La pantalla de los egos
Alejandro Amenábar, también homosexual y mucho más joven, asestó un golpe al ego almodovariano
Por: Alexander Sequén-Móchez
Pedro y Agustín Almodóvar renunciaron a la Academia de Cine español. Por más que su presidenta, Mercedes Sampietro, pidiera que lo pensaran dos veces, los hermanos se llevaron su cámara —muy indignados ellos— a otra parte. El berrinche tuvo buena prensa, aunque no tanto como la temeraria acusación de que el Partido Popular tramaba un golpe de Estado. Un alboroto de antología es lo que se armó: plantones, retractaciones, toreos de último minuto. Era innecesario porque Aznar se las ingenió solito —dijo que él y Bush eran amigos y a los amigos nunca se les niega el uso del ejército— para interrumpir sus ocho años de gobierno.
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Almodóvar no prendió la chispa cándida ni patrióticamente. El manchego lanzó piedras a zutano, pero su propósito era llamar la atención de mengano. Deseaba repetir a toda costa el éxito de sus dos cintas anteriores. Si con una ganó el Óscar en 1999 en la categoría de película extranjera (bye, bye a los cejijuntos y envidiosos críticos españoles), con la siguiente, al cabo de tres años, volvió a levantar la estatuilla por mejor guión, y se codeó de paso con Martín Scorsese, siempre urgido de la pontificación oscariana, y Roman Polanski, necesitado, asimismo, pero de que la justicia gringa borre su nombre de la lista de prófugos. Almodóvar oyó tronar su boom personal fuera de Europa. ¿Era superable Todo sobre mi madre? Pues Hable con ella demostró que sí, y vaya de qué manera.
¿Qué cabe esperar del encumbramiento cuando resulta pequeño?
Se sabe que los cineastas también huelen la sangre. Y no era indispensable un olfato de aquellos. A ver: la Diócesis de Providence, Rhode Island, entre otras, rompió la alcancía para pagar unos US$13.8 millones a las víctimas de religiosos —incluida una monja— reacios al celibato. En esa oleada de noticias frescas se le hizo fácil a Almodóvar filmar —mentalmente— su tercera conquista del mundillo estadounidense, es decir, del mundillo que vale. Empezó a remar y se lió con la estructura y el libreto de lo que publicitó como su biografía. Todo iba viento en popa hasta toparse con ese otro océano, igual de inmenso y retador: Mar adentro.
Pedro Almodóvar creó una película estupenda. Cada detalle fue pulido y repulido, aunque esa obsesión iba camino a la fama, no al arte. Quien fue transgresor de la mudez franquista, terminó poniéndose gustosamente entre la espada y la pared de quienes otorgan los premios. Esto explica la reedición de su trillada fórmula para darle cariz cómico al esperpento. Semejante llevada y traída “historia íntima” fue producida con absoluta belleza, cierto, pero no tardan en aparecer los costurones, el dominio tiránico del director sobre los actores. Confió en el escándalo de la clerical manzana del pecado y malgastó una puesta en escena al punto de patinar desastrosamente en lo previsible. Al oportunista nunca le salen cabales las cuentas. Alejandro Amenábar, también homosexual y mucho más joven, asestó un golpe al ego almodovariano: una película, lo mismo que un libro o que cualquier otra cosa en la vida, no se gesta para congraciarse.
No decimos “¡acción!”, ni tampoco arremetemos contra la página en blanco cegados por el laurel. Amenábar demostró desde Abre los ojos que lo suyo va en serio. Diálogo y actores (principales o de reparto) son lo esencial en Mar adentro; las manías del director no adquirieron connotaciones ególatras como le sucedió a Pedro, el ambicioso. Si tanto quiere un tercer Óscar deberá olvidarse de los trasvestis que quedaron en su clóset. Tendrá que reinventarse (y sin exceso de maquillaje). Basta dejar de lado el peso de un malentendido caprichoso: su genio (impar, indiscutible) no se mide según los reconocimientos hollywoodenses. Cuando Amenábar echó a correr, la cinta no se propuso dar coba a ningún poderoso. ¿El resultado? Una legítima obra maestra.
Pierde el tiempo Almodóvar llamando a sus actores y actrices para interrogarles —¡coño!— si están con la reina o con la princesa. Pero algunos súbditos, a imitación del otro Pedro, ya renegaron del maestro. |