Semanario de Prensa Libre • No. 36 • 13 de Marzo de 2005    


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Los últimos nómadas del desierto
Mil años de vida errante cimentan la leyenda de los tuareg, viajeros incansables por las arenas del Sáhara.

Por Gemma Gil Flores

“Parece que el mundo que está fuera del desierto no les interesa en absoluto”afirma acerca de los tuareg Tim Callagy, un viajero irlandés que ha recorrido el Sáhara camino a la mítica ciudad de Timbuktu. “Aman el desierto. Están allí porque así lo eligieron y hablan de él como si fuera una persona. Viajar por sus arenas es casi como una experiencia religiosa”, añade.

Un grupo de mujeres construye una tienda, auténtico símbolo de su vida nómada.

A lomos de sus camellos, los tuareg solían vivir en un viaje interminable por el Sáhara. Hoy, con una población estimada en un millón y medio de personas, son los últimos nómadas del desierto. Las sequías, las modernas vías de comunicación y los conflictos armados están avocando a este pueblo de pastores y guerreros indómitos al sedentarismo.

La construcción de casas de adobe en los arrabales de las ciudades simboliza su pérdida cultural. Es el adiós a la vida en las jaimas (tiendas) y a los duelos poéticos en las frías noches del desierto.

El explorador alemán Heinrich Barth describió las caravanas de miles de camellos en las que se desplazaban los tuareg como “Naciones en movimiento”.

Durante siglos, los hijos del desierto se desplazaron por un mar de arena a la búsqueda de alimento para sus camellos, sus ovejas y sus cabras.

Su conocimiento del Sáhara les convirtió en los auténticos dueños de un desierto de 9 millones de kilómetros cuadrados, el más grande del mundo. La simbiosis entre el pueblo tuareg y esa tierra tan inhóspita es tan estrecha que el desierto les debe su nombre, ya que Sáhara es la traducción al árabe de la palabra tuareg tenere, que significa “la nada”.

Una nada que para ellos está llena de significado, ya que como cuenta Tim Callagy “cuando están viajando durante un largo tiempo en el desierto los tuareg dicen que oyen voces aunque nadie los rodee. Creen que son las voces de sus antepasados que tratan de hablar con ellos”.

Aunque parezca que su origen no puede ser otro más que las dunas que les rodean, lo cierto es que los hijos del viento tienen ascendencia caucásica, rasgos europeos y la piel más clara que otros pueblos africanos. No obstante, son conocidos como los hombres azules, debido a sus ropajes y turbantes de color índigo. Para teñir estas prendas utilizan tinte sin diluir en agua.

Con el sudor, las prendas desprenden parte del índigo, que queda impregnado en la piel de los tuareg como si fuera un tatuaje azul.

Curiosamente, a diferencia de otros pueblos musulmanes, son los hombres y no las mujeres los que deben ocultar su rostro. Los varones comienzan a usar el velo a partir de los 25 años y ocultan completamente su cara, a excepción de los ojos. Por esta razón los hombres azules son también conocidos como la nación del Kel-Talgimus, el pueblo del velo.

En el esplendor de su poderío los tuareg controlaban las rutas comerciales que atravesaban África hasta Oriente Próximo y explotaron grandes minas de sal utilizando esclavos negros. Gracias a un férreo control del suministro de agua y alimentos lograron que las fronteras del desierto se convirtieran en una prisión sin barrotes.

A pesar de su pasado esclavista y a que la dureza del Sáhara les hizo recurrir al pillaje, el pueblo del velo siempre ha estado rodeado por un halo de romanticismo. Su leyenda se debe en buena parte a los escritos del etnólogo del siglo XIX, Henri Duveyrier, quien en Les Touareg du nord explicaba que una de las pruebas de su nobleza se demuestra en que despreciaban las armas de fuego porque permitían atacar mediante emboscadas.

La época en la que los exploradores europeos descifraban el mito de África queda lejana, sin embargo, aún persiste la fascinación ejercida por los hijos del desierto, un pueblo que, según describe actualmente el escritor argentino Hernán Zin, se distingue “por la altivez y elegancia de sus movimientos”.

La colonización francesa en el siglo XIX marcó el comienzo de su declive, aunque en honor a la rebeldía que les afama fueron el último pueblo en rendirse a la conquista. Las divisiones fronterizas establecidas en su territorio los repartió entre los estados de Níger, Malí, Mauritania, Argelia, Senegal, Chad, Libia y Burkina Faso.

La creación de estados artificiales se tradujo en una amputación de su libertad de movimiento y de pérdida de sus tierras. “Como la carroña que se disputan las águilas grises así me despojan de mis pastos”, hacía sentir el poeta tuareg Mahmoudan Hawad.

Las sequías de los años 70 y 80 diezmaron su ganado y los empujó hacia las ciudades. Convertidos en minoría, los que fueron los señores del desierto son ahora víctimas de la discriminación.

Su insatisfacción se manifestó abiertamente a comienzo de los años 90, cuando grupos separatistas se levantaron en armas en Níger y Mali para reclamar la formación de un estado propio. Como consecuencia del conflicto la ONG Survival identificó a 35 mil refugiados huidos a Argelia, Burkina Faso y Mauritania. Hacia 1996 se logró una tregua, pero los hombres azules ya habían perdido definitivamente su libertad legendaria.

Ahora los tuareg comienzan a convertirse en ciudadanos. Su tierra, rica en petóleo, gas y minerales, está en manos de multinacionales. Han abandonado sus viajes por tierras infinitas y códigos de honor inservibles para sobrevivir en un mundo globalizado. Ya no se reúnen por la noche en torno al fuego del campamento para recitar poesía y narrar aventuras épicas, pero su leyenda sigue seduciendo al espíritu literario.

No podía ser de otra manera tratándose de unos hombres que, como escribe el novelista español Alberto Vázquez Figueroa, corrían como “el viento por la llanura, orgullosos de su sobrenombre de bandoleros del desierto y amos de las arenas del Sáhara desde el sur del Atlas a las orillas del Chad”.

 
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