Semanario de Prensa Libre • No. 70 • 06 de Noviembre de 2005    


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Claroscuro

El gordo y la flaca
Crónica de un día de impunidad.

Por Claudia Munaiz

La cartera de cuero que tomó en sus manos era hermosa. Pero no era suya. La chica rubia a la fuerza, que no debía pesar más que un suspiro (o era anoréxica), deslizó su larga y huesuda mano con disimulo hacia el bolso de una turista despistada que dejó cámara, dinero y bolso en la mesa para ir al baño.

Mientras, su acompañante pagaba la cuenta en la barra del restaurante.

El compañero de la rubia diminuta era seis veces más grande que ella. Con esos kilos protectores, vigilaba la escena como un fiel amigo de hazañas en la Antigua: Ese día tocaba ganarse unos quetzalitos (euros, yenes o dólares) ajenos. Sin oficio ni beneficio, pero con riesgo, eso sí.

Por deformación profesional (no perdemos detalle) o fruto de la casualidad por ‘ser testigos sin quererlo’, observamos la escena desde que se inició.

Raro fue que la pareja entrara al local y no se sentase para consumir nada. Primer error. El gordo miraba la mesa de sus presas y seguía sus movimientos. Vía libre. Primer acercamiento a la mesa que teníamos a la par. La rubia agarró una planta. ¿Quién entra a un restaurante para acariciar una planta? Ella medía los movimientos y él le dio luz verde.

A menos de un metro de distancia, se nos retorcía el estómago por la intuición (aquello de que el peligro se siente es cierto). En este caso, el robo estaba cantado. Era cuestión de tiempo, segundos… hasta que “¡Voilá, te acabo de ver in fraganti con la mariconera de la señora”, exclamamos como quien acaba de cazar al vuelo el notición.

Nosotros la vimos, pero su cómplice también a nosotros. “Déjala, déjala que la canche te ha visto”, llegamos a oír. Y la dejó. Como guardianes de objetos ajenos, nos acercamos. Nadie más había visto nada. Ni siquiera las víctimas del intento de robo. “¿Qué hacía con la cartera de la señora?”, le preguntamos.

“Perdón, cómo dice?”, contestó. Pequeña, pero contestona, añadió: “Usted está loca!”.

Se dieron la vuelta y se largaron. Avisamos a los dueños del restaurante, quienes salieron detrás de los ‘presuntos delincuentes, hasta que se demuestre lo contrario’, por las calles empedradas de la ciudad. La Politur entró en acción con una sorprendente eficacia.

Se armó un relajo que rozaba lo absurdo. Empleados, nosotros, Politur, Policía Nacional Civil, la pareja de turistas con cara de ‘pero si no nos han robado nada’, y el gordo y la flaca con cara de ‘pero si no hemos hecho nada’.

El oficial de la PNC nos pedía que los entregáramos para abrir una acusación en su contra; nosotros narramos lo que vimos. Otro agente aseguraba: “Si los hubiésemos agarrado con la cartera, podríamos llevarlos a la comisaría”.

La flaca echaba fuego por la boca, su amigo sudaba un mar de nervios, los gringos, sentados -sin saber qué hacer-, transeúntes miraban la escena callejera, las meseras recordaban que ‘a éstos ya les hemos visto por acá”, y de nuevo, la ‘supuesta ladrona’ que vociferaba insutlos: “Usted está loca, no ha podido ver nada, porque no hicimos nada”.

Por supuesto que lo vimos.

No obstante, no lo denunciamos. Nos dispersamos por las calles de la Antigua. Y cada loco con su tema.

 
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