Semanario de Prensa Libre • No. 37 • 20 de Marzo de 2005    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   D reportaje
   D portafolio
   D ciudad
   D fondo
   D mundo
   D cultura
   D famosos
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


D frente

Gerardo Reyes:
“Me espanta el poder”

Autor de Los Dueños de América Latina, conjunto de semblanzas de los magnates más poderosos del continente, el periodista colombiano Gerardo Reyes se considera un exhumador de verdades que algunos se esfuerzan por mantener ocultas.

Por: Gustavo Adolfo Montenegro
Foto: Carlos Sebastián

Sonríe al decirle que, aunque afirma que el poder lo espanta, el periodismo es una forma de ejercerlo y que, por lo tanto, él es un individuo poderoso. “¡Qué va!”, exclama. “Yo he asumido claramente que nuestro trabajo es el de testigos privilegiados de la historia inmediata, testigos incompletos sí, pero si logra uno asumir totalmente esa labor de neutralidad y totalidad, hay posibilidad de hacer algo por mejorar las cosas”.

Gerardo Reyes dedicaba los sábados de su adolescencia a elaborar, en máquina de escribir, el periódico mural de su escuela. Al entrar en la universidad estudió Leyes, pero el largo brazo de la vocación lo jaló otra vez a las letras impresas…

Gerardo Reyes

Actualmente trabaja como editor en el Nuevo Herald de Miami y recientemente dirigió la edición de Los Dueños de América Latina, serie de retratos de los empresarios más poderosos e influyentes de México y Sudamérica.

¿Por qué los millonarios latinoamericanos como objetivo?

La idea de esto nace porque yo considero que esta gente maneja la vida de miles de personas, imperceptiblemente. Las personas están en contacto constante con los productos de las compañías propiedad de esta gente y ellos no saben quienes son, si viven fuera del país. Llevan una vida muy discreta pero manejan el país, económica y políticamente, a su antojo. Para escogerlos, fue a través de la lista Forbes de millonarios. Vi que el promedio de edad era unos 65 años y descubrí que era un trabajo faraónico: tenía que investigar 20 años de vida pública de cada uno de esos magnates. Comencé por Julio Mario Santodomingo, el tercer cervecero de América Latina, por razones obvias: soy colombiano.

¿Y qué tal le fue?

Sólo a su libro le dediqué tres años y medio. Publiqué una biografía no autorizada, porque él nunca me quiso dar una entrevista. Seguí con una de Gustavo Cisneros, el magnate de Venezuela, dueño de Univisión. Ahí me dí cuenta de que la cosa iba a ser muy larga. Empecé a contactar periodistas en los diferentes países que le hubieran seguido la pista a los hombres más ricos de sus países y poco a poco fui reuniendo las biografías, primero para una publicación de la revista Poder, de la cual soy asesor editorial y después, más ampliadas, para el libro.

La biografía de Cisneros, ¿también fue no autorizada?

Él habló conmigo, pero off the record (fuera de grabación) en Nueva York. Sólo me permitió citar un par de declaraciones.

¿Y así son todos, que no dan entrevistas?

Dan entrevistas a medios internacionales y especializados, como Forbes y Vanity Fair. Eso les encanta a ellos. Porque son amantes del jet set filantrópico, o el jet set internacional.

¿Cuáles serían las características comunes de estos magnates?

Ellos son lo que llamo el caudillismo capitalista: fortunas que giran alrededor de una persona con personalidad muy fuerte y decisiones guiadas por su visión, su experiencia e incluso por sus presentimientos, más que por un consenso corporativo como se hace en Estados Unidos. Se escucha y rinde pleitesía a un hombre que tiene el control de todo, que tiene incluso línea directa con el presidente. Se rodea de gente muy buena, pero la decisión tiene su sello.

Ese poder es un arma de dos filos, una mala decisión sería desastrosa...

En principio no son personas que gocen de mucha popularidad en sus países: riquezas que surgen en un mar de pobreza absoluta. América Latina es una de las regiones donde más concentración de riqueza hay en el mundo, aunque algunos de ellos tratan de no ser ostentosos, pero es inevitable que su poder genere cierto rencor.

En el libro trabajaron varios periodistas... ¿Es el tema el único elemento común?

Sí y por ello hay algunas diferencias de estilo, no es uniforme. Estaba olvidando otra característica común: la mayoría de los magnates son buenos herederos, que multiplicaron las fortunas de sus padres y abuelos, quienes llegaron a América Latina como inmigrantes, cuando todo estaba por hacerse. Angelini, de Chile, se vino de Italia e importó una fábrica de pintura y los Cisneros consiguieron en 1930 la franquicia de Pepsi para Venezuela.

En general, son gente trabajadora, eso no hay que negarlo. Gente que está dedica de tiempo completo a su fortuna, la están cuidando como perros de caza y los que no son talentosos, se rodean de la mejor gente para que los asesore. Ahora están dejando sus imperios a manos de jóvenes que han estudiado en Estados Unidos, manejan el lenguaje de Wall Street y le dan un viraje al manejo caudillista.

Es que en el nuevo panorama de la globalización, lo centralizado no funciona muy bien ya…

En el caso de Carlos Slim (el hombre más adinerado de América Latina) no creo que los hijos tengan la capacidad ya de poner presidentes o de exigir. La esperanza es que ellos entiendan mejor la idea de la generosidad y la filantropía. Pues, otra constante de los magnates latinoamericanos es que son tacaños con las obras sociales. No hay un estudio serio y profundo sobre cuanto destinan de su fortuna los grandes magnates de América Latina a las obras sociales, pero no es proporcional a lo que tienen.

¿Qué rasgos tendría el rostro de ese magnate latinoamericano?

Una gran influencia en la dinámica de la economía de sus países tras bambalinas. No son tipos que participen en foros abiertos. Tienen un poder de cabildeo extraordinario y son financistas de las campañas de ambos partidos o los tres partidos que tengan opción de poder. Son como pulpos y tienen gran influencia en los medios de comunicación, por ser dueños o bien el mayor anunciante.

Al comienzo del libro está el relato de la reunión de millonarios, en Ixtapa, México, para analizar la pobreza…

Es una tendencia interesante: esos personajes se están dando cuenta de que la pobreza, aparte de ser un elemento adverso en su acumulación, es además el caldo de cultivo en donde pueden incubarse movimientos radicales populistas y demagógicos que les quitan poder, tal el caso de Venezuela. Esta reunión, convocada por Slim y su asesor, Felipe González (ex presidente del Gobierno español) está tratando de buscar maneras de hacer más inversión social al estilo americano. Por ejemplo Bill Gates (presidente de Microsoft) ha dedicado, sólo él, a obras sociales el equivalente a toda la fortuna de todos los ricos latinoamericanos: US$50 mil millones.

¿Alguno de ellos le desagrada?

Es que la historia no es en blanco y negro. Hay matices grises.

¿Alguna excentricidad que haya descubierto?

A Gustavo Cisneros (dueño de Univisión) le gusta la caza y la pesca. Invita a George Bush padre, a su finca en Venezuela, aunque también van a Inglaterra y España. Tiene línea directa con Otto Reich (secretario de Asuntos Hemisféricos de Estados Unidos).

¿Hay alguna magnate?

Sí, una: Amalia Lacroze, quien llegó a esa situación por accidente. Su marido muere y se encuentra frente a la posibilidad de perder todo o montarse al potro. Lo hizo muy bien y el otro caso que no aparece en el libro, pero lo vamos a agregar, es de una mujer en México, accionista de la cervecería Modelo. Le dicen la Tatcher (apellido de la ex Primera Ministra británica): cuando llegó a la junta directiva, los típicos machos mexicanos le dejaron dos empresas medio quebradas a su cargo. En un año las volvió rentables y se ganó el respeto…

¿Cómo empezó usted en el periodismo?

En una fundación en Colombia que tenía a su cargo un proyecto de seguimiento de la actividad de los congresistas: cuántas veces iban, cuántos faltaban, qué iniciativas presentaban. Le llevábamos una historia clínica a cada congresista y eso lo presentábamos a la prensa. Eso fue como en 1977.

¿Y qué edad tiene ahora?

Tengo 46 años. Estudié abogacía, aunque nunca hice la tesis…

Como muchos…

Sí, pero en el periodismo me ha ayudado muchísimo saber de leyes, de mecanismos judiciales.

Si yo le dijera: su trabajo es desnudar gente ¿qué diría?

(Risa) Yo diría que somos más como exhumadores. El mío es un periodismo que trata de sacar a luz cosas que otros quieren mantener ocultas o en el pasado.

¿Alguna vez se ha decepcionado del periodismo o se ha dicho: me metí a camisa de 11 varas?

No. Esto no tiene retro. En esto muero. Tengo amigos que me han dicho que yo quiero que mi hijo sea cualquier cosa menos periodista, pero no es así: esta profesión es maravillosa. Un día hablo con un pobre esclavo cortador de caña haitiano y al otro día con un magnate…

¿Algo de lo que se haya arrepentido?

Una vez entrevisté a una mujer que llegó de muchacha del servicio a la casa del mafioso más importante de Nueva York, Paul Castellan. El hombre se enamoró de ella y esta colombiana se convirtió en la esposa del gran capo. Fue una vida de sueño hasta que lo mataron y ella perdió todo, regresó a su trabajo humilde a Medellín. Y la titulé así: “La Cenicienta”. No sabía la resonancia que iba a tener: fue publicado primero en Miami después en The Washington Post y finalmente en Colombia. Ella perdió su puesto, porque la consideraban de la mafia. Me mandó una carta que partía el alma.

¿Cuál ha sido el mejor momento de su vida?

Ganar el premio Maria Moore Cabot, el premio más antiguo que se entrega en Estados Unidos a la labor de un periodista que cubre América Latina. A uno lo postulan y no es por un trabajo, sino por toda una carrera.

¿Mucho más que el Premio Pulitzer, que ganó?

Más que el Pulitzer porque ese fue compartido y fue por un reportaje.

¿Se siente usted un hombre poderoso?

Me espanta el poder, me intimida, porque tiene una dosis altísima de arbitrariedad, el que tiene el verdadero poder está en gran peligro de equivocarse. Ahora, dentro del quehacer del periodista hay decisiones que uno debe tomar, pero allí está el sello personal.

¿Alguna vez ha dicho “esto no lo puedo publicar”?

Sólo si hay una vida de por medio, pero si es verdad y se puede probar…

Cuando se vaya de Guatemala y le pregunten ¿qué viste en ese país? Sinceramente, ¿qué dirá?

Una gran viveza: personas muy despiertas que cogen las cosas al vuelo y que no se dejan apabullar por las condiciones adversas.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com