Semanario de Prensa Libre • No. 70 • 06 de Noviembre de 2005    


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Opinión

No viene el fin del mundo
Parece haber una necesidad de que exista un miedo a que todo (el mundo, la vida, la gente) se termine.

Por Carlos Seijas
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez

Los recientes acontecimientos, maremotos, terremotos, huracanes, y hasta el escape de los presos de El Infiernito nos vuelven a una idea medieval: el fin del mundo.

Parece haber una necesidad apocalíptica de que los textos de Juan se materialicen en cada pequeña vicisitud natural. Digo pequeña, pues para el mundo, para nuestra madre tierra, un terremoto es uno más de miles de millones que ha sufrido en su arcillosa piel.

La idea del fin del mundo es una fantasía medieval. Björn Lomborg, en su libro El ecologista escéptico, cita que existe por parte de los grupos ecologistas y los medios de comunicación una letanía del fin del mundo casi como un deseo de que el mundo se acabe. Todo gracias al calentamiento global, pues la temperatura aumentó medio grado en el último siglo.

Y la predicción de que en los próximos cien años aumente otro medio grado no hace que se acabe el mundo.

La pregunta es si los modelos informáticos que se usan para predecir el clima son correctos. Si una empresa proyecta sus beneficios a cinco años nadie le cree. Los científicos hablan de la meteorología de los próximos cien y la gente dice: “Lo creo”.

Los mismos científicos aducen que una predicción a largo plazo del clima no es posible. Esa afirmación forma parte del Tercer Informe de Evaluación de la ONU. Pero parece existir un gran deseo de predecir el fin del mundo, y su condena a muerte.

Al leer un capítulo del libro de Björn Lomborg, titulado Todo se arreglará, las cosas están mejorando, pensé “¡qué aburrido!”. Pero creo que tiene razón, las cosas mejorarán. El clima está cambiando, ¡pero es que siempre está cambiando!, del año 40 al 70 hubo más frío, y la gente pensó que vendría una glaciación.

Del 70 hasta ahora ha sido más cálido. Existe un efecto invernadero, es verdad. El dióxido de carbono es un gas de efecto invernadero y ha aumentado 30 por ciento en cien años. Es verdad. El incremento es por la actividad humana.

Es verdad. Pero la pregunta es: ¿el dióxido de carbono que produce la actividad humana es la causa principal del calentamiento del planeta? La situación desde un punto de vista científico es muy complicada. Los modelos predicen un mayor calentamiento del que se ha producido. Siempre.

En los 90 predecían un incremento entre uno y tres grados para 2000. El incremento real fue de dos décimas. Una pregunta sería: ¿por qué los modelos predicen mayor calentamiento? Algunos piensan que los aerosoles están reduciendo el calentamiento. Otros creen que la respuesta está en el vapor de agua. Para otros hay tantas incertidumbres que no se deben hacer modelos. Las predicciones del pasado han sido todas erróneas, demasiado elevadas.

Vemos pues cómo un desastre climático sustituyó el miedo a la Guerra Fría; y luego ha venido el terrorismo. Se trata de crear estados de pánico entre la población para controlarla y a la vez existe un cierto deseo de ese miedo en la misma gente, pues ésta duda mucho a la hora de abandonar sus miedos.

Si el miedo controla nuestro comportamiento no tenemos alternativa. Actuamos porque tenemos miedo y somos libres de esa responsabilidad. El miedo es atractivo. Pero el coste es elevado. El mundo no es perfecto, es una época inestable; los problemas entre el mundo desarrollado y parte del mundo islámico pueden durar. Pero no es cierto que el futuro vaya a ser peor que el pasado.

Los desastres por fenómenos climáticos pasan periódicamente; lo distinto ahora, fue la dimensión del desastre. Si vemos Nueva Orleáns o nuestra Sololá ambos gobiernos han sido muy lentos. La gobernadora de Louisiana salió en televisión al día siguiente y expresó: “Lo único que podemos hacer es rezar”. Mala respuesta; y Bush tendría que haber estado allí una hora después.

Berger dijo: “No es para tanto, ellos, están acostumbrados a que pasen estas cosas”, y entonces su equipo se enfocó en repartir comida, ropa y medicinas, se las dieron a los alcaldes, quienes las politizaron, las tiraron por aire, ¿para quién? Y entonces vieron que no era bueno, y decidieron hacer planes.

Desde entonces “todos” preparan planes, y nos encontramos como los dos burros amarrados que no pueden alcanzar la paja por jalar en direcciones contrarias. No se cubre lo necesario, lo puntual, sólo se hacen planes. ¿Y el fin del mundo? No viene.

Todas las ideas expuestas en los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de su autor.
 
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