte están clasificados o son inaccesibles. Cuando empecé a consultar las fuentes, a las familias afectadas, nadie quería hablar. Las autoridades francesas tampoco estaban muy interesadas en que se conociera la verdad y la magnitud del expolio”, agrega Feliciano. “En Gran Bretaña la historia es parecida. En lo que respecta a los museos de todo el mundo, el lema es: lo que entra no sale”.
Héctor Feliciano explica que los Archivos Nacionales de Washington fueron una llave mágica: “Ahí se encontraban reunidos los documentos que el ejército norteamericano había obtenido de la Segunda Guerra Mundial y que trataban el tema. Había de todo, información de los alemanes, franceses, suizos, británicos, norteamericanos, italianos. Por lo menos eran 13 millones de hojas, pero sin un índice: como una gran caverna de Alí Babá, sin inventario. Poco a poco fui seleccionando, viendo cosas, cotejando”.
El gigantesco expolio
En la primera parte del libro, Feliciano explica y describe el expolio de obras de arte cometido por Adolf Hitler. En la segunda parte, su intención es rastrear obras, algo que ha permitido que 26 mil piezas robadas en Francia hayan sido devueltas a sus legítimos dueños. Aún más, gracias a este libro, centenares de despojados han iniciado sus reclamaciones en Holanda, Gran Bretaña y Austria.
De vuelta a la conversación, Feliciano detalla que tres fueron los organismos del régimen hitleriano que confiscaron obras de arte en la Francia ocupada: El ejército o Wehrmacht, la embajada en Francia y el ERR, un destacamento especial a las órdenes del ideólogo Alfred Rosenberg.
La personalidad que apoyó la actividad del ERR y más se benefició de ella fue el número dos del régimen, Hermann Goering, quien, según el juicio de Nüremberg, se apropió de mil obras de arte sin pagar un centavo por ellas.
“Puede decirse que lo espeluznante de esta historia es que revela una terrorífica sofisticación de la barbarie, en el sentido de que el Reich tuvo tiempo para organizar un saqueo de arte sistemático. Primeramente, el expolio forma parte del Holocausto y de la destrucción, no solamente de los judíos, sino también de los opositores políticos”.
Según Feliciano, esta avanzadilla especializada en el saqueo de arte gozó de grandes poderes. Unas 60 personas tenían el derecho de catalogar, confiscar, transportar e incluso restaurar cuadros.
La bestia y la musa
“Adolf Hitler, de todos los dictadores de la época, desde Franco, Stalin y Mussolini, era el único a quien particularmente le interesaba el arte. Recuerde que, de joven, Hitler trató de ingresar a la Escuela de Bellas Artes de Viena. Lo intentó dos veces, las dos fue rechazado. Después intentó en la Escuela de Arquitectura; tampoco lo logró. Además, uno de sus sueños era montar un Museo de Arte Europeo en Linz. En Hitler hay una combinación poco explorada del bárbaro genocida y el amante del arte”, cuenta el investigador.
Como si la bestia necesitase de la musa para conciliar el sueño y destemplar la rabia, Feliciano agrega: “La emoción de Hitler al tomar París fue más que militar. En mi libro analizo particularmente este asunto. Cuando por vez primera Hitler llega a París, lo hace tras la firma del armisticio. Su emoción por conocer la capital francesa era inmensa”.
En El museo desaparecido Héctor Feliciano escribe que una de las preocupaciones de Adolf Hitler era que París fuese todavía más grandiosa que Berlín. Según Feliciano, el proyecto del Führer consistía en destruir París o hacer que Berlín fuese más majestuosa que la capital gala.
“Lo que nos revela esta investigación es que en un plazo de cuatro años Francia pasa a la historia como el país mejor saqueado de toda Europa. Las luces de la capital francesa se apagaron. Una espesa noche ocultó la desaparición de más de 200 colecciones privadas. Los nazis se hicieron con más de cien mil obras de arte, muchas de ellas consideradas piezas maestras. He podido documentar que entre 1940 y 1944 salieron de Francia y con destino a Alemania 29 convoyes cargados con un tercio del arte que estaba entonces en manos privadas francesas: cuadros, dibujos y esculturas, además de muebles”.
“Para Hitler, la toma de París fue un gran evento. Él y Hermann Goering, su número dos y refinado coleccionista de arte antes de la guerra, tienen una gran suerte al ocupar la ciudad que, por excelencia, funcionaba como centro mundial del arte. Ni Nueva York ni Londres existían como competencia. Decenas de obras de Van Eyck, Velásquez, Picasso, Cézanne, Dalí, Rubens, Durero, Van Gogh, Vermeer, Renoir, Matise, Monet, Brueghel y Manet, desaparecieron de Francia”, dice Feliciano.
Los galeristas franceses de origen judío fueron despojados de sus espléndidas colecciones. Feliciano centra su estudio en cinco: la de Paul Rosenberg, la impresionante colección Rothschild, la galería Berheim-Jeune, la colección de David David-Weill y la Schloss.
Si bien los gustos de los nazis iban por los autores que ellos consideraban arios y clásicos, es decir, hasta el impresionismo, tampoco desdeñaron el arte que consideraban degenerado, o sea impresionistas y vanguardistas. Obras que les servirían para intercambiarlas por otras de su gusto. Esa particularidad permitió a algunos marchantes avispados hacerse con obras de artistas modernos (Braque, Picasso, Matisse, Léger) a un precio ridículo.
Los alemanes convirtieron el Museo del Jeu de Paume en el depósito de todas las obras confiscadas. Junto a las complejas labores de catalogación, se organizaron exposiciones privadas para Goering, a fin de que éste escogiera lo que más le gustara.
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