Semanario de Prensa Libre • No. 32 • 13 de Febrero de 2005    


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Columna invitada

Voces
Un computador llamado tierra
(fragmento)

Me pregunto qué pasaría si los humanos fuéramos capaces de ceder parte de nuestra fuerza a una entidad superior. Y no me refiero a mucha fuerza: sólo la que necesitamos para levantar un cartón de leche, por ejemplo. Esta entidad superior, cargada con parte de la energía de 6 mil millones de humanos, tal vez podría contener terremotos, apaciguar tsunamis, dispersar huracanes...

De momento, los humanos no podemos ceder ninguna de nuestras cualidades de forma conjunta y masiva, ni acumularlas en ningún sitio, y tampoco parece que podamos hacerlo en un futuro cercano. Pero la informática trabaja desde hace tiempo en algo muy parecido: ceder la capacidad de proceso de muchos ordenadores a una entidad informática superior. (….)

Actualmente, existen varios proyectos que utilizan la computación distribuida -así se llama- para los fines más variopintos, como conocer los decimales del número Pi, encontrar nuevos números primos, romper sistemas de cifrado o examinar las señales que provienen del espacio en busca de vida inteligente. (…)

Como cualquier tecnología, puede usarse bien o mal, pero en este caso nos encontramos ante un instrumento tan potente que se me antoja aterrador: un cerebro gigantesco capaz de comprender y arreglar muchos de nuestros problemas y, al mismo tiempo, de imaginar otros tantos, según quién lo ponga a trabajar.

Como no parece fácil que pueda llegar a existir un organismo internacional y democrático que controle este cerebro cibernético, deberíamos exigir ciertas garantías antes de formar parte de él. Deberíamos, al menos, pedir claridad en el planteamiento de cada proyecto, transparencia en su funcionamiento y compromisos firmes sobre el uso de sus resultados. En definitiva, tendríamos que asegurarnos de que este ordenador llamado Tierra funciona con la suficiente democracia como para que ninguna entidad superior pueda llegar nunca a calcular nuestro futuro; por su cuenta y sin nuestro consentimiento, aunque con nuestra ayuda. ¿Les suena?

La abuelita 3.0
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