El cadalso bien contado
Los relatos de Mardo Escobar cuentan con lo
que otros no tienen: la autenticidad.
Por Alexánder
Sequén-Mónchez
Distantes y embrutecidos, los personajes de Mardo
Escobar capean infructuosamente la realidad. Quiéranlo o
no, penan las atribulaciones de un origen atroz. Esa materia de
la que echa mano está servida en una atmósfera coloquial,
directa y vulgar: el ajetreo de la calle. De sus páginas
brotan las asimilaciones de lo externo que comunican, más
que ideas, vacíos y rencores.
A pesar de que el lenguaje
desencarna los pozos del alma, el silencio es protagonista: “Le
tuvo más miedo a las palabras. Empezó a maldecir,
a odiar con el pensamiento”. Prevalece la fecundación
de los venenos por encima de la liberación verbal.
Al leer los cuentos de “El despertar del sueño” salta
una coincidencia entre forma y contenido, entre estructura y abordaje
temático. Hay un leit motiv determinado por la perspectiva
de una clase, de una época, de un espacio urbano y excluido.
Es una misma historia que, seccionada en nueve piezas, nos lleva
a cuestionarnos si la literatura sirve para desmitificar o para
victimizar.
Estoy por lo primero, porque desconfío de la
recuperación idílica de la pobreza. Hay una semejanza
fantasmal con “Los olvidados”, de Buñuel. No
en la construcción del hilo narrativo, sino en el arquetipo
de la tragedia. Los seres violentos, desahuciados de la ilusión,
aceptan su destino y lo convierten en rutina y espera. Su paso
por el mundo es una mancha, no una huella.
Pero ese ropaje oculta preocupaciones vitales: el
amor como búsqueda,
el abandono enmascarado en yacimientos sexuales problemáticos
y la tormentosa individualidad conquistada en los vínculos
grupales Este registro de lo turbio y lo cotidiano exhibe los alcances
sociales de la soledad.
Ningún abrazo de partida, ningún
abrazo de llegada. Escobar se propuso restituir los reflejos ausentes
en un espejo que irradia sólo autodestrucción: “Soy
un soñador que usa el guaro como gasolina para volar”.
En “La reina del vestido roto”, por mucho su mejor
cuento, la imposibilidad del afecto erótico, limpio y permanente,
constituye la extensión gangrenosa del pasado.
Lo que interesa en Escobar es cómo funciona
la anécdota,
el manejo de los tiempos y el traslape introspectivo. Méritos
que contribuyen a darle un giro radical a cada relato. Sin embargo,
esos finales palidecen por una ruta tortuosa en que batallan la
obsesión simbólica y el lugar común, fricciones
que evidencian la factura de un primer libro. En principio, todas
sus aproximaciones al acto sexual involucran la referencia del
jadeo y del olor.
La estrechez machacona estropea la narración
descriptiva. Además, se deja traicionar por la vista. En
diez líneas,
y sin percatarse, redunda: “El lugar daba la sensación
de ser el refugio de los olvidados por Dios... Un cenicero que
daba la apariencia... Dos sillas que daban la sensación...” Lo
que sí escuchamos, trasvasada y potente, es la influencia
de Marco Antonio Flores en el desenfado lingüístico
y en el rebote agresivo. ¿Y Bukowski?
¿De dónde si no el hechizo por la
abolición
heroica y el ánimo canceroso?
Ahí está un talento esforzado y promisorio.
Cuenta a su favor lo que otros falsean: la autenticidad. Ahora
mismo satisface su exploración sincera: “Sí,
son mis vivencias, mis metidas de pata, mis fracasos, mis dos que
tres acercamientos a la felicidad”.
Mardo Escobar es un escritor nato En él,
despunta la nitidez y la violencia, la coartada literaria en la
que nada es benevolente. Fascinan esos charcos de palabras, insidiosos
reductos de la dignidad que se añade a la muerte... A la
muerte de las cosas que deberían estar vivas. |