Semanario de Prensa Libre • No. 50 • 19 de Junio de 2005    


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Opinión

La televisión global
A veces parece que sólo lo que ocurre en la televisión existe o, peor aún, su equivalente: que es verdadero.

Por: Carlos Seijas
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez

Los talk shows, parientes cercanos de los reality shows, son instrumentos de tele-gozar mediante el escándalo. Hace poco tiempo tuve “la suerte” de ver uno de estos programas, con excelente rating —es decir, con muchos objetos de consumo escópico asegurado—.

Había escuchado varios comentarios de ese programa sobre el protagonismo circense de sus personajes, la disparatada participación de la audiencia, la exuberancia de la animadora y —fundamentalmente— acerca de los excesos de los participantes y el histrionismo de todos. Pero debo confesar que ninguno de esos comentarios pudo aproximarse a lo acontecido aquella tarde.

Al encender el televisor, ella ya estaba ahí frente a mí, mirándome, como reprochándome mis quince minutos de tardanza en tele-mirarla, mostrándome lo que tenía que ver. A partir de ese primer segundo quedé capturado por la máquina de gozar, como quien diría, me dejé llevar hasta ser tomado como un objeto más, es decir, como un perfecto individuo, un tele-adicto normal. La escena era imponente: la animadora, con su opulencia corporal decadente, estaba entre una mujer y un hombre que peleaban, intentando juntar-separarlos. Ellos tenían un hijo del cual el hombre demandaba la custodia, pero la mujer se la negaba, ni siquiera permitía que lo viera. Hasta este punto, podríamos decir, se trataba de una situación normal.

Pero de repente, todo cambió, pues apareció en la escena una tercera persona quien se abalanzó inmediatamente sobre el hombre y lo comenzó a golpear mientras éste (¿aparentaba?) no salía de su asombro. ¿Quién era esa mujer, ese nuevo personaje? Era ni más ni menos que la amante de ella, de la esposa, y mientras golpeaba a ese hombre, daba sus razones: “Vos sos un infeliz, ni siquiera tenés dónde caerte muerto, ni tenés trabajo; la que mantiene al hijo soy yo, vos no lo podés hacer porque sos un vago y un inútil”.

El hombre en cuestión (nunca mejor empleado el término) se defendió, un poco, como pudo, mientras la animadora (ibid paréntesis anterior) hacía como que quería separarlos —ya que, como se sabe, el rating sube cuando los cuerpos no se separan, lo cual los conductores de los talk shows conocen perfectamente. Ellos saben lo que están haciendo cuando permiten que eso pase, es decir que son co-responsables de que la obscenidad de la escena, de la imagen, capture a los televidentes. La amante de la mujer, poseída por su ser-pleno-en-maldad, le gritó al hombre-en-cuestión “sos tan tarado que no te diste cuenta (de) que ella se hizo embarazar por vos, aunque te tenía asco”. En ese momento el hombre-en-cuestión, con la boca abierta (porque ya el maxilar se le había ablandado como efecto del espectáculo que presenciaba) se dio vuelta, miró a su (ex) mujer, mientras ella le decía, simplemente, sin alterarse: “Es cierto, siempre me diste asco”.

La tragicomedia se había desencadenado, dejando en el centro de la escena un breve silencio, silencio al que nuestra animadora interrumpió prontamente para mostrar a la televidencia el saldo de la situación.

A esta altura del espectáculo pensé: “Esto no puede ser verdad”, e inmediatamente después me interrogué “¿acaso importa preguntarse por la veracidad del hecho —en la realidad cotidiana, sobre esas personas—?, ¿o lo que sólo importa es lo que se está mostrando en ese momento, en ese programa, a toda esa multitud? Entonces recordé que lo verdadero y lo falso son semblantes que no cuentan en ese ámbito televisivo, y que lo único que tiene relevancia para esta máquina es producir un plus de gozar que se sintonice con el fantasma de cada individuo que mira. También se suele decir que sólo lo que ocurre en la televisión existe, o su equivalente, que es verdadero. Baudrillard tomó ese aserto al pie de la letra para problematizar los hechos de la realidad, cuando escribió que la Guerra del Golfo podría no haber existido, que tan sólo la habríamos visto por televisión.

 
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