El desprecio preventivo
Las placas tienen un diseño pésimo: sobrecargadas de ornamentos, ilegibles a fuerza de combinar números y letras estilísticamente similares.
Por Alexander Sequén-Mónchez
Una cosa es segura: combatir el crimen no significa paliar malamente sus consecuencias, sino concentrarse en sus focos de origen. Dicho de otra manera, se trata de anticipar la perpetración de delitos. Lo anterior atañe a la “política criminal”. Así se conoce la organización del Estado (principios, estrategias y recursos) frente a los fenómenos antijurídicos y antisociales. Pero la lucha no se proyecta únicamente hacia actividades represivas: la prevención despliega un rol todavía más importante al proteger a las personas sin esperar a que surja el daño.
A sabiendas de que cualquier cabo suelto puede provocar -cuando no propiciar- una conducta ilícita, hemos perdido terreno al enfrascarnos en una medición de fuerzas circunstancial y reactiva. Nuestras autoridades entienden por seguridad la actuación extemporánea: una vez el perjuicio ha sido consumado. ¿Resultado? Por un lado, la atmósfera asfixiante de incertidumbre y, por otro, la conflictiva desconfianza hacia los desempeños institucionales.
Pienso en un tema cuya apariencia, si se quiere, nada tiene que ver con la criminalidad. De la noche a la mañana (y siguiendo procedimientos cuestionables), el gobierno decidió que ya era hora de “modernizar” las matrículas vehiculares. El problema radica en lo poco que puso de su parte para conseguirlo. A ninguna sociedad exigente, se le hubiera pasado por alto el riesgo que implica portar una placa como las que se distribuyen. A ver: el propósito de una matrícula no es hacerse cargo de la publicidad turística, sino identificar correcta y claramente al propietario del vehículo. Que ya son inmanejables las cifras y era indispensable codificar mediante letras, ¡perfecto!, pero no había que fallar en materias elementales. No interesa exhibir una réplica de Tikal o la copiosa vegetación nacional en el lugar donde deben hacerse visibles los datos.
Las dichosas placas tienen un diseño pésimo: sobrecargadas de ornamentos superfluos, son ilegibles a fuerza de combinar números y letras estilísticamente similares. Además de que nunca se explicó el significado de la nueva nomenclatura. Habiendo diversas y avanzadas tecnologías -como la OCR: Optical Caracter Recognition- se escogió la peor de todas, aquella en la que, amontonados, no se distinguen de la imagen los objetos más brillantes de los más opacos; incumpliendo, de paso, un precepto clave: “cuánto más numeroso el conjunto de símbolos, mayor es la posibilidad de error”. Éste es el quid del asunto: portar un número de matrícula que, a los ojos de terceros, puede alterarse convenientemente. Uno cree llevar un 8, pero a sutano o mengano les parecerá una B.
Nuestro deber como ciudadanos consiste en devolverlas, pero claro, ya purgamos largas y tortuosas filas, sin poder soliviantar las deficiencias y abusos burocráticos. ¿A quién le importa ahora? No olvidemos la cantidad de asesinatos que se ejecutan según el mismo patrón: una pareja o una cuadrilla acechan y, valiéndose de un semáforo o de un descenso en la velocidad, le arrojan a su víctima una lluvia de plomo. Esos delincuentes se transportan, como nosotros, en un vehículo.
Supongamos que equis testigo sostiene haber visto el número de matrícula y, gracias al desorden visual que causa a corta distancia (no digamos superado el par de metros) éste coincide con la suya. Mientras se averigua, usted es involucrado en el laberíntico sistema penal. ¿Otro ejemplo? Alguien ha sido apresado por atropellar o por disparar desde su carro. En efecto, la placa coincide con el número obtenido durante las investigaciones. No le extrañe que cualquier abogado tenga con introducir la duda para desvirtuar tal acusación “constituida en un objeto que no cumple los requisitos de verosimilitud”. A ciencia cierta, la policía debería ser la más interesada en que se corrija ese grave error, porque un medio fundamental para la identificación ha sido menoscabado, atentando contra la seguridad pública.
Por el momento nadie asume la responsabilidad. Conociendo la penosa característica del guatemalteco de hacerse de la vista gorda -o de conformarse, que es peor-, presumo que un hecho semejante se quedará como está. No falta quien defienda las placas por “patrióticas” o “bonitas”, como no falta el delincuente (sicario, secuestrador, robacarros) que les sacará el mejor de los partidos. Y recuérdelo: al final de cuentas, su número de matrícula no es el que se indica entre piruetas barrocas. Un dato forzosamente riguroso ha deparado en una cuestión cosmética, adivinatoria y peligrosa. Sólo podemos estar seguros de nuestra inseguridad. |