La salud no es cosa de un día
Las jornadas médicas ofrecen soluciones
coyunturales a problemas estructurales
Por Gemma Gil
La escuela es un hervidero de gente cuando aterrizamos en los helicópteros de combate. Las aulas se han convertido en un improvisado centro de salud donde las madres de la comunidad acuden a buscar una solución de un día para dolencias de muchos años. Una joven de 23 años abandona la consulta con su bebé en una mano y un frasco de vitaminas en la otra. La delgadez le destaca los pómulos y la profundidad de las cuencas de los ojos. Parece un tallo a punto de quebrarse cuando un militar acaricia la cabeza de su hijo y ella sonríe, mostrando su boca desdentada.
Hace dos semanas que un equipo conjunto de militares guatemaltecos y estadounidenses llegó a este rincón de Petén para declarar la guerra a los parásitos, las alergias, la anemia, la hipertensión, las gripes o las carnosidades de los ojos, provocadas por el sol. Les espera una ardua tarea.
Las mujeres hacen cola frente a la consulta de medicina general. Desde el cielo les mira un sol espléndido, casi hiriente, testigo de su espera.
En el aula contigua, lentes de donantes anónimos buscan un nuevo par de ojos. Si hay suerte, el paciente podrá encontrar unos anteojos con la graduación aproximada. Si no, la vida continúa. Ésta, como todas, es una batalla de vencedores y vencidos. Los que hayan conseguido unas gafas o se hayan librado de una muela picada, quizá encontraron una solución definitiva para sus dolencias. Para el resto, el loable esfuerzo de los médicos y enfermeras de ambos ejércitos sólo ha significado una solución puntual a un problema estructural.
Los oficiales sudan en sus uniformes bajo un cielo azul luminoso, casi irreal. Sobre la explanada de grama las banderas de los dos países se hermanan para congratularse por la misión cumplida. En los últimos 15 días se ha atendido a 7 mil personas y se han repartido medicamentos por un valor de US$40 mil, pero hoy ya es día de marcharse.
Mientras las autoridades cifran el éxito de la operación, una joven abre los sobres de las medicinas que le han dado, las extiende sobre el mismo suelo por el que han caminado muchos zapatos y las mezcla. Quizá dos semanas no es suficiente para educar a la población en la prevención de enfermedades.
Pero no hay tiempo. Es hora de marcharse. Los blackhawk esperan a la prensa. Atrás quedarán la diabetes, los ojos con cataratas, las futuras apendicitis y el padecimiento callado de los que no hayan tenido la “suerte” de enfermar justo en estas dos semanas del año.
Despegamos bajo un cielo ahora nublado y dejamos a nuestros pies la comunidad, mirándonos desde la tierra como los supervivientes de un naufragio. |