Semanario de Prensa Libre • No. 36 • 13 de Marzo de 2005    


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D cultura

El otro Miguel Angel Asturias
Lleva el mismo nombre del Nobel de Literatura 1967, pero estudió ingeniería y trabaja como gerente comercial de una fábrica de envases en Argentina. Ello no le impide, sin embargo, sentir nostalgia por la Guatemala de su padre.

Por Jorge Basilago y Mario Rivero

Luego de sucesivas oleadas colonizadoras e inmigratorias, Buenos Aires es una ciudad un tanto esquizofrénica: se agolpa en ella cierto señorío europeo con el caos típicamente latinoamericano. Algo de eso ocurre en la vida de Miguel Ángel Asturias hijo (1941), autoasumido como “un neurótico consuetudinario”, nostálgico de Guatemala, pero apegado a la capital argentina, donde reside desde 1958.

Miguel Angel Asturias hijo.

Como para demostrarlo, en su departamento del barrio de Belgrano —un coqueto rincón porteño— no faltan las pinceladas chapinas: pinturas, algunas tallas en madera y poemas manuscritos de su padre decoran el lugar. Completan el cuadro las consabidas latas de frijoles, de perenne presencia en la alacena.

Aún después de tantos años, ciertas inflexiones de la voz denuncian su origen, que se funde con el hogar adoptivo en varios matrimonios y un hijo argentino —que heredó su nombre.

¿Qué recuerdos tiene de Miguel Ángel Asturias como padre?

No es nada fácil convivir con un creativo, en este caso con un escritor: tiene determinado tipo de características o defectos bastante difíciles, como el egoísmo. Él las tenía, pero también era una persona muy afectiva, cariñosa, lo que compensaba un poco. Es muy importante notar que mis relaciones con mi padre fueron fundamentalmente a distancia y, cuando nos encontrábamos, teníamos muchas ganas de estar juntos y “vivirnos” en ese momento.

¿Hay gestos o actitudes suyas en las cuales aprecia la influencia de su padre?

Cuando leo algún poema suyo, estoy seguro de que trato de imitar su voz, el sonido que él tenía al leer. También en algunas costumbres, como el placer de caminar por las calles y detenerme en las vitrinas que le gustaban. Después no me siento muy parecido a él, salvo en lo físico; y eso me gusta, no obstante dicen que mi padre no era muy lindo que digamos (risas).

¿Por qué usted eligió ser ingeniero en lugar de seguir sus pasos como escritor?

Pienso que lo decidí porque es agobiante y cansador ser “el hijo de”. Y, evidentemente, si a mí me gustaban la física y la matemática, creo que la ingeniería me iba a dar más satisfacciones.

¿Alguna vez su padre intentó incidir en su elección o en la de su hermano?

Creo que a él le hubiese gustado que alguno de sus hijos fuese escritor o se incorporase a medios literarios, pero en ningún momento fue una circunstancia como para separarnos o crear dificultades entre nosotros. Nunca me influyó para que cambiara de carrera.

En cierta ocasión, por su compromiso con determinadas ideas políticas, su padre y su hermano estuvieron presos al mismo tiempo. ¿No sintió la necesidad de sumarse a su militancia?

En aquel entonces, mi principal obligación era estudiar. Si bien entendía la vida de mi padre y la de mi hermano, yo fui un poco el sostén de las relaciones familiares: de alguna forma, ellos cargaron con lo público y yo con lo íntimo.

Apartándose de lo humano, ¿qué recuerda de su padre como escritor?

Su comportamiento respecto de la literatura, su relación con los escritores —en especial los jóvenes— y su divulgación de la literatura latinoamericana. Fue un promotor constante de congresos de escritores. Como lector, a veces me cuesta entrar en el mundo que plantea en sus libros, como Hombres de maíz; sí son más sencillas la trilogía bananera y El señor Presidente, que es una novela que no se puede parar de leer hasta terminarla.

¿Esa es su obra preferida?

Es la que más me impacta, no cabe ninguna duda. Pero mi preferida, por un tema afectivo, es El Alhajadito. En primer lugar, porque es la obra que yo pasé en limpio al llegar a Buenos Aires, para comenzar a relacionarnos en forma importante. Fue un libro muy vivido por mí, en el cual mi padre agregó los Cuentos del Cuyito, que eran las cartas que me escribía cuando yo estaba en México con mi madre.

¿Cree que en Guatemala se le ha dado a Asturias el lugar que merece?

Se hacen esfuerzos. Pero evidentemente, en un país chico, con una guerra civil de por medio y dictaduras como las que hubo en Guatemala, es muy difícil que se formen círculos relacionados con la obra de un escritor comprometido como mi padre. Sin embargo, la APG le dio el Quetzal de Jade luego del Nobel; el teatro nacional y el Premio de Literatura llevan su nombre, pero no hay algo que unifique todo eso, donde la imagen de mi padre sirva para el florecimiento de una unión de escritores y poetas guatemaltecos. A mí me gustaría depositar los archivos familiares en una institución de esas características, para que no se pierdan o se vendan cuando yo muera, pero no puedo crearla solo. Cuando me jubile creo que me ocuparé más de eso.

Por qué París
° Al momento de fallecer, como se sabe, Miguel Ángel Asturias estaba en Madrid, España. Lo acompañaban su segunda esposa (la argentina Blanca Mora y Araujo) y su hijo menor, Miguel Angel, quien decidió que los restos fueran sepultados en el cementerio de Père Lachaise, en París, Francia.

° “Si él no había vuelto a Guatemala en vida, yo no lo iba a llevar muerto”, argumenta hoy Asturias hijo, refiriéndose a las condiciones sociales y políticas de la Guatemala de 1974, que su padre no compartía.

° Tras la muerte de Miguel Ángel Asturias, el agregado militar de la embajada guatemalteca en Madrid se aproximó a Miguel Ángel hijo para decirle: “Pronto voy a ser presidente y vamos a crear las condiciones para repatriar los restos de tu padre”. Ese hombre era Efraín Ríos Montt. Lo demás es historia conocida y Miguel Ángel Asturias continúa descansando en Père Lachaise, junto a su segunda esposa y a pocos metros de Frederic Chopin.

Ya que mencionó el Premio de Literatura, ¿qué piensa de la decisión del poeta indígena Humberto Ak’abal, quien lo rechazó argumentando la visión racista de su padre en la tesis de graduación?

Me dolió muchísimo, como hijo, aunque la respeto. La tesis de mi padre es muy controvertida y este escritor seguramente tiene una posición tomada al respecto. Pero no sé si tiene conciencia real de lo que significó Miguel Ángel Asturias para el mundo, para Guatemala y para el indígena guatemalteco independientemente de su tesis. Me gustaría conversar con Ak’abal para conocer mejor sus razones, porque a simple vista parece una postura muy sectaria.

¿Qué visión tiene de Guatemala en la actualidad?

Desde el punto de vista político-económico no me atrevería a juzgar, porque si bien recibo noticias, no estoy incorporado a Guatemala y no entiendo demasiado. Sí la veo bastante convulsionada: me preocupa la idea de que si no se avanza con los acuerdos de paz, ni en la solución de los problemas fundamentales como el hambre y la cuestión de la tierra, pueda volver a generarse un enfrentamiento armado. En cuanto a “qué me ha parecido” las veces que regresé, veo una Guatemala más grande que cuando me fui.

Si tuviera la posibilidad de realizar un acto de magia, ¿qué haría por su país?

Buscaría una Guatemala en marcha, resolviendo el problema indígena, el problema de la tierra, el problema de analfabetismo y el problema sanitario, de tal forma de ir creando una Guatemala en que las futuras generaciones tengan una mejor vida de la que tienen hoy.

¿Estaría de acuerdo con la repatriación de los restos de su padre a Guatemala?

Nosotros —mi hermano, Rodrigo Asturias, y yo— creemos que mi padre puede volver siempre y cuando exista un movimiento de unidad guatemalteca, con ganas de crear otra Guatemala, en el cual Miguel Ángel Asturias sirva como un mojón más de cohesión. No queremos que la vuelta de mi padre sea aprovechada por el poder político, ni que genere nuevas discusiones o diferencias en el país.

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