Payaso sin gracia
La guerrilla colombiana busca descalificar al presidente Uribe al pretender un diálogo con EEUU
Por: Sergio Muñoz Bata
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez
Visto en la televisión colombiana, el vocero de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), Raúl Reyes, parecía la pura verdad. Las FARC, dijo Reyes, están dispuestas a dialogar con Estados Unidos e incluso a negociar un posible intercambio de tres norteamericanos secuestrados por ellos en Colombia a cambio de la excarcelación y retorno a Colombia de tres de sus cuadros políticos recién extraditados a Estados Unidos, pero con una condición. Que los términos del diálogo se hagan de forma transparente a través de las páginas de El Tiempo, el único periódico de alcance nacional en ese país.
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Como era de esperarse, la respuesta del Departamento de Estado a la fanfarronada del vocero de las FARC fue tajante e inmediata. “Estados Unidos dialoga con las autoridades colombianas elegidas democráticamente. Esperamos que las FARC den tratamiento humano a las personas secuestradas y hacemos responsables a las FARC del bienestar y la seguridad de los secuestrados. Nos solidarizamos con el sufrimiento de los rehenes y de sus familias, pero la política de no hacer concesiones a los terroristas no ha cambiado”. Esta fue la declaración que me hizo un funcionario del Departamento de Estado, contactado desde Bogotá al día siguiente del desplante de Reyes.
Después de estudiar con cuidado la entrevista de Reyes, si algo me queda muy claro es que Reyes, dicho sea en buen colombiano, es un payaso sin gracia.
Reyes quiere tomarle el pelo a todos, pero a diferencia de los buenos payasos, que generalmente son simpáticos, éste no lo hace por divertirse sanamente. Con una curiosa mezcla de ingenuidad y perversidad, las FARC se valen de su vocero para invitar a Estados Unidos a entrar en un diálogo sabiendo de antemano que sólo hay una respuesta posible a su maliciosa propuesta.
La plantean, sin embargo, porque quieren hacer creer a los colombianos que la postura de la arcaica dirigencia del grupo es limpia, abierta y transparente, y pintar a su grupo como una víctima del “imperialismo norteamericano”, al que de paso muestran como una entidad dura, insensible, opaca e intransigente.
En el planteamiento de Reyes no hay nada transparente. Lo que buscan las FARC con esta tomadura de pelo y de manera muy oblicua es descalificar al presidente Álvaro Uribe como el interlocutor legítimo para negociar la paz con el grupo narcoguerrillero, acudiendo al viejo y gastado truco de que más vale dialogar con el titiritero que con los títeres.
La verdad, y eso todo Colombia lo sabe, es que las FARC no dialogan con las autoridades colombianas democráticamente electas porque saben que con Uribe las negociaciones tendrían que ser sumamente serias. Saben también que aún cuando la opinión pública colombiana anhela la paz, no quiere repetir errores del pasado y no admitiría que se les concediera a los guerrilleros una nueva zona de despeje que les permitiera continuar con el negocio del tráfico de drogas desde la comodidad de un santuario protegido por el Ejército. Si las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia verdaderamente quisieran negociar el fin del conflicto armado, que se prolonga ya por más de cuatro décadas, tendrían que empezar por renunciar de una vez y para siempre a los métodos violentos para obtener el poder. Tendrían que deponer las armas a través de un proceso de verificación transparente y luego explicar a los colombianos cuál es el proyecto de nación que proponen. Después de tanto tiempo alzados y dada su propensión a proyectos criminales, como la droga y el secuestro, apenas es justo afirmar que han perdido la brújula.
Las FARC tendrían que seguir la ruta que Uribe y quienes le antecedieron en el puesto tuvieron que tomar, ofreciéndole a los colombianos una visión del presente y futuro de su país en un esfuerzo transparente para ganarse el voto de la gente.
Luego tendrían que comprometerse a respetar el estado de Derecho, a renunciar a los secuestros, a abandonar su participación en el negocio del narcotráfico, a respetar la separación de poderes y, sobre todo, a obligarse a participar en una elección libre y democrática que determinaría, de manera vertical, el nivel real de apoyo de la ciudadanía a sus propuestas.
Cuando el destino de la patria y la vida y el bienestar de millones de colombianos está en juego, es imprescindible denunciar a los farsantes que quieren utilizar a los medios para tomarle el pelo a la gente. En cuestiones de vida o muerte, no se vale andar de payaso queriendo tomarle el pelo a la gente. |