El gordo y la flaca
Crónica de un día de impunidad.
Por Claudia Munaiz
La cartera de cuero que tomó en sus manos
era hermosa. Pero no era suya. La chica rubia a la fuerza, que
no debía pesar más que un suspiro (o era anoréxica),
deslizó su larga y huesuda mano con disimulo hacia el bolso
de una turista despistada que dejó cámara, dinero
y bolso en la mesa para ir al baño.
Mientras, su acompañante pagaba la cuenta
en la barra del restaurante.
El compañero de la rubia diminuta era seis
veces más
grande que ella. Con esos kilos protectores, vigilaba la escena
como un fiel amigo de hazañas en la Antigua: Ese día
tocaba ganarse unos quetzalitos (euros, yenes o dólares)
ajenos. Sin oficio ni beneficio, pero con riesgo, eso sí.
Por deformación profesional (no perdemos
detalle) o fruto de la casualidad por ‘ser testigos sin quererlo’,
observamos la escena desde que se inició.
Raro fue que la
pareja entrara al local y no se sentase para consumir nada. Primer
error. El gordo miraba la mesa de sus presas y seguía sus
movimientos. Vía
libre. Primer acercamiento a la mesa que teníamos a la par.
La rubia agarró una planta. ¿Quién entra a
un restaurante para acariciar una planta? Ella medía los
movimientos y él le dio luz verde.
A menos de un metro de distancia, se nos retorcía
el estómago
por la intuición (aquello de que el peligro se siente es
cierto). En este caso, el robo estaba cantado. Era cuestión
de tiempo, segundos… hasta que “¡Voilá,
te acabo de ver in fraganti con la mariconera de la señora”,
exclamamos como quien acaba de cazar al vuelo el notición.
Nosotros la vimos, pero su cómplice también
a nosotros. “Déjala,
déjala que la canche te ha visto”, llegamos a oír.
Y la dejó. Como guardianes de objetos ajenos, nos acercamos.
Nadie más había visto nada. Ni siquiera las víctimas
del intento de robo. “¿Qué hacía con
la cartera de la señora?”, le preguntamos.
“Perdón, cómo dice?”,
contestó.
Pequeña, pero contestona, añadió: “Usted
está loca!”.
Se dieron la vuelta y se largaron. Avisamos a los
dueños
del restaurante, quienes salieron detrás de los ‘presuntos
delincuentes, hasta que se demuestre lo contrario’, por
las calles empedradas de la ciudad. La Politur entró en
acción
con una sorprendente eficacia.
Se armó un relajo que rozaba lo absurdo.
Empleados, nosotros, Politur, Policía Nacional Civil, la
pareja de turistas con cara de ‘pero si no nos han robado
nada’, y el gordo
y la flaca con cara de ‘pero si no hemos hecho nada’.
El
oficial de la PNC nos pedía que los entregáramos
para abrir una acusación en su contra; nosotros narramos
lo que vimos. Otro agente aseguraba: “Si los hubiésemos
agarrado con la cartera, podríamos llevarlos a la comisaría”.
La
flaca echaba fuego por la boca, su amigo sudaba un mar de nervios,
los gringos, sentados -sin saber qué hacer-,
transeúntes
miraban la escena callejera, las meseras recordaban que ‘a éstos
ya les hemos visto por acá”, y de nuevo, la ‘supuesta
ladrona’ que vociferaba insutlos: “Usted está loca,
no ha podido ver nada, porque no hicimos nada”.
Por supuesto que lo vimos.
No obstante, no lo denunciamos. Nos dispersamos
por las calles de la Antigua. Y cada loco con su tema. |