Fin con mano propia
Algunos artistas guatemaltecos han terminado con su vida, en
momentos en que su carrera prometía un mejor futuro.
Por Ingrid Roldán Martínez
La noche del 24 de enero de 1929, una escolta
militar llegó a la casa del pintor Rafael Rodríguez
Padilla para apresarlo. Se le acusaba de haber participado en
el complot para asesinar al presidente Lázaro Chacón.
Él mismo abrió la puerta y al ver
la gravedad de la situación, corrió al interior,
buscó el revólver que años atrás
le había comprado a su amigo Leonardo Lara Gutiérrez
y sin pensarlo más se disparó al corazón.

Carlos Valenti en un foto tomada antes
del viaje a París, en 1912. |
En el libro Rafael Rodríguez Padilla y
el desarrollo de la plástica
guatemalteca, el licenciado Luis Enrique Robles relata los pormenores que acorralaron
a Rodríguez Padilla para tomar esta decisión.
El escenario político
era bastante sombrío. El gobierno de Chacón era acusado de ineficiencia
y malos manejos. Las garantías constitucionales habían sido suspendidas
desde septiembre de 1928, el país se declaró en estado de guerra,
se intervinieron los trenes y la ruta de este servicio a Occidente fue suspendido.
El
17 enero de ese año se había producido un intento de golpe militar
contra el gobierno, organizado por jefes políticos de Quetzaltenango
y Suchitepéquez. En esos días, en la ciudad capital, se estaría
fraguando un plan para asesinar al presidente.
El sábado 12 de enero,
un campesino descubrió un extraño artefacto en el lugar denominado
peña Tierra Colorada, de la meseta de Villalobos en la ruta hacia
Amatitlán.
En realidad era una bomba puesta en la ruta que el gobernante utilizaba
para llegar a su chalé a la orilla del lago. Estaba colocada en
uno de los bordes del camino. Después descubrieron otra bomba de
menor tamaño
a diez metros de allí.
La bomba más grande estaba puesta sobre
una especie de grada natural y recubierta de una espesa capa de yeso, pintada
del color de la tierra. Le habían incrustado hojas y ramas secas
y hierba para camuflarla. Ambas habían sido fundidas en bronce.
Las investigaciones llevaron a descubrir el taller
dónde se habían
fabricado y uno de los posibles culpables era Rodríguez Padilla. “Seguramente
había participado por las razones ya mencionadas y probablemente
pertenecía
a un grupo mayor de conspiradores encargados de fraguar el plan, que
según
el gobierno guardaba una estrecha relación con los alzados en
armas de occidente. A él y a Aldana, les tocó hacer el
casquete, alguien más debió ocuparse de la fabricación
de la bomba y otros de colocarla o probablemente ellos mismos hicieron
estas tres tareas”,
escribe Robles.
El gobierno dio a conocer que había descubierto
a los responsables, el arresto era inminente. “(Padilla) debe
haber estado sumamente preocupado y meditando sobre el descuido de
las evidencias dejadas en el taller de mecánica y el hallazgo
de los planos, seguramente elaborados por él,
cuando, repentinamente, se escuchó que llamaban a la puerta,
era un destacamento militar que se presentaba violentamente a capturarlo...”.
Al momento de su muerte, Rafael Rodríguez
Padilla acababa de cumplir 39 años de edad, era un artista
muy conocido, había sido director
fundador de la Academia de Bellas Artes (hoy Escuela Nacional de Artes
Plásticas
que lleva su nombre).
Carlos Valenti
El 20 de mayo de 1912, Carlos Valenti y su amigo
Carlos Mérida se embarcaron
rumbo a París. Llegaron el 15 de junio. Llevaban la dirección
del compositor Ricardo Castillo y una carta de presentación
que les había
dado Jaime Sabartés para Pablo Picasso.
A los pocos días
rentaron una apartamento y se inscribieron en una academia de pintura.
Cuatro meses después
de haber llegado ocurrió un hecho repentino. Una mañana,
cuando tomaban clases, Mérida se dio cuenta de que Valenti no
estaba sentado frente a su caballete.
“No obstante seguí pintado,
sin recelo, porque había amanecido aparentemente tranquilo”,
le relató a Walda
Valenti, sobrina de su amigo. Sin embargo, tuvo un presentimiento y
salió a
buscarlo. Llegó tembloroso a casa.
“Abrí la puerta,
dándome
cuenta de que la cortina de su cubículo estaba corrida.
Su sombrero sobre el caballete, como solía dejarlo siempre
que regresábamos
de la calle. Se acentuó mi duda, ansia e incertidumbre,
y me acerqué a
indagar y a abrir la cortina esperanzado de poder aliviarlo de
alguna súbita
enfermedad, pero desgraciadamente ¡había llegado demasiado
tarde! Horrorizado comprobé, al verle tendido en la cama
con un revólver
en la mano, que se había disparado al corazón. ¿Dónde
adquirió el arma? No puedo imaginarlo pues nunca vi semejante
admículo
(sic) en su poder. Presumo salió a comprarla esa misma mañana
al dejar el estudio. estaba inmóvil y una serena expresión
invadía
ahora su hermoso rostro”, contó Mérida.
Al parecer,
el joven pintor se angustiaba por su precaria salud y de darse
cuenta de que estaba perdiendo la vista. Además, no se reponía
de la muerte de su madre meses antes. Truncó lo que se consideraba
una prometedora carrera.
El “Chino” Pereyra
Su dinamismo era reconocido por sus compañeros
de la Escuela Nacional de Artes Plásticas. A finales de
la década de los años 1950,
Rafael “El Chino” Pereyra fue presidente de la asociación
de estudiantes. Sus amigos cercanos eran Marco Augusto Quiroa y
Roberto Cabrera. Integraban también el grupo Enrique Anleu
Díaz y Óscar Barrientos.
Tiempo después formaron el Círculo Valenti al que
se unieron Magda Eunice Sánchez, Elmar Rojas, Norma Nuila
y Gilberto Hernández,
entre otros.
Pereyra había hecho viajes de estudio a México
y Estados Unidos. Según Cabrera, al principio el pintor
tenía mucha influencia de
los artistas mexicanos, pero más adelante cada quien inició investigaciones
del arte europeo de la posguerra. Pereyra trajo algunos elementos
de las corrientes artísticas que se estaban dando en el
extranjero.
“El bebía mucho al final y algunos
coleccionistas estaban comprando la obra de él por centavos”,
cuenta Cabrera quien era amigo cercano. Al parecer, Pereyra tuvo
varios intentos previos de suicidio. Algunas veces, en presencia
de sus amigos, tomaba hojas de afeitar y se cortaba la piel. El
día que Pereyra murió, el hermano de éste
fue a buscar a Cabrera a las seis de la mañana. El cuerpo
yacía en la cama y al
lado, una botella de thinner que se había tomado en la
madrugada. Al rato llegó Quiroa. Era 1966 y Pereyra tendría
30 ó 31 años.
“Tenía mucho talento, es una lástima
que no hubiera vivido más”, se lamenta Cabrera. Anleu
lo describe como un hombre con liderazgo, combativo, muy inteligente
y con buen sentido del humor. Su muerte prematura y trágica
ha dejado su memoria en el olvido.
Otra muerte en Francia
El escultor Adalberto de León Soto también
murió en condiciones
trágicas. Era esposo de la hija de Rodríguez
Padilla y padre de Katina, Jorge, Pablo, Iván y Zipacná.
En 1949 había viajado
becado a París para estudiar arte. En junio de 1957,
se quitó la
vida al lanzarse de la Peña de Los Osos en el bosque
de Bologna, en París.
Según su hijo Iván, en el lugar en que se lanzó hay
una placa conmemorativa.
Su legado artístico lo constituyen grabados,
esculturas, cerámica
y platos basados en figuras mayas. En la ciudad de Guatemala
destaca la escultura de Dolores Bedoya de Molina, en la escuela
del mismo nombre ubicada en el séptima
avenida y 14 calle zona 1. Quienes lo conocieron lo describen
como un hombre extrovertido, con mucho dinamismo, integrado a la
activa vida cultural francesa.
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