Semanario de Prensa Libre • No. 70 • 06 de Noviembre de 2005    


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Punto final

El cadalso bien contado
Los relatos de Mardo Escobar cuentan con lo que otros no tienen: la autenticidad.

Por Alexánder Sequén-Mónchez

Distantes y embrutecidos, los personajes de Mardo Escobar capean infructuosamente la realidad. Quiéranlo o no, penan las atribulaciones de un origen atroz. Esa materia de la que echa mano está servida en una atmósfera coloquial, directa y vulgar: el ajetreo de la calle. De sus páginas brotan las asimilaciones de lo externo que comunican, más que ideas, vacíos y rencores.

A pesar de que el lenguaje desencarna los pozos del alma, el silencio es protagonista: “Le tuvo más miedo a las palabras. Empezó a maldecir, a odiar con el pensamiento”. Prevalece la fecundación de los venenos por encima de la liberación verbal.

Al leer los cuentos de “El despertar del sueño” salta una coincidencia entre forma y contenido, entre estructura y abordaje temático. Hay un leit motiv determinado por la perspectiva de una clase, de una época, de un espacio urbano y excluido. Es una misma historia que, seccionada en nueve piezas, nos lleva a cuestionarnos si la literatura sirve para desmitificar o para victimizar.

Estoy por lo primero, porque desconfío de la recuperación idílica de la pobreza. Hay una semejanza fantasmal con “Los olvidados”, de Buñuel. No en la construcción del hilo narrativo, sino en el arquetipo de la tragedia. Los seres violentos, desahuciados de la ilusión, aceptan su destino y lo convierten en rutina y espera. Su paso por el mundo es una mancha, no una huella.

Pero ese ropaje oculta preocupaciones vitales: el amor como búsqueda, el abandono enmascarado en yacimientos sexuales problemáticos y la tormentosa individualidad conquistada en los vínculos grupales Este registro de lo turbio y lo cotidiano exhibe los alcances sociales de la soledad.

Ningún abrazo de partida, ningún abrazo de llegada. Escobar se propuso restituir los reflejos ausentes en un espejo que irradia sólo autodestrucción: “Soy un soñador que usa el guaro como gasolina para volar”. En “La reina del vestido roto”, por mucho su mejor cuento, la imposibilidad del afecto erótico, limpio y permanente, constituye la extensión gangrenosa del pasado.

Lo que interesa en Escobar es cómo funciona la anécdota, el manejo de los tiempos y el traslape introspectivo. Méritos que contribuyen a darle un giro radical a cada relato. Sin embargo, esos finales palidecen por una ruta tortuosa en que batallan la obsesión simbólica y el lugar común, fricciones que evidencian la factura de un primer libro. En principio, todas sus aproximaciones al acto sexual involucran la referencia del jadeo y del olor.

La estrechez machacona estropea la narración descriptiva. Además, se deja traicionar por la vista. En diez líneas, y sin percatarse, redunda: “El lugar daba la sensación de ser el refugio de los olvidados por Dios... Un cenicero que daba la apariencia... Dos sillas que daban la sensación...” Lo que sí escuchamos, trasvasada y potente, es la influencia de Marco Antonio Flores en el desenfado lingüístico y en el rebote agresivo. ¿Y Bukowski?

¿De dónde si no el hechizo por la abolición heroica y el ánimo canceroso?

Ahí está un talento esforzado y promisorio. Cuenta a su favor lo que otros falsean: la autenticidad. Ahora mismo satisface su exploración sincera: “Sí, son mis vivencias, mis metidas de pata, mis fracasos, mis dos que tres acercamientos a la felicidad”.

Mardo Escobar es un escritor nato En él, despunta la nitidez y la violencia, la coartada literaria en la que nada es benevolente. Fascinan esos charcos de palabras, insidiosos reductos de la dignidad que se añade a la muerte... A la muerte de las cosas que deberían estar vivas.

 
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