Semanario de Prensa Libre • No. 50 • 19 de Junio de 2005    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   • D tecnología
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   D protagonista
   D portafolio
   D reportaje
   D fondo
   D mundo
   D cultura
   D famosos
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


Claroscuro

¿Qué le pasa señora?

Por: Gustavo Adolfo Montenegro

Eso debí decirle o mejor dicho, le dije mentalmente, mientras le lanzaba la mirada más despectiva que pude a la mujer que se bajó del Honda Civic celeste con vidrios polarizados. No, no estoy en un cruce de calles ni cerca del semáforo. Si bien hay cierto congestionamiento es el de todos los días a la entrada de este colegio y tanto ese carro como el mío están parqueados.

Pasan los niños cantando felices melodías, ya sea porque las inventan en ese momento o porque al acercarse a otra jornada de clases se acuerdan de lo que aprendieron ayer. De la mano los lleva el padre o la madre o los dos.

Son las 7.05 y, mientras algunos padres ya salen otra vez a la calle tras dejar en el patio a su sagrada obligación, otros se ceden el paso mientras los niños reconocen a algún amiguito y se sonríen cómplices, porque ya adentro jugarán, se sentarán a la par, competirán por ver quién logra la mayor torre de legos o la más larga serpiente de plasticina.

Pasan otras dos niñas brincando como Caperucita, no paran de hablar. María las mira y dice que son sus compañeras de clase. La mamá las lleva una a cada lado, hace bromas, les dice que las quiere y que las verá a la salida...

De pronto, la mujer del Hondita abre la portezuela. Tiene una expresión de enfado pero yo no ví cuánto hasta que ocurrió lo siguiente. Mueve hacia adelante el sillón (es un auto de dos puertas) y empieza a jalar algo, con fuerza. Pensé ¡a lo mejor se trabó su cinturón y quiere desatorarlo!, pero no había tal extremo de cinturón. De pronto veo el bracito, con el color del suéter del colegio y después, la carita llorosa de una pequeña, de unos 6 años, con la cabeza peinada a la carrera. Por alguna razón la niña no quería entrar a clases pero eso hay que averiguarlo racionalmente y no dándole puñetazos en el hombro y brazo como hacía esta mujer, porque francamente no parecía madre.

Como quien destraba un trapo del tendedero así sacudió la señora a la niña, que insistía en su negativa. ¿Cuál será la razón?, pensé. Sería obligación de esta “mujer” averiguarlo. Si es un berrinche, hay formas de controlarlo sin violencia. La niña quiso regresar al auto y fue cuando la pescó del cabello. La niña gritó.

Creo que no hace falta más descripción para imaginar el resto. La nena finalmente entró al colegio, no sin que antes su padre la sacudiera de los hombros preguntándole: ¡Decí porqué no querés entrar!

Más tarde me enteré, preguntando claro, de los antecedentes de maltrato y disfuncionalidad familiar que envuelven a esta pequeña.

En verdad debí salir a gritarle a la mujer que dejara a la niña, que usara la inteligencia, que su actitud no sólo ponía en evidencia su ignorancia sino su impotencia como adulto. Pero ¿qué hubiera resuelto? ¿qué me gritara que no me importaba, que me largara de allí, que ella estaba corrigiendo a “su” hija?...

María debe estar dentro ya del colegio. Le dije que la amo, que tenga un gran día, que estudie mucho y que juegue con sus amigos. La niña entró toda llena de lágrimas y se perdió entre la multitud risueña y bulliciosa.

La señora regresó presurosa a su carro fingiéndo una sonrisa, mirando a su alrededor, como preguntando si alguien observó su espectáculo.

Fue cuando no pude pude evitar dirigirle una mirada despectiva. Me arrepiento pero creo que la detesté por tratar tan mal a la niña y el enfado no resuelve nada. Al día siguiente, llegué retrasado a la entrada del colegio. Mientras bajaba a María y su mamá le decía cuánto la quería, la mujer se echaba rímel en las pestañas, ya sola en el honda Civic, azul, de vidrios polarizados. He seguido atento y la escena no ha vuelto a repetirse, por lo menos no en público.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com