Semanario de Prensa Libre • No. 70 • 06 de Noviembre de 2005    


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D frente

Chapina de corazón
Ha vivido más tiempo aquí que en su país natal. Su cámara lleva tres décadas congelando imágenes para la memoria de Guatemala.

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

Es suiza, pero se confiesa “chapina de corazón”. Después de 30 años fotografiando gente y la arquitectura de Guatemala, su trabajo es el mejor testimonio de sí misma y del mundo en el que ha elegido vivir.

Hace ocho años que Anne Girard colabora con el Museo Ixchel del Traje Indígena, donde a duras penas encuentra un minuto libre para recibirnos. “Hay mucho que hacer”, se disculpa a modo de saludo.

"Las jóvenes se cansan de usar los mismos colores, y adoptan prendas de otras comunidades".

En las salas de exposición, la minuciosidad con que cada hilo se dibuja sobre el papel fotográfico habla no sólo de una expresión cultural en peligro de extinción, sino de una mujer perfeccionista.

“Mi padre no quería que me dedicara a esta profesión, porque decía que era para morirse de hambre”, comenta con ironía, pero su padre debía saber que ella no era una de esas personas que aceptan un no por respuesta.

La historia de su llegada a Centroamérica destila el carácter de una mujer siempre dispuesta a superarse: “Mi tío, que era antropólogo, vivía aquí, así que en 1974 decidí venir a instalar un laboratorio de fotografía a color. Yo lo monté todo, excepto la electricidad, porque no sabía… El problema fue que no conocía cómo funcionaban las cosas en Guatemala, así que me quedé sin dinero, y a finales del 75 tuve que marcharme... pero como soy terca, regresé a Suiza a trabajar duro de lunes a viernes en un laboratorio y hacer fotos de bodas los sábados y domingos para conseguir el máximo dinero posible, y a finales de 1976, volví”, relata con una sonrisa. Y desde luego, regresó para no marcharse.

Pasión por la tradición textil

Tenía 28 años y, atraída por los paisajes, las gentes y la cultura de Guatemala, comenzó a recorrer el país dispuesta a capturar su esencia. “En la época de la guerrilla, me iba al interior con cuatro o cinco cámaras y me ponía en medio de la carretera a fotografiar paisajes. Nunca tuve miedo de que me robasen, aunque, a veces, inspiraba miedo a la gente. Recuerdo que en Chichicastenango, en los años 70, me tiraban piedras, tomates o lo que encontraran a mano, pero los entiendo”, afirma.

Las imágenes captadas desde entonces son documentos históricos que permiten conocer la evolución del mundo indígena y, muy especialmente, de los trajes típicos.
“Desde el principio, yo quería fotografiar los trajes, por su colorido, ahora no me gusta pensar que pueda llegar un día en que desaparezcan”, afirma Girard, quien ha sido testigo de todas las transformaciones que se han producido en lo referente a las prendas tradicionales, aunque puntualiza: “El cambio lo he notado, sobre todo, de los años 80 para acá”.

En contra de lo que pueda parecer, el trabajo de esta chapina de corazón ha registrado cómo las transformaciones en la forma de vestir tradicional no se refieren sólo a la introducción de prendas de tipo occidental, sino también a los cambios en el gusto de la sociedad indígena.

“Antes ibas a un pueblo y podías saber que el traje que usaba la gente era el de esa comunidad. Hoy es imposible, porque ves en un mismo sitio trajes de todos los lados; por ejemplo, vas a Tecpán y ves prendas típicas de Sololá o del Quiché. Las jóvenes se cansan de usar siempre los mismos colores y empiezan a usar prendas de otras comunidades que les gustan más”, reflexiona, sentada en un rincón del museo dedicado a desentrañar la complejidad del proceso del jaspe que se ve en los cortes que usan las mujeres indígenas

“¡Una belleza!”, murmura observando los tejidos, mientras medita en voz alta si la metamorfosis sufrida por la indumentaria tradicional se debe al influjo de las modas.

“La verdad, no sabría decir si son modas, como las concebimos en el mundo occidental”, pero mientras duda, la antropóloga y directora del Museo Ixchel, Bárbara de Arathoon, se une a la conversación: “No le habrá dicho lo mucho que la explotamos, ¿no?”, bromea mientras se dispone a aclarar el asunto de la moda: “Antes uno nacía con el traje de su comunidad y moría con él. Seguir la tradición era la moda y también un mecanismos de control informal por parte de la comunidad.

Perfil

Entre 1964 y 1973 estudió fotografía en Vevey Suiza y se especializó en fotografía industrial, arquitectura y laboratorio a color.

Su primera exposición sobre Guatemala, la realizó en 1973, en la galería Supersaxo de Martigny, Suiza.

En 1986, participó en la exposición de cámaras antiguas de la Alianza Francesa en Antigua Guatemala.

En 1993, organizó la exposición “Quetzaltenango visto por Tomas Zanotti” en la galería Dante Alighieri de la capital.

En 2001, organizó la exposición “Cien años de historia en Guatemala” en la galería del MUSAC.

Desde el 2002, es directora del archivo fotográfico del Museo Ixchel del Traje Indígena, institución con la que ha colaborado en numerosas muestras, catálogos y revistas.

Símbolos

Una exhibición sobre las historias que cuentan los huipiles.

El trabajo de Girard se puede apreciar en la exposición Símbolos del Museo Ixchel. “Anne ha realizado un trabajo delicadísimo de escaneo y reconstrucción de las imágenes casi puntada a puntada”, señala Bárbara de Arathoon.

La muestra, que podrá ser visitada hasta principios del próximo año, rescata el significado de los bordados empleados en los huipiles y sobrehuipiles de una docena de comunidades indígenas..

En los años 50, si una mujer usaba un huipil de otro lugar, esto podía ser objeto de burla o chiste, pero ahora las jóvenes eligen lo que les gusta y tienden, dentro de la conservación del traje, a una moda de tipo ladino.

Por ejemplo, las indígenas de la capital, cuando usan un corte con color rosado, buscan un huipil que también tenga ese rosado. Es decir, se están guiando por una combinación cromática propia de la moda ladina”, explica Arathoon, quien no puede parar de agradecer la inestimable labor de conservación y registro que está realizando Anne Girard con los fondos del museo.

El tiempo vuela y el trabajo nunca se termina. Poco antes de nuestra llegada, la fotógrafa estaba trabajando con su cámara de formato mediano en la reproducción de un conjunto de acuarelas dañadas por la humedad, y en el transcurso de la conversación la acompañamos a seguir con tareas urgentes de última hora.

Se mueve por el museo como si estuviera en su propia casa, quizá por eso decidió donar a esta institución parte de su colección personal. Razones no le faltaban: “Desde que empecé a trabajar quería mostrar mis fotos y organizar exposiciones, no sólo de los trajes indígenas, sino también de la cultura, el paisaje, las cosechas... porque todo cambia, pero cada vez que quería hacer una exposición me daba cuenta de que la gente me decía ‘¿otra vez indígenas?’, así que me cansé. Decidí no seguir exponiendo y doné mis fotos al museo Ixchel, donde pueden ser útiles, porque tenía la sensación de que cada vez que trataba de organizar algo, a la gente no le gustaba”.

Sin embargo, en su Suiza natal las reacciones siempre fueron más motivadoras. “Yo quería mostrar lo lindo que es Guatemala, sus bellos paisajes, sus colores, para que la gente supiera que es un país que vale la pena, y allá las exposiciones siempre han gustado mucho”, manifiesta satisfecha, “además, tengo más y mejores fotos de Guatemala que de Suiza”.

De su país adoptivo admira a fotógrafos como Daniel Hernández, y resalta la buena calidad de la producción nacional. “No hace falta irse a Europa o a Estados Unidos, aquí se hace muy buena fotografía”, afirma con convicción.

Sin embargo, se lamenta de que no se invierta el suficiente dinero para apoyar la conservación del patrimonio. Y habla por experiencia. Su segunda pasión es su colección de cámaras. “La más antigua es de 1868”, señala con orgullo.

En la actualidad conserva 500 del corpus original, ya que tuvo que vender una parte. “Me decepcioné”, explica, “creo que me equivoqué de país para hacer este tipo de colección, porque no hay interés”.

No obstante, fiel a su espíritu batallador, no se rinde. “Si no encuentro dónde ubicarlas, las tendré que vender, pero me gustaría que las cámaras se quedaran en un museo del país”, expresa.

Al igual que quisiera que permaneciera en Guatemala la colección de fotografías que conserva en su casa, tanto las propias como las tres mil imágenes históricas realizadas por autores como Zanotti a principios del siglo XX.

En definitiva, son testimonio de las transformaciones sociales, documentos gráficos invaluables, como un día lo serán las fotos de Girard: una contribución de precisión suiza a la memoria de Guatemala.

 
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