El mito de la mujer fatal
Todas tienen algo de Eva. Son la encarnación del pecado original. Sensualidad y crimen pasional delimitan el territorio de las vampiresas.
Por Gemma Gil
Enfundada en satén negro, la mitad del rostro oculto tras el cabello ondulado, los ojos entornados a causa del humo de un cigarrillo y un punto de sensual desdén prendido del carmín de sus labios. Es el retrato robot de la mujer fatal, esa fémina intensa, manipuladora e insultantemente bella convertida en mito por el cine negro norteamericano.

Bárbara Stanwyck inspiraba pasión y muerte en una película cuyo nombre ya lo decía todo: Perdición. |
Ava Gardner en Forajidos, Rita Hayworth en Gilda o Lana Turner en El cartero siempre llama dos veces, todas de 1946, son tres ejemplos de lo que los franceses llamaron femme fatale y los estadounidenses, spider woman (mujer araña). Una morena, una pelirroja y una rubia dispuestas a romper esquemas en una sociedad patriarcal.
La Segunda Guerra Mundial había incorporado a la población femenina al ámbito laboral, dando de este modo un espaldarazo al proceso de emancipación de la mujer. El cine de los 40, como buen espejo de la sociedad, no podía dejar de reflejar la irrupción de esa nueva mujer. De este modo, los personajes femeninos pasaron a soportar el hilo argumental de unas películas pobladas de hombres desdibujados, que se dejaban manipular.
Lejos de los papeles tradicionales de abnegadas esposas y madres, las mujeres fatales eran independientes y constituían una reivindicación de la figura femenina en toda su carga erótica. El mejor ejemplo es Gilda, protagonista de uno de los striptease más famosos de la historia del cine. A Rita Hayworth le bastaba con desprenderse de sus largos guantes negros para dejar muy clara su libertad.
Una libertad comprada a base del chantaje de su belleza, porque si algo tenían en común todas las vamp, es que eran la imagen de la feminidad soñada por el hombre.
Con frecuencia, sus oponentes las trataban como meros objetos decorativos, sin embargo, las fatales subvertían la esclavitud de sus encantos y hacía de su atractivo físico la llave para conseguir poder y triunfar económicamente en un mundo dominado por el hombre.
Modus operandi
En su camino hacia el éxito, la vampiresa siempre se topaba con algún pobre incauto al que conducía hasta un callejón sin salida. “Ella le besa para que él mate”, decía el cartel anunciador de Perdición (1944), y condensaba en una frase el sino fatídico de amor y muerte que simbolizaba la mujer araña.
Lana Turner en El Cartero siempre llama dos veces convencía a un vagabundo que trabajaba para su marido para que acabara con éste; Barbara Stanwyck en Perdición persuadía a un agente de seguros para liquidar a su marido y cobrar su seguro de vida; Jean Simmons en Cara de ángel (1953) trataba de asesinar a su madrastra para convertirse en la única heredera de la fortuna familiar; y Ava Gardner en Forajidos daba vida a la mortífera Kitty Collins, capaz de embaucar a un veterano de guerra para atracar un banco.
La ecuación de ambición, pasión y muerte se plasmaba en un esquema recurrente: ella se encontraba atada a un tipo mayor y adinerado que no amaba, hasta que un día aparece en su vida un hombre al que enreda en su telaraña de encantos para librarse de su pareja y del que, a la postre, se acababa enamorando.
La femme fatale hoy
Aunque las vampiresas se identifican con el género negro de los años 40, el arquetipo de la mujer fatal ha trascendido ese momento histórico para llegar a la cinematografía actual. El mejor ejemplo lo representa Kim Bassinger como prostituta de lujo en la intriga policiaca de LA Confidential (1997). El papel, que le brindó un Óscar como mejor actriz de reparto, constituía todo un homenaje a la femme fatale más clásica. La famosa rubia se presentaba en la película como una doble de la también actriz Veronica Lake, una auténtica vampiresa del cine negro.
Otra rubia de armas tomar, Glenn Close, enredaba lo inimaginable para vengarse de su último amante en Amistades Peligrosas (1988). La Marquesa de Merteuil era tan perversa y amoral como sólo una femme fatale podía ser y, además, dejó para la posteridad algunas líneas memorables como aquella en la que aclaraba al Vizconde de Valmot “he triunfado porque he nacido para dominar tu sexo y vengar el mío”.
En fechas aún más recientes, destaca Nicole Kidman en la piel de Satine, en Moulin Rouge (2001). La hermosa vedette conquistaba a un rico duque al que detestaba sólo para lograr dar el saltar a la fama…. Pero el suyo, como el de muchas otras mujeres fatales, era un final triste.
La desvergüenza de las vampiresas es condenada implícitamente en casi todos los argumentos. Muchas de ellas acaban abocadas a la cárcel, la soledad o la muerte.
No obstante, mitad realidad, mitad imaginaria, la femme fatale forma parte de los mitos contemporáneos. La fatal nunca muere y tampoco es fácil escapar a su hechizo, porque como afirma el narrador de la Dama de Shangai (1948) “quizá viva el largo tiempo suficiente para olvidarla” o “quizá moriré intentándolo”. |