Semanario de Prensa Libre • No. 50 • 19 de Junio de 2005    


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Punto final

Los soldados están de regreso
Hechos recientes apuntan a un mayor respaldo y fortalecimiento del Ejército, lo que no está claro es por qué y para qué.

Por Alexánder Sequén-Mónchez

Nadie en su sano juicio condenaría la práctica del deporte al infierno de la inutilidad. Más allá de los dividendos físicos (huesos, oxígeno: salud), implica un vínculo personal. El niño que juega en la calle o en la escuela, rueda la pelota atraído por el grupo. Ávido de la aprobación, suspende el aislamiento. Posiblemente, sea ésta su primera experiencia con la muchedumbre. Corriendo a tientas y a locas se solidariza y recibe un calor cómplice, una milagrosa e intensa unidad. ¿Quién olvida el magnífico gol fraguado en una marea de piernas infantiles?

El fútbol es popular gracias a la economía de sus medios. Tan balón es un trapo improvisado como efectivas son un par de botellas haciendo de portería. Escoger un equipo significa abrazar una identidad. Entre la inocencia y el cabezazo, se cuelan los claroscuros de la osadía y la lucha encarnizada. A ese nivel no hay mucho que denostar, pues al fin y al cabo se trata de establecer pertenencias y afectos. No por provisionales intrascendentes. De los años gastados lúdicamente es que se energiza la convivencia social. A esa edad, un niño es capaz de vender a sus padres por estirar la duración de un partido o, de perdida, para que le dejen rebotar contra las paredes del corredor. Lo malo es cuando un adulto -¿exagero si añado un país entero- pretexta ardor y pasión "deportiva" para ofender o atacar la testa de terceros.

Los dueños del comercio internacional (avezados en el éxito de amasar fortunas) nunca contribuirían al prestigio de la esgrima; menos del ajedrez. En principio, escasean floretes y espadas en hogares y tiendas. Franca minoría, además, la sapiencia del tablero. Para hacer o recibir un pase de lujo (la ovación delirante) basta simularlo. Por otro lado, el fútbol es la supervivencia de irrenunciables rasgos primitivos: la adhesión tribal, la caza y la guerra. Dos bandos se enfrentan en pos de una victoria que exige sacrificio y humillación. Se apela al discurso bélico de la hombría y de la nacionalidad. No abucheamos o celebramos jugadores sino contingentes de "iluminados" (entre los cuales debe surgir el "gran héroe") que nos representan, y aún más: nos vivifican, nos redimen de cuanta frustración remolquemos. Inconscientemente, desearíamos triunfar en un baño de sangre.

La masificación futbolística ha fulminado Pelés, dando lugar a Maradonas martirizados por la droga y la fama. El talento fue substituido por la máquina consumista. Un simple delantero del Real Madrid o del Manchester United es elevado al grado de ícono. Y claro, mientras venda seguirá siendo el "mejor". Astutos para convertirse en productos desechables, intentan acaparar la relevancia de un científico o de un escritor. En Guatemala -y en aldeas vecinas- sus apoderados lo consiguen fácil y barato. Aquí se erigen monumentos a personas que "piensen" con los pies.

Toda incursión nuestra en los ambientes profesionales (fuera de la pantanosa Centroamérica) acaba en fiasco. Las expectativas fabricadas en las agencias de publicidad redundan en frustración externa. Puertas adentro, sólo se digitan ganancias increíbles. Hay que ser de verás tonto para soñar que reunimos las cualidades idóneas. Eso no se adquiere a costa de anuncios mesiánicos ni de estercoleros en vez de canchas, tampoco a expensas de una dirigencia avorazada. La realidad es dura, pero los intereses creados movilizan la idiotez nacional -nos regodeamos llamándola "esperanza"- a partir de cancioncitas tremebundas, porque si una marca de cerveza se propone alienarnos con himnos de barriada que, auténticos en Argentina, suenan fraudulentos en bocas locales, acostumbradas a embrutecerse con alcohol gane o pierda su equipo.

¿Puede construirse una identidad peloteando sobre la grama? Apenas se azuzan los ánimos con sandeces pseudoreligiosas ("bendito fútbol"); con primeras planas exaltando a un efímero goleador en menosprecio de la cultura; con llamamientos xenofóbicos que, escupidos irresponsablemente desde un micrófono, cunden como gasolina en mentes que compensan su complejo de inferioridad idolatrando prójimos demasiado comunes y corrientes. Sea que desde el charco cualquier lodazal es paradisíaco, fuere porque la televisión tiene la última palabra para quienes están de acuerdo con la mayoría, lo cierto es que el fútbol simboliza una válvula de escape a sus insatisfacciones. Un gol a favor es la democracia sin fisuras, la cópula perfecta, la revancha implacable. Un gol en contra: la deshonra absoluta, aunque sin dramas excesivos. Pudiendo violentarse en segundos, al día siguiente se reinicia la cuenta. Total, podrido en la miseria humana, el guatemalteco siempre estará dispuesto a creer que su selección de fútbol -ínfima y acobardada- merece otra oportunidad. Al menos, ése es el único "patriotismo" del que dispone.

¿Qué si la selección no nos representa? Mire a esos futbolistas queriendo rivalizar sin saber competir. Para ellos un empate es la gloria. Aupados por los comentaristas deportivos, se dedican a fantasear números escondiendo la pelota. Conformismo pusilánime. ¿Nuestro temor? El riesgo. Caer y levantarse. Así somos y así nos va.

 
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