Semanario de Prensa Libre • No. 73 • 27 de Noviembre de 2005    


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Claroscuro

Justicia miserable
Su caso tiene un número, está lejos de ser resuelto
y parece que a nadie le importa.

Por Claudia Méndez Villaseñor

Un laberinto lúgubre se alza ante sus ojos al bajar del pequeño elevador con capacidad para 4 personas. Pequeñas puertas cerradas separan los cubículos repartidos a lo largo del nivel. Su mirada se pierde mientras comienza la búsqueda: Agencia X, Licenciada Y, lee en los pequeños carteles colocados en las divisiones pintadas de un beige que tira a palo rosa.

Tímidamente, abre las puertas de algunos espacios y observa los escritorios vacíos y los grupos grises de personas que hablan sin ningún convencimiento. Respira, entra y pregunta por el licenciado W.

—“No está, vuelva más tarde”, le responden sin preguntar quién es o qué busca.
No dice nada y se marcha. Mira el pobre elevador y decide utilizar las escaleras, igual de miserables. Desciende y sus pies tropiezan con una alfombra antideslizante que, a fuerza de tráfico, se ha despegado del piso.

Mientras baja, observa el interior de los otros cubículos donde se repite la misma escena de caras largas y su desesperado intento por matar el tiempo.

Piensa con ironía cómo en un área de 8 por 15 metros se jugó la oportunidad de obtener justicia.

Observa las escenas y no sabe si siente más lástima por ella o por los cientos de empleados que trabajan en ese edificio. Cree que fiscales, auxiliares y oficiales, se convirtieron, como ella, en víctimas anónimas de un monstruoso sistema que los absorbió.

La violaron hace seis meses. En la portada de un diario vio los rostros de sus agresores. Esos mismos que con saña la ultrajaron en su propia casa, habían sido capturados por un grupo de vecinos cuando intentaron saquear una residencia de la zona 6.

“¡Son los mismos!”, pensó e inevitablemente revivió el calvario de esa noche: Cuatro hombres en la oscuridad que la torturan durante horas. Se fueron al amanecer y la dejaron sucia y mancillada. Rota.

No recuerda de donde sacó las fuerzas para llamar y denunciar lo que había pasado. Sufrió el vejamen de la inspección de los forenses y que su historia quedara registrada con un número. Pero, en lo profundo de su pensamiento creía que era lo correcto y que su sufrimiento ayudaría a los investigadores a encontrar a los culpables.

Craso error.

Pasó el tiempo, y nadie dio muestras de interés. Nadie sabía nada y la respuesta fue la misma: “No fue en nuestro turno”. “Es en la otra agencia”. “Vuelva mañana”.
Ayer decidió ir por última vez. Se convenció así misma de no volver a sufrir una humillación más y abandonar la causa que nació perdida.

Llegó a la Fiscalía Metropolitana donde nadie la esperaba ni sabía de su tragedia. La recibió el edificio viejo y carcomido por el tiempo y una máquina detectora de metales. Esperó el pequeño elevador que la llevó a la agencia donde creía que investigaban el caso y no obtuvo respuestas. Salió con la frente baja, mancillada por última vez. Sabe que su número engrosara la interminable lista de casos sin resolver.

 
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