Carlos Guzmán Bockler:
Nunca he pedido chamba a nadie
“Soy totalmente leal a lo que
pienso, por eso no tengo dinero y muchos no me quieren... Lo que uno dice, lo debe demostrar con lo que hace y, hasta el momento, no he hecho nada de lo cual me pueda avergonzar”, dice el sociólogo.
Por Francisco Mauricio Martínez
Fotos: Carlos Sebastián
La sociedad guatemalteca atraviesa por una crisis de valores y el doctor en Sociología graduado en la universidad de La Sorbona, París, Francia, Carlos Guzmán Bockler, considera que el respeto por la vida y la solidaridad humana, en todos sus aspectos son los que más se han perdido. “Cuando yo era patojo, recuerdo que la gente sentía como un deber moral ayudar a quien caía en alguna desgracia”, recuerda el académico.

"Si el país fuera una empresa privada habría que declarar la quiebra"
Carlos Guzmán Bockler,
Sociólogo
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¿Qué buscan la izquierda y la derecha en el país?
La izquierda, entiendo, busca que la mayoría de guatemaltecos tenga derecho a una mejor vida, lo cual significa tener comida los tres tiempos, una cama blanda, que los salarios sean buenos y la educación sea más allá de lo mínimo que se puede dar, todo lo cual suena muy ideal. La derecha, creo, trata de privilegiar a los que ya tienen, para que no lo pierdan, en desmedro de los que no tienen nada. También significa que los que no tienen, trabajen para los que tienen. Poner así izquierda y derecha también es una tontera, porque la vida no es bipolar, también se entrelaza. Y dentro de estas posiciones, ¿dónde se ubica usted?
Yo soy totalmente leal a lo que pienso, por eso no tengo dinero y muchos no me quieren. Soy congruente entre lo que creo y hago, nunca le he ido a pedir chamba a nadie. Entonces, uno se va quedando aislado, pero es un aislamiento que me place. Lo que uno dice lo debe demostrar con lo que hace, y hasta el momento no he hecho nada de lo cual me pueda avergonzar. Cuando me quisieron matar, no faltó algún amigo que me avisara y tuve tiempo de irme. Sin embargo, otros compañeros no tuvieron la misma suerte y los mataron, como, por ejemplo, Mario López Larrave, Adolfo Mijangos y Manuel Colom. Me fui a México, donde me dieron trabajo y reconocimientos, lo cual agradeceré toda la vida. ¿Cuál es su evaluación del nivel académico de la USAC?
No puedo hacer un balance académico global, porque la USAC tiene demasiadas unidades académicas y hay unas que sí funcionan bien. De las que se dicen de ciencia social tengo una opinión que no es buena. En algunas facultades está la dualidad de trabajador y estudiante, que ya implica pedir un trato favorable debido a que se es trabajador. Esto podría querer decir: no me exijan demasiado como estudiante, porque soy trabajador. Desde el punto de vista humano, tal vez tengan razón, pero desde el punto de vista técnico no la tienen. En todo caso, deberían pensar: “Tengo que trabajar y me sacrifico, pero doy los mismos pasos que los demás”.
¿Y de los catedráticos qué piensa?
Durante el conflicto armado, los que eran profesores titulares dejaron de serlo, debido a que fueron perseguidos o muertos, y asumieron algunos que nadie perseguía. Pasados cinco años, reclamaron sus derechos adquiridos y los nombraron profesores titulares. Actualmente, hay un pacto de no agresión entre mediocres. Yo, profesor mediocre, le regalo el curso al alumno mediocre. El alumno mediocre a cambio me mantiene en la chamba. Se habla, y creo que es cierto, de casos en los cuales se venden exámenes públicos y privados.
¿Pero usted ha sido parte de la USAC?
Sí, y si no, no hablaría como lo estoy haciendo, porque lealtad no es decir que la USAC es una maravilla en los aspectos donde es mala. También sería una mezquindad no reconocer que hay facultades que están haciendo buenos esfuerzos por mejorar la calidad de sus profesionales, como, por ejemplo, Agronomía, Ciencias Químicas y Farmacia. Medicina y Odontología están tratando de cambiar. Hay de todo.
¿Fue la politización de la universidad en las décadas de 1970 y 1980 lo que provocó todo esto?
La guerra politizó a la gente en todo el país y en la USAC sucedió con un grupo. Creo que el 20 por ciento de los estudiantes tuvo una participación fija, el 40 manifestó simpatía e interés y el restante (40), rechazo o desinterés. La idea de que de la universidad salía la subversión es mentira, porque la gente que quiso participar en la guerra se fue a la guerra y no se quedó ahí y la población que participó en la guerra fue la campesina, no la urbana. Un “chancletito” no aguanta a caminar tres días en una montaña, ya que al cuarto lo hospitalizan si es que hay.
¿Cuál es su análisis de la situación del país?
Muy mal. A esta altura vale la pena preguntarnos si como país hemos funcionado desde 1821. Socialmente no hemos avanzado nada, pues todavía estamos atrasados en las disputas racistas más absurdas. Todavía creemos que el color de la piel de la gente es decisivo para su tratamiento social. Esto va contra toda regla del entendimiento. Creo que si como país hemos fracasado, habría que buscar otras formas de vida colectiva. Nuestros padres no pudieron darnos un país, nosotros tampoco hacemos algo por construirlo. Si el país fuera una empresa privada habría que declarar la quiebra, porque no llenamos los requisitos elementales para poder cubrir las necesidades básicas de nuestra población.
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Académico
Guzmán Bockler es doctor en Sociología graduado en la universidad de La Sorbona, París, Francia, y académico de la Usac.
- Se graduó de abogado y notario en la Universidad de San Carlos de Guatemala en 1957 y trabajó para varios sindicatos y personas individuales.
- De 1957 a 1959 tuvo a su cargo el Sindicato de Acción y Mejoramiento Ferrocarrilero, que era el segundo en fuerza después del Sindicato de Trabajadores de la United Fruit Company.
- En 1959 ingresó al cuerpo docente de la Usac como auxiliar de Derecho del Trabajo, en la Facultad de Derecho, cuando tenía 28 años.
- Ha sido docente del curso de Sociología en las facultades de Derecho, Economía, Agronomía e Ingeniería. Fue el primer director de Ciencia Política, antes de que se convirtiera en escuela, en 1968.
- La Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso) convocó a un concurso de becas patrocinadas por la Unesco y, en 1960 y 1961, realizó una maestría en Sociología en Santiago de Chile.
- En 1972 estudió un doctorado en Sociología en la universidad de La Sorbona, París, Francia.
- Actualmente es jefe del Departamento de Derecho Indígena en la Facultad de Derecho y coordinador de la Maestría en Derecho de los Pueblos Indígenas en la Usac. |
¿Considera que el tejido social se mantiene?
Está muy roto. Nunca ha habido unidad, porque el racismo ha mantenido la explotación ideológicamente. Esto nos ha hecho mucho daño y minado la posibilidad de relacionarnos como seres humanos iguales en derechos. Los mayas cada vez ocupan posiciones más significativas, pero en una actitud subordinada, y la estrategia que han seguido los gobiernos es de cooptar a los indígenas que aparecen con mayor renombre o visibilidad con un carro y chofer, gasolina y un cargo donde no hay nada que hacer. Se sienten gratificados, y esa es una vil compra y forma de silenciar. En la época anterior, al que levantaba la cabeza había que torturarlo hasta la muerte; ahora no, al que levanta la cabeza hay que comprarlo. De manera que la oligarquía sigue unida, o sea, su tejido social. La clase media es totalmente ambigua como lo ha sido siempre y lo es en todos los países del mundo: gritona y a la vez coyona, según el viento que sople, así es donde se ponen. No se puede confiar para nada en las clases medias. En los momentos de prueba difícil se alinean con el que va a ganar.
¿Qué valores se han perdido dentro de la sociedad guatemalteca?
La solidaridad humana en todos sus aspectos. Cuando yo era patojo, recuerdo que la gente sentía como un deber moral, sin mayores razonamientos, ayudar a quien, estando cerca de uno, caía en alguna desgracia. El respeto por la vida e integridad física era mayor, por eso, lastimaba tanto que gobiernos como el de Jorge Ubico mandaran a apalear o matar a la gente. Ahora cada quien trata de sacar su pedacito y hasta ahí se queda. La juventud siempre es una esperanza, pero la actual está muy golpeada y la que está en los colegios y universidades es bastante cínica, no quiere ver lo que realmente está a su lado.
¿Usted se considera optimista o pesimista ante la vida?
Yo diría que un término medio, porque no hay extremos; la vida no es tan extremista. Creo que hay quienes verdaderamente no desean vivir en un país tan polarizado y ensuciado. Considero que los males que nos dejó la guerra van a ir pasando en la medida que los actores principales de aquel drama vayan desapareciendo. Que la forma de razonar de los que vienen sea más limpia que la anterior y que ya no se piense que matar es el valor supremo, sino que hay otros, como respetar la integridad y que todos tenemos derecho a comer decentemente.
Ante este panorama, ¿vale la pena vivir?
Como guatemalteco quizá no, pero como ser humano quizá sí. Yo creo que las etnias del país, incluyendo la ladina, como tales, no van a morir. Lo que no estoy seguro es si van a sobrevivir dentro de lo que nosotros hemos comprendido como Guatemala. Como seres humanos tenemos derecho a vivir y morir decentemente en nuestra tierra.
¿Qué es lo que más disfruta usted?
Mi familia, la cual es numerosa, aunque soy viudo. Mis hijos, más que parientes, son mis amigos, y eso es una gran ventaja. Los nietos conforme se van haciendo grandes también pasan a ser mis amigos. Es el último reducto donde uno se siente firme. También disfruto la lectura. Escribir me gusta, pero lamentablemente tuve un derrame en la retina del ojo derecho y eso me dificulta ver la pantalla del monitor.
¿Qué género literario le gusta más?
Me gusta mucho la biografía. Cuando estaba recién graduado de abogado compré y leí casi todas la biografías escritas por Stefan Zweig y Emil Ludwig, que en su momento fueron muy buenas. También me gustan mucho los narradores latinoamericanos como Gabriel García Márquez. Siempre tuve alguna afición por la historia y tengo la ventaja de que poseo una memoria magnífica. Yo nunca necesito una ficha, puedo dar una conferencia de cinco horas sin llevar un papel. Ordeno perfectamente los recuerdos y las lecturas. Todo esto no es un mérito mío sino que me lo dio la naturaleza, yo no puse nada. |