Mujercitas
Por: Carlos Seijas
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez
Quisiera presentarles una visión un tanto al margen de un fenómeno que día con día se ve más en contextos como los nuestros, hablo de las mujercitas y su sombra: las niñas madres.
“Todas quieren parir”, decía el psicoanalista Lacan, en el mismo sentido que espetaba que la mujer no existe, la mujer está tachada, borrada, fuera del discurso social masculino. Creo que es sencillo verlo, sólo es cuestión de quererlo. La niña, cuando le toca decidir sobre su posición sexual, le toca incorporizar a la madre, volverse madre para poder acceder a ella. No puede acceder al discurso de la mujer, vale apuntar, no es lo mismo que lo femenino, pues el hombre tiene y puede tener acceso a lo femenino, como la mujer a lo masculino; es de ver a las feministas, cada vez más y más masculinas, incluso más que los hombres: Woman Power.
Las mujeres existen, claro que existen, pero se enmascaran, se disfrazan, se esfuman entre los significantes, sobre todo el del nombre del padre: la ley. Las mujeres no encuentran forma de significarse en el discurso predominante, el del hombre. Y los hombres frente a una mujer, su síntoma, sólo pueden hacer una cosa: convertirlas en madres.
Por ello es que Lacan decía un poco vehementemente: “Todas quieren parir”; léase, todas quieren ser madres, de esta forma, convertidas en el “santo” cáliz, son veneradas entre los hombres, hasta le dedican un día y muy caballerosamente les dan feriado. “Mi madre es una santa” dicen los hombres, “todas las demás son...”. Así tenemos que a las mujeres objeto, objeto de deseo, no les queda más que sucumbir ante el deseo del Otro y convertirse en bien portadas “amas de casa”.
Como podemos apreciar, del anterior anudamiento surge la visión de una mujer atrapada en el entramado. No tiene discurso propio, adquiere sexualidad en función de éste y, para colmo, la hacen madre lo antes posible, lo desee o no. Al argumentar que es un fenómeno que se ve cada vez más, es en el sentido literal del término, pues en el pasado, y con ello me refiero a 5 mil o más años hacia atrás, a las niñas en cuanto dejaban de ser niñas, es decir, en cuanto se daba la menarca (primera menstruación), se ofrecía en matrimonio, y ya era una mujercita.
Lo curioso es que en nuestra sociedad creadora de caos construido se ve como malo todo lo que no encaja en la moral tradicional: la del siglo XII. Los niños, y no digamos la adolescencia, son constructos creados por la visión progresista y positivista del siglo XIX y XX. Anteriormente, el niño era visto, tratado y educado como un pequeño adulto, ni qué decir de la aberración de la adolescencia (¿de qué adolecen?).
Lo que puede deducirse de nuestra cultura es que lo que se crea y sigue creando son seres incompletos, inadaptados, discapacitados sociales. Si se toman los libros sobre desarrollo humano se dice que la adolescencia termina a los 25 años, porque los pequeñines dejan de depender económica y emocionalmente de los padres. ¿Qué implica esto? Pues claro, antes de los 25 no son responsables, aunque la Constitución diga que a los 18 ya pueden consumir drogas legales, formar familias, matar a otros o bien entrar en el Ejército, y según las universidades, escoger una carrera de la que van a trabajar el resto de los 42 años que les quedan, según la esperanza de vida en un país con primeros lugares en analfabetismo, desintegración familiar, muerte infantil y demás lastres.
¿Qué decir entonces de las mujercitas, de esas niñas que ya tienen que ser madres, en sociedades que las ven como mancas sociales, como cojas, partes, pedazos de cosas? Las mujercitas son muchas, en Guatemala casi el 80 por ciento de ese grupo ficticio llamado adolescentes, que adolecen de una cultura que no ha sabido significarlos, que les niega la pertenencia y el trato como sujetos, como seres cognitivos, volitivos y afectivos. Se les niega como sujetos, se les borra y convierte en objetos, en fabricantes de niños, gozosamente uno de nuestros principales productos de exportación.
Es escalofriante ver cómo nuestra sociedad calla, calla de tantas formas. Tapa ojos, boca y oídos ante lo evidente: no son las mujercitas, son todas las mujeres las que soportan en silencio el peso de la familia en desorden, en la cual les toca en la soledad la tarea de formar a las futuras mujercitas y a sus hombrecitos abusadores. |