Chapina de corazón
Ha vivido más tiempo aquí que en su país natal. Su cámara
lleva tres décadas congelando imágenes para la memoria de Guatemala.
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
Es suiza, pero se confiesa “chapina de corazón”.
Después de 30 años fotografiando gente y la arquitectura
de Guatemala, su trabajo es el mejor testimonio de sí misma
y del mundo en el que ha elegido vivir.
Hace ocho años que Anne Girard colabora con
el Museo Ixchel del Traje Indígena, donde a duras penas
encuentra un minuto libre para recibirnos. “Hay mucho que
hacer”, se disculpa a modo de saludo.

"Las
jóvenes
se cansan de usar los mismos colores, y adoptan prendas
de otras comunidades".
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En las salas de exposición, la minuciosidad
con que cada hilo se dibuja sobre el papel fotográfico habla
no sólo de una expresión
cultural en peligro de extinción, sino de una mujer perfeccionista.
“Mi padre no quería que me dedicara
a esta profesión, porque
decía que era para morirse de hambre”, comenta con ironía,
pero su padre debía saber que ella no era una de esas personas que aceptan
un no por respuesta.
La historia de su llegada a Centroamérica
destila el carácter de una mujer siempre dispuesta a superarse: “Mi
tío,
que era antropólogo, vivía aquí, así que en 1974
decidí venir a instalar un laboratorio de fotografía a color.
Yo lo monté todo, excepto la electricidad, porque no sabía… El
problema fue que no conocía cómo funcionaban las cosas en
Guatemala, así que me quedé sin dinero, y a finales del 75
tuve que marcharme... pero como soy terca, regresé a Suiza a trabajar
duro de lunes a viernes en un laboratorio y hacer fotos de bodas los sábados
y domingos para conseguir el máximo dinero posible, y a finales
de 1976, volví”,
relata con una sonrisa. Y desde luego, regresó para no marcharse.
Pasión por la tradición textil
Tenía 28 años y, atraída por
los paisajes, las gentes y la cultura de Guatemala, comenzó a
recorrer el país dispuesta a
capturar su esencia. “En la época de la guerrilla, me iba
al interior con cuatro o cinco cámaras y me ponía en medio
de la carretera a fotografiar paisajes. Nunca tuve miedo de que me robasen,
aunque, a veces, inspiraba miedo a la gente. Recuerdo que en Chichicastenango,
en los años
70, me tiraban piedras, tomates o lo que encontraran a mano, pero los entiendo”,
afirma.
Las imágenes captadas desde entonces son
documentos históricos
que permiten conocer la evolución del mundo indígena y, muy
especialmente, de los trajes típicos.
“Desde el principio, yo quería fotografiar los trajes, por su colorido,
ahora no me gusta pensar que pueda llegar un día en que desaparezcan”,
afirma Girard, quien ha sido testigo de todas las transformaciones que se han
producido en lo referente a las prendas tradicionales, aunque puntualiza: “El
cambio lo he notado, sobre todo, de los años 80 para acá”. En
contra de lo que pueda parecer, el trabajo de esta chapina de corazón ha registrado cómo las transformaciones
en la forma de vestir tradicional no se refieren sólo a
la introducción de prendas de tipo occidental, sino también
a los cambios en el gusto de la sociedad indígena.
“Antes ibas a un pueblo y podías saber que
el traje que usaba la gente era el de esa comunidad. Hoy es imposible,
porque ves en un mismo sitio trajes de todos los lados; por ejemplo,
vas a Tecpán
y ves prendas típicas de Sololá o del Quiché.
Las jóvenes se cansan de usar siempre los mismos colores
y empiezan a usar prendas de otras comunidades que les gustan más”,
reflexiona, sentada en un rincón del museo dedicado a desentrañar
la complejidad del proceso del jaspe que se ve en los cortes que
usan las mujeres indígenas
“¡Una belleza!”,
murmura observando los tejidos, mientras medita en voz alta si
la metamorfosis sufrida por la indumentaria tradicional se debe
al influjo de las modas.
“La verdad, no sabría decir si son
modas, como las concebimos en el mundo occidental”, pero
mientras duda, la antropóloga
y directora del Museo Ixchel, Bárbara de Arathoon, se une
a la conversación: “No le habrá dicho lo mucho
que la explotamos, ¿no?”, bromea mientras se dispone
a aclarar el asunto de la moda: “Antes uno nacía con
el traje de su comunidad y moría con él. Seguir la
tradición era la moda y también un mecanismos de
control informal por parte de la comunidad.
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Perfil
Entre 1964 y 1973 estudió fotografía
en Vevey Suiza y se especializó en fotografía
industrial, arquitectura y laboratorio a color.
Su primera exposición sobre
Guatemala, la realizó en 1973, en la galería
Supersaxo de Martigny, Suiza.
En 1986, participó en la exposición
de cámaras antiguas de la Alianza Francesa en Antigua
Guatemala.
En 1993, organizó la exposición “Quetzaltenango
visto por Tomas Zanotti” en la galería Dante
Alighieri de la capital.
En 2001, organizó la exposición “Cien
años de historia en Guatemala” en la galería
del MUSAC.
Desde el 2002, es directora del archivo
fotográfico del Museo Ixchel del Traje Indígena,
institución con la que ha colaborado en numerosas
muestras, catálogos y revistas.
Símbolos
Una exhibición sobre las
historias que cuentan los huipiles.
El trabajo de Girard se puede apreciar
en la exposición Símbolos del Museo Ixchel. “Anne
ha realizado un trabajo delicadísimo de escaneo
y reconstrucción de las imágenes casi puntada
a puntada”, señala Bárbara de Arathoon.
La muestra, que podrá ser visitada
hasta principios del próximo año, rescata
el significado de los bordados empleados en los huipiles
y sobrehuipiles de una docena de comunidades indígenas.. |
En los años 50,
si una mujer usaba un huipil de otro lugar, esto podía ser
objeto de burla o chiste, pero ahora las jóvenes eligen
lo que les gusta y tienden, dentro de la conservación del
traje, a una moda de tipo ladino.
Por ejemplo, las indígenas
de la capital, cuando usan un corte con color rosado, buscan un
huipil que también
tenga ese rosado. Es decir, se están guiando por una combinación
cromática propia de la moda ladina”, explica Arathoon,
quien no puede parar de agradecer la inestimable labor de conservación
y registro que está realizando Anne Girard con los fondos
del museo.
El tiempo vuela y el trabajo nunca se termina. Poco
antes de nuestra llegada, la fotógrafa estaba trabajando
con su cámara de formato mediano
en la reproducción de un conjunto de acuarelas dañadas por la
humedad, y en el transcurso de la conversación la acompañamos
a seguir con tareas urgentes de última hora.
Se mueve por el museo como si estuviera en su propia
casa, quizá por eso
decidió donar a esta institución parte de su colección
personal. Razones no le faltaban: “Desde que empecé a trabajar
quería
mostrar mis fotos y organizar exposiciones, no sólo de los trajes indígenas,
sino también de la cultura, el paisaje, las cosechas... porque todo
cambia, pero cada vez que quería hacer una exposición me daba
cuenta de que la gente me decía ‘¿otra vez indígenas?’,
así que me cansé. Decidí no seguir exponiendo y doné mis
fotos al museo Ixchel, donde pueden ser útiles, porque tenía
la sensación de que cada vez que trataba de organizar algo, a la gente
no le gustaba”.
Sin embargo, en su Suiza natal las reacciones siempre
fueron más motivadoras. “Yo
quería mostrar lo lindo que es Guatemala, sus bellos paisajes, sus colores,
para que la gente supiera que es un país que vale la pena, y allá las
exposiciones siempre han gustado mucho”, manifiesta satisfecha, “además,
tengo más y mejores fotos de Guatemala que de Suiza”.
De su país adoptivo admira a fotógrafos
como Daniel Hernández,
y resalta la buena calidad de la producción nacional. “No hace
falta irse a Europa o a Estados Unidos, aquí se hace muy buena fotografía”,
afirma con convicción.
Sin embargo, se lamenta de que no se invierta
el suficiente dinero para apoyar la conservación del patrimonio. Y habla
por experiencia. Su segunda pasión es su colección de cámaras. “La
más antigua es de 1868”, señala con orgullo.
En la actualidad conserva 500 del corpus original,
ya que tuvo que vender una parte. “Me decepcioné”,
explica, “creo que me equivoqué de
país para hacer este tipo de colección, porque no hay interés”.
No obstante, fiel a su espíritu batallador,
no se rinde. “Si no
encuentro dónde ubicarlas, las tendré que vender, pero me gustaría
que las cámaras se quedaran en un museo del país”, expresa.
Al
igual que quisiera que permaneciera en Guatemala la colección de
fotografías
que conserva en su casa, tanto las propias como las tres mil imágenes
históricas realizadas por autores como Zanotti a principios del
siglo XX.
En definitiva, son testimonio de las transformaciones
sociales, documentos gráficos invaluables, como un día lo serán
las fotos de Girard: una contribución de precisión suiza
a la memoria de Guatemala. |