Semanario de Prensa Libre • No. 31 • 6 de Febrero de 2005    


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D frente

“NO conozco la palabra NO”
Jorge Castañeda es el creador de los programas Mosaico Cultural y Pasemos a La Antigua en Limpio. Además, fue idea suya construir un hotel sobre las ruinas del antiguo Convento de Santo Domingo.

Por Gustavo Adolfo Montenegro
Fotos: Carlos Sebastián

“Aquí vivían familias en covachas y casitas de tabla”, dice el empresario Jorge Castañeda (1946) parado entre los muros de lo que alguna vez fuera, en Antigua Guatemala, el convento de los dominicos (la orden más poderosa de la época colonial), en cuyo predio se encuentra el hotel Casa Santo Domingo.

“No soy ni me creo el dueño de Antigua. Me interesa, eso sí, que sea un verdadero centro cultural”.

“Si no hubiéramos tomado esto, aún estaría enterrada la fuente o lo habrían vendido en parcelas para casas”, agrega Castañeda, quien ha impulsado programas de cultura y ornato en la ciudad colonial, en Quetzaltenango y la capital, aunque también polémicos proyectos como el túnel subterráneo de acceso al hotel o el plan de construir un centro comercial, a inmediaciones de Antigua, al cual se opusieron varios sectores.

“Uno tiene que recibir leño bastante. De mí, hablan muchas cosas. Una se la voy a poner en franco léxico: ‘Éste hace lo que se le da la gana aquí en Antigua’. Pero eso no es cierto”, declara.

¿Lo criticaron por construir un hotel sobre un vestigio colonial?

Yo imagino a los dominicos caminando en estos corredores. Tenían hasta un laguito para pescar sus mojarras, pero lo secaron cuando se ahogó uno de los monjes. Crítica hubo, pero desde el principio del proyecto metimos a arqueólogos especializados. Fueron dos años de exploración minuciosa. Eso retrasó el proyecto, pero sacó a luz una gran riqueza...

¿Cómo nació la idea del hotel?

Nosotros habíamos trabajando ya la arqueología en los proyectos de urbanización en el área de Miraflores y San Jorge (zona 11, en la capital). Trabajamos con la doctora (Marion) Popenoe. De ahí vino el interés por lo que era cumplir con los requisitos de exploración arqueológica que, antes de eso, ni se acostumbraban. Siento gran respeto por los arqueólogos. Les cae mal que uno llegue y les diga: “Ya quiero meter máquina en este terreno, apúrese”.

¿Y cómo era este lugar antes?

Cerrado por todos lados. Nadie podía disfrutarlo. El arqueólogo (Edwin M.) Shook vivía aquí. Tenía un estudio y una gran biblioteca. Logramos negociar la parte de terreno que tenía. El área la habían tratado de trabajar otros empresarios, pero sin cubrir el requisito arqueológico: no tuvieron paciencia y se fueron. Sólo donde está la iglesia había 20 familias en champas sobre montañas de ripio. Les fuimos dando una opción de vivienda que mejoraba lo que tenían y una compensación económica. Así se fue armando el conjunto. Siempre decíamos: “Nos falta aquel pedacito”, y la exploración se alargaba. Así hallamos la fuente, las tumbas, columnas del templo. Hubo un momento en que la gente (accionistas) quería ya ver el negocio y pensaban “esto nunca va a empezar”.

¿Cuánto tiempo lleva el hotel?

Dieciocho años. Y seguimos explorando. Estamos en un trozo de terreno que era parte del atrio. Hace poco se compró.

¿Y qué hay de cierto en que una gran cadena internacional quería comprarle la Casa Santo Domingo?

Siempre he sido de la idea de escuchar propuestas. Una compañía hotelera, especializada en lugares históricos, nos hizo una oferta. Me reuní con mis hijos y les dije: ¿Dónde vamos a meter la cara si entregamos este lugar, tanto amor, trabajo y, sobre todo, proyección social, a una compañía que sólo verá el lucro?

¿Cómo se describe a sí mismo?

Toda la vida me ha caído mal el “yo-yo”. No me llama la atención hablar de mí. Prefiero comunicar mis proyectos y sentir el calor que me han generado...

O bien las críticas adversas...

Lo importante es saber agachar la cabeza sin que a uno le moleste, pero también sentarse a dialogar. Hay quien dice que hago lo que se me da la gana. Lo que pasa es que les molesta ese actuar positivo que va teniendo conquistas. Pero, si uno se choca con una respuesta negativa, hay que saber insistir y decir: por favor.

¿Cómo nació lo de “Pasemos a La Antigua en limpio”?

Al principio nadie apostaba por el proyecto del hotel, pero hoy está funcionando. Y nos preguntamos: “¿Qué hacemos por la Antigua, que nos ha recibido con los brazos abiertos?”. Salí a las calles, a ver qué hacía. Lo primero fue el cableado subterráneo para eliminar los postes. No fue fácil, comenzamos con cero centavos. Agarramos carretillas, herramientas y personal nuestro. Hicimos el zanjeado en muchas cuadras y todavía faltan varias. Nos dimos cuenta de que la ciudad estaba sucia, abandonada. Pensé, hay que pasar en limpio a la Antigua. (La compañía telefónica) Telgua estaba empezando. Habíamos propuesto el plan a otras empresas, pero a nadie le hacía sentido. A ellos les llamó la atención desde el principio. Por primera vez, me sentí apoyado.

¿Y el Mosaico Cultural?

Vimos que ya no era sólo de barrer calles, pintar postes o iluminar monumentos. Antigua es un centro cultural y fui de nuevo con Telgua. Con su apoyo comenzó el Mosaico. Al principio, nosotros mismos acarreamos las sillas o un piano; nos echábamos carga en el lomo. No había mucha plata ni organización. No es algo lucrativo: muchos eventos son gratuitos y sólo queremos que llegue la gente.

Ahora también existe Pasemos a Xela en Limpio

Salió un poco del éxito en La Antigua. Conste que me voy para allá pagando mi hotel, mi gasolina. A las 6 de la mañana, me ven correr en el parque. Con decirle que me estaban proponiendo que pusiera un hotel allá y dije: “¡Pero si ya no aguanto el de Antigua!”. Van a decir que vine a creerme dueño de Quetzaltenango.

Entre las cosas que dicen de usted es que construyó el túnel desde el parqueo hasta el hotel, pasando debajo de casas de otras personas...

El asunto fue distorsionado. Siglo Veintiuno sacó hasta un dibujo mal hecho. Lo que pasó es que en la esquinita vivía una tía de Mario David García (periodista), que le lleno la cabeza de locuras y él sacó la noticia. Yo invité a los dueños del Siglo a desayunar y mostrarles que el túnel pasa bajo la calle y después entra en una propiedad nuestra: una cuchillita de terreno. No se mete a la propiedad de nadie.

¿Y hallaron vestigios mientras hacían el túnel?

Claro. Aquí aparece de todo y eso le da cólera a cierta gente: que tenemos estudios arqueológicos y licencias en regla.

¿Qué planes hay hacia el futuro?

Queremos hacer algo que se llame Las Rutas del Oasis: mejorar la infraestructura turística en las carreteras del país. Que haya buenos baños, jardines, dónde tomar agua, llamar por teléfono...

Parece usted muy entusiasta, ¿se ha llegado a desanimar alguna vez?

Mantengo siempre un optimismo grande. Yo no conozco la palabra no. Siempre busco la solución. A todos los teóricos les fascina extenderse sin hallar solución. Todo tiene un sí, si uno lo sabe buscar.

En detalle...
Jorge Francisco Castañeda nació en la ciudad de Guatemala el 4 de octubre de 1946. Hijo de Enrique Castañeda Rubio y Estela Cofiño.

- Vivía en los alrededores del Cerrito del Carmen. A los 20 años comenzó su propia empresa de fletes y mudanzas, con un camión que él mismo manejaba.

- No mira televisión ni va al cine.

- Tampoco le interesa ser candidato a ningún puesto de elección popular: “No me pasa por la cabeza en lo más mínimo, no me gusta la bulla”, dice.

- Ha impulsado varios proyectos: Pasemos a la Antigua en Limpio, Pasemos a Xela en Limpio, Mosaico Cultural de Antigua Guatemala y el rescate de varios murales de la capital, plan al que bautizó Ingrid Roldán, la periodista que le dio la idea de realizarlo. Ahora proyecta crear Las rutas del Oasis.

En Antigua hay una controversia entre conservación, restauración y reconstrucción… ¿Qué opina de ello?

En aspectos profesionales especializados, prefiero no opinar. No tengo un título. Lo que sí pienso es que hay que darle vida a las cosas o se deterioran. ¿Cómo estarían estas ruinas si no las hubiéramos rescatado?, ¿enterradas?, ¿demolidas? Y mire qué belleza tienen. Esto tendría sus puertas cerradas, nadie lo conocería. Pero, en lugar de eso, logramos, por ejemplo, que viniera la Virgen del Rosario a su altar, en donde estuvo hace 400 años. Allí había miles de metros cúbicos de ripio y hoy se reza el Rosario todos los domingos. Cada año celebramos la Primera Comunión de niños de la comunidad y les hacemos una fiesta como si fueran “pistudos”. Hacemos matrimonios a parejas que viven sólo unidas. Les llamamos “bodas de doncellas”. Hace poco casamos a 10 y les dimos una fiesta de las mejores. Por eso me da tristeza ver edificios como el de los Capitanes Generales (en la plaza central de Antigua) que está casi cayéndose. Urge restaurarlo. Debería ser un centro de recepciones del Ministerio de Relaciones Exteriores o algo así. Hace 10 años reunimos Q600 mil para su restauración y los donamos.

¿Es usted un millonario?

Una vez, mis hijos, cuando se nos trabaron las carretas, me dijeron: “Sacá de la cuentecita”. Y les dije: “Muchá, les quiero decir la verdad: la cuentecita hace rato se acabó. Hay que fajarnos. No tengo, no tenemos esos capitales. Lo que tenemos es un récord de una vida de trabajo”.

Entre muros y sueños

Mientras recorremos los museos y corredores sin tiempo de este lugar, la fábrica de velas y la más reciente excavación, Castañeda recuerda cuando tenía 18 años y era ayudante de camión de mudanzas. Junto al hotel hay una escuela primaria, que ha ayudado a restaurar y pintar. También, hay un pasadizo que va a dar al antiguo Colegio de Santo Tomás, que hoy pertenece a la Universidad de San Carlos y es llamado el Paseo de los Museos. Así vino una pregunta que, a su vez, jaló otra:

¿Cuál es el mayor enemigo de Antigua?

Que todos quieren jalar a su manera, todos contra todos. Por ejemplo, hay que solucionar ya el problema de los parqueos: se deben crear, en las fincas aledañas, para descongestionar la Antigua, que el domingo es intransitable.

Ahora que me acuerdo, oí decir que Ud. era de los impulsores de un proyecto de centro comercial, al cual se opuso medio mundo... ¿Es cierto?

Mire, sí. En un foro yo les dije: “Ofrezco públicamente poner el proyecto en cero”. En sí, no era un centro comercial, pues cubría necesidades, como el parqueo y mandar oficinas públicas, restaurantes, comercios, fuera del centro de Antigua, que cada vez parte más las casas en localitos. Estaban el decano de Arquitectura, de Ingeniería, el conservador, el alcalde y los que decían que había que prohibirlo. Ofrecí no dar un solo piochazo hasta llegar a un acuerdo. Sin embargo, el proyecto está autorizado. Se pagó ya parte de la licencia, pero aún estoy esperando las propuestas.

 
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