Semanario de Prensa Libre • No. 50 • 19 de Junio de 2005    


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Enfermo de cuerpo y mente
La persona hipocondriaca cree padecer incurables enfermedades físicas, pero la percepción corporal sólo es, en realidad, el reflejo de un malestar psicológico que necesita ser atendido.

Por Liliana Pellicer
Foto Carlos Sebastián

“Oía mi corazón, oía mis palpitaciones y creía que me iba a morir. Quería que los médicos pararan ese ruido, que le bajaran el volumen, que me quitaran el corazón. Era hipocondriaca. Padecí cáncer en varios lugares, tuve Alzheimer, sufrí varios infartos, síndrome de Menier (pérdida del equilibrio), síndrome de Sjören (sequedad de las mucosidades), síndrome de Guillain Barré (parálisis), tuberculosis, diabetes, hipertensión, artritis, hepatitis y meningitis.

Traté de suicidarme tres veces, pero no quería matarme a mí, sino a la enfermedad que había en mí, a todas mis enfermedades imaginarias”.

Los hipocondriacos sienten angustia al no comprender el origen de sus enfermedades.

Luky* sufrió durante años decenas de males, pero su tragedia era la bendición de otros pacientes: los análisis médicos siempre resultaban negativos. No tenía ninguna enfermedad de origen físico, pero sufría sus síntomas. En realidad, Luky no tenía una enfermedad imaginaria como ella misma define, sino un malestar de origen mental que afecta, según el manual internacional de diagnostico de los trastornos mentales (DSM-IV), a entre el 1 y 5 por ciento de la población.

La hipocondría es el miedo o la convicción de padecer una enfermedad grave a partir de la interpretación personal de síntomas físicos. “Es una sensación netamente subjetiva. La persona cree estar enferma y, al encontrar que las valoraciones médicas, de laboratorios, radiografías, son normales, se vuelve más ansiosa al pensar que es algo tan raro que nadie puede diagnosticar, mucho menos tratar, y que, evidentemente, el final fatal está cerca”, explica el médico José Francisco Flores.

¿Por qué yo, doctor?

“Si he cumplido con las leyes de Dios y de los hombres, ¿por qué me pasa esto?”, se pregunta angustiada Luky. “Los estudios más recientes muestran que entre el 4 y el 16 por ciento de la población padece hipocondría”, comenta Francisco Salgado, catedrático de psicopatología del departamento de psicología en la Universidad Francisco Marroquín. Aunque teóricamente este mal se da por igual en ambos sexos, suele repetirse más en las mujeres, según Andrea de Licht, psicóloga de la misma Universidad: “Esto sucede por aspectos culturales ya que, mientras el hombre debe siempre demostrar que es fuerte y varonil, a la mujer se le permite quejarse más en público”.

Asímismo, aunque esta enfermedad puede iniciarse a cualquier edad, la más habitual es entre los 20 y 30 años. “Es muy raro que se dé en niños. Cuando esto sucede hay que buscar la causa en los padres porque para simular una enfermedad hay que conocer su sintomatología y los niños no poseen dichos conocimientos”, añade la especialista.

Miedo y egoísmo

El origen de esta enfermedad, según algunos teóricos, se encuentra en una interpretación poco realista e imprecisa de sensaciones físicas o como un intento de adquirir un rol de enfermo que tiene otra persona que se admira. Sin embargo, la postura más aceptada por los expertos es considerarla una traducción de síntomas emocionales en síntomas físicos. Estos síntomas emocionales pueden ser deseos reprimidos, frustraciones, pérdidas, rechazos, culpa, baja auto estima y la sensación de estar expuesto o en peligro debido a diversos factores inconscientes.

“Yo era cajera en un supermercado y, en cuanto llegaba al trabajo, comenzaba a sentirme mal: dolor de cabeza, mareos... me sentía morir hasta que me mandaban al IGSS para ver que me pasaba. En el fondo era que yo no quería afrontar mi vida. Tenía miedo al mundo, tenía miedo a trabajar, tenía miedo a enfrentar mis responsabilidades”, analiza Claudia*. “La hipocondría no es sólo una enfermedad, tiene una raíz más profunda. En el fondo hay angustia, miedo y, sobre todo, egoísmo. La base de este mal es el egoísmo porque la persona termina centrada en ella misma. Es una forma de llamar la atención”, añade.

Normalmente los hipocondriacos encuentran un beneficio en estar enfermos, como no ir a trabajar o convertirse en el centro de atención de su círculo familiar o social. “El paciente recibe mayor atención, cariño y cuidado y ello sostiene la enfermedad por más tiempo. En algunos pacientes, además, puede haber un intento deliberado por manipular la situación”, explica Francisco Salgado.

Al mismo tiempo, obtienen un placer casi morboso en informarse sobre todos los malestares, lo que, a su vez, alimenta su propia enfermedad. “Me dí cuenta de que la cosa estaba empezando a ir realmente mal cuando mis amigos o conocidos me contaban acerca de una molestia que sufrían y yo la reproducía. ¡Qué casualidad que todo lo que tenían los demás, yo también lo tuviera!”, recuerda Francisco*, que sólo pasó fases esporádicas de hipocondría.

Esta reacción ante las enfermedades ajenas es habitual entre estos pacientes. Por ejemplo, si una persona les cuenta que alguien murió de un tumor cerebral, ellos comenzarán a padecer un ataque de ansiedad que, al hacerles respirar más agitadamente, les producirá hiperventilación; al llegar más oxígeno al cerebro por esta hiperventilación, les dará dolor de cabeza; por ese dolor, les da mareos y molestias en el estómago; al darse cuenta de todos estos síntomas, les aumentará la ansiedad y, así, los dolores de cabeza, estómago y mareos. “Una vez estaba viendo un documental en Animal Planet en el que salía un perro con un enorme tumor en el cuello. Esa noche no pude dormir, me ahogaba, sentía que yo también tenía el tumor. ¡Imagínese! ¡Creía que tenía la misma enfermedad que un chucho!”, explica Luky.

Relación con los médicos

Cuando este tipo de situaciones se dan, la reacción habitual de estos pacientes es acudir al médico. “Al principio crean confusión en los doctores porque presentan cuadros muy complicados. Por ejemplo, la esclerosis múltiple puede comenzar con cansancio y otros síntomas muy vagos. Por ello, los médicos no pueden descartar ninguna opción y hacen muchos análisis”, explica Ismael Salazar, director de la Unidad de Salud Mental del Instituto Guatemalteco de Seguridad Social (IGSS). Cuando perciben que el mal no es de origen físico, el siguiente paso sería remitirlos a un especialista en enfermedades mentales como un psicólogo o un psiquiatra. Sin embargo, esto no siempre es lo que sucede.

“El doctor del IGSS me decía: ‘Usted está sana, vayase a su casa y disfrute de la vida, que todavía es muy joven’ y me echaba de su consulta”, recuerda Claudia. Otra de las actitudes que suelen adoptar los médicos es recetar placebos, es decir, pastillas de azúcar u otra sustancia inocua haciéndola pasar por medicamentos. “Esto produce un alivio temporal, pero como no soluciona el problema de fondo, la enfermedad persiste”, expresa César López Gómez, presidente de la Asociación Guatemalteca de Psicólogos. Algunos profesionales como Ismael Salazar son más tajantes en este asunto: “El método de los placebos no es ético y no debe usarse bajo ningún concepto. Hace unos 20 años, en las urgencias de los hospitales se inyectaba agua a los pacientes cuyas enfermedades no tenían justificación física. Así les daban un placebo y, al mismo tiempo, les castigaban ya que esta práctica produce dolores en los pacientes”.

Sin embargo, la cara menos ética de la profesión médica aparece cuando algunos profesionales privados no sólo no explican a estos enfermos que no tiene ningún mal físico, sino que, además, alimentan su obsesión con el objetivo de enriquecerse.

“Cuando un hipocondriaco llega a una consulta, al médico le ha tocado la lotería”, comenta Luky, que recuerda como su cardiólogo la llamaba cada lunes para recordarle la necesidad de hacerle su electrocardiograma semanal y como, en última instancia, llegó incluso a intentar convencerla de que se operara. “Es posible que haya algún médico tan poco ético, pero a veces los propios hipocondriacos tienen la culpa por confundir a los médicos en sus diagnósticos”, defiende Enrique Benjamín Jacobs, presidente del Colegio de Médicos y Cirujanos de Guatemala.

Diagnóstico
El Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española define hipocondría como: “Afección caracterizada por una gran sensibilidad del sistema nervioso con tristeza habitual y preocupación constante y angustiosa por la salud”.

Los síntomas de esta enfermedad según el manual de diagnostico de los trastornos mentales (DSM-IV) son:

- La preocupación persiste a pesar de las evaluaciones y palabras tranquilizadoras de los médicos.

- La creencia de tener una enfermedad grave no tiene un carácter delirante y no se limita a preocupaciones concretas sobre la apariencia.

- Las preocupaciones generan un deterioro psicosocial significativo.

- El trastorno dura al menos 6 meses.

- La preocupación no se explica mejor por otro trastorno mental.

Cuando estos enfermos no encuentran respaldo en los médicos suelen buscar aliento en sectas, brujos o farsantes. “Al no obtener ayuda de la medicina, acudí a una iglesia evangélica donde me dijeron que tenía un demonio. Consiguieron que se fuera, pero me dijeron que si no volvía a la iglesia el demonio regresaría con siete demonios más y que mis males se multiplicarían por siete. Del susto que me dio, ese día tuve que ir al intensivo”, rememora Luky y añade como después fue a un grupo carismático católico: “las hermanitas oraban por mí, por mi salud, pero cuanto más oraban, más me emocionaba yo y más me enfermaba”.

Tratamiento

A pesar de todos los problemas que enfrentan en su diagnóstico, los hipocondriacos no sufren una enfermedad crónica y pueden recuperarse. “Durante ocho años tuve un dolor intenso y constante bajo el ombligo que sólo desaparecía durante las cinco o seis horas en las que me dormía”, recuerda Óscar*. “Pero me curé y, aunque ha sido duro, ahora estoy bien”.

Como en todas las enfermedades mentales, el primer paso es aceptar el verdadero origen de su mal. “Una vez acuden a un psiquiatra o psicólogo deben entender el porqué de su padecimiento y aprender a expresar sus sentimientos, cuya represión es la causante de los síntomas físicos”, explica Ismael Salazar. “Otro método efectivo es buscar a poyo en grupos como el de Neuróticos Anónimos ya que compartir experiencias y expresarlas en público siempre es positivo y sanador”, añade César López.

Compartir sus experiencias es bueno para los hipocondriacos ya que su gran drama es que nadie cree que sufren, los resultados de los análisis son negativos, los médicos les dicen que están sanos... pero ellos se sienten enfermos. “Es una enfermedad que está en la mente, pero es real para nosotros”, dice Óscar. No hay que olvidar que mente y cuerpo están unidos y si se pierde la salud en uno de ellos, el otro también se resiente.

*Nombres ficticios para salvaguardar la identidad de los entrevistados.

 

Un mal antiguo
El origen del término Hipocondría se encuentra hace alrededor de 2600 años.

La palabra hipocondriaco fue creada por el médico griego Alejandro de Tralles en el siglo VI aC. para referirse al enfermo de hipocondrios. Los hipocondrios son los órganos que están por debajo (hypó) de lo que los griegos llamaban condro (jóndros), que significa cartílago terminal del esternón. En general, se usa para referirse a los órganos que quedan por debajo del esternón. El hipocondriaco era, por tanto, el que tenía alguna patología localizada en esta extensa región. Es bastante probable que la medicina antigua considerase que el origen de la hipocondría fuera orgánico, que se tratara de un dolor difícil de precisar y que era la enfermedad física la que generaba la dolencia psíquica.

En el siglo XVIII, Boswell escribió una columna semanal en una revista en la que describía su obsesión con su salud personal. Un siglo más tarde, Darwin se preocupaba por sus inexplicables palpitaciones, cansancio y temblor en sus dedos, que aparecían cuando discutía sobre su nueva teoría de la evolución. Actualmente, también existen hipocondriacos famosos como Woody Allen y Michael Jackson, pero ellos tienen de su parte los avances de la psicología y de la medicina en el diagnóstico de su mal.

 

Dos caras de una moneda
Lo psíquico puede alterar el funcionamiento de lo físico.

¿Influye la mente en el cuerpo? La respuesta es un sí rotundo. ¿Acaso ruborizarse no es un sensación emocional, la vergüenza, que produce un cambio visible, aunque transitorio? Cuando un estado mental produce reacciones físicas éstos se denominan síntomas psicosomáticos. “Estos síntomas pueden ser de todo: desde migraña, falta de apetito, dolor en cualquier parte del cuerpo, vómitos, mareos, adormecimiento de manos o pies, temblores…”, explica Ana Rodas, vice decana de la facultad de medicina de la Universidad San Carlos de Guatemala. La explicación de esta interrelación entre cuerpo y mente está en el cerebro, concretamente, en el sistema límbico, que es el que regula las emociones, y que influye en el hipotálamo que está relacionado con sensaciones tan diversas como la sed, el frío, el calor, el hambre… “Por ejemplo, si estoy asustado, ansioso, ese estrés libera adrenalina que da taquicardia. Una cosa mental tiene repercusiones en el cuerpo”, añade.

Estos trastornos no solo los padecen los hipocondriacos, sino cualquier persona que atraviesa una situación de miedo, ansiedad o estrés. “En este caso no hay que auto medicarse sino aprender a manejar las emociones, a identificar los patrones de conducta que lo ocasionan”, analiza César López Gómez, presidente de la Asociación Guatemalteca de Psicólogos. “Estas personas deberían visitar a un psicólogo u orientador, o bien practicar técnicas de relajación”, añade.

 
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