Semanario de Prensa Libre • No. 55 • 24 de Julio de 2005    


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La visita

Por: Francisco Mauricio Martínez
Foto: Carlos Sebastián

“Ahí le decís que voy a seguir orando por él” le grita una mujer joven de blusa blanca y pantalón de lona a otra que presurosamente, después de dar un sinnúmero de explicaciones a los guardias, ingresa por una de las puertas de acceso al Centro Preventivo de la zona 18.

Son las 15:30 y una fuerte llovizna hace que todas las personas que se encuentran en el lugar busquen un lugar donde resguardarse. Minutos antes las dos mujeres habían intentado ingresar al centro carcelario con dos bolsas plásticas blancas en las cuales se veía claramente unas prendas de vestir de color verde y anaranjado.

“Hable con el imaginaria” le dijo uno de los guardias a la mujer de pantalón de lona ante su insistencia de querer ingresar a dicho centro. “No la van a dejar entrar, porque hoy en la tardes es sólo para visita conyugal”, comenta una mujer que desde hacía dos días trataba de saber cómo se encontraba su esposo, quien había sido detenido por ebriedad.

La mujer tenía razón. Después de sonreir infinidad de veces y realizar decenas de ademanes, la mujer se resigna que no puede ingresar y decide esperar a su amiga afuera del centro carcelario. “Policías...” son las últimas palabras que se alcanzan a escuchar, cuando se aleja de la puerta.

En ese mismo momento otra mujer vestida con un pantalón de estilo cholo y una blusa que deja al descubierto su ombligo, habla por medio de un teléfeno celular azul. “Dice que está en el sector 9. Él se comunicó conmigo para agradecerme” dice, mientras se aleja del lugar para que nadie escuche su conversación.

La tenue lluvia continúa y un grupo de soldados que está a cargo de la seguridad del Preventivo, trata de escabullirse de la misma debajo de un local abandonado. En la puerta de ingreso al Centro una mujer y tres de sus hijos esperan que de un momento a otro salga su esposo, quien fue detenido por escándalo en la vía pública. “Ya pagué la multa” dice sonriente la humilde mujer.

Pese a la llovizna, la llegada de vehículos particulares y de taxis continúa. De ellos bajan apresuradamente mujeres y hombres. Todos se dirigen inmediatamente a la puerta de ingreso para preguntar por sus familiares. La hora no es de visita y por lo tanto la única manera de saber de ellos es por la vía telefónica.

Para lograr esto, los parientes deben recurrir a la decena de teléfonos públicos que se encuentra cerca de la puerta de acceso o a las casetas de golosinas del lugar. Pero esto apenas es el inicio del calvario, ya que las palabras que escucharán del otro lado del hilo telefónico serán de desánimo y de mil pretextos. “Sólo les informan de sus familiares cuando les ofrecen dinero”, relata una vendedora del lugar.

A veces, tienen que empeñar un anillo, un reloj, un celular o pagar en efectivo. “Al visitante le preguntan qué color de ropa trae, si es alta o baja y otras señas. Luego le dicen que se acerque a determinado lugar de la malla y ahí llega un guardia a traer el pago”, cuenta la esposa del alcohólico. Esta es una de las formas de estar al tanto de lo que sucede a las personas que por el azar del destino son llevadas a este Centro Preventivo. “Aquí debería de haber una oficina de derechos humanos, para que vea todo lo que aquí afuera sucede”, comenta una de las mujeres.

La lluvia arrecia y en la puerta de salida las visitantes principian a salir. Una de ellas busca entre los niños que juegan a su hijo, a quien dejó afuera mientras realizaba su visita. Otra camina a una de las casetas donde dejó un cosmético para que se lo guardaran mientras permanecía en el centro carcelario. Entrega un cartoncito con un número. _¿Es un pintalabios?, pregunta la tendera. _Sí, responde la visitante. _Es Q1, dice la tendera. Todo es negocio.

 
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