Justicia miserable
Su caso tiene un número, está lejos de ser resuelto
y
parece que a nadie le importa.
Por Claudia Méndez Villaseñor
Un laberinto lúgubre se alza ante sus ojos
al bajar del pequeño elevador con capacidad para 4 personas.
Pequeñas puertas cerradas separan los cubículos repartidos
a lo largo del nivel. Su mirada se pierde mientras comienza la
búsqueda: Agencia X, Licenciada Y, lee en los pequeños
carteles colocados en las divisiones pintadas de un beige que tira
a palo rosa.
Tímidamente, abre las puertas de algunos
espacios y observa los escritorios vacíos y los grupos grises
de personas que hablan sin ningún convencimiento. Respira,
entra y pregunta por el licenciado W.
—“No está, vuelva más
tarde”, le responden sin
preguntar quién es o qué busca.
No dice nada y se marcha. Mira el pobre elevador y decide utilizar las escaleras,
igual de miserables. Desciende y sus pies tropiezan con una alfombra antideslizante
que, a fuerza de tráfico, se ha despegado del piso.
Mientras baja, observa el interior de los otros
cubículos donde se repite
la misma escena de caras largas y su desesperado intento por matar el tiempo.
Piensa con ironía cómo en un área
de 8 por 15 metros se jugó la oportunidad de obtener justicia.
Observa las escenas y no sabe si siente más
lástima por ella o
por los cientos de empleados que trabajan en ese edificio. Cree que fiscales,
auxiliares y oficiales, se convirtieron, como ella, en víctimas anónimas
de un monstruoso sistema que los absorbió.
La violaron hace seis meses. En la portada de un
diario vio los rostros de sus agresores. Esos mismos que con saña
la ultrajaron en su propia casa, habían
sido capturados por un grupo de vecinos cuando intentaron saquear una residencia
de la zona 6.
“¡Son los mismos!”, pensó e
inevitablemente revivió el
calvario de esa noche: Cuatro hombres en la oscuridad que la torturan durante
horas. Se fueron al amanecer y la dejaron sucia y mancillada. Rota.
No recuerda de donde sacó las fuerzas para
llamar y denunciar lo que había
pasado. Sufrió el vejamen de la inspección de los forenses
y que su historia quedara registrada con un número. Pero, en lo profundo
de su pensamiento creía que era lo correcto y que su sufrimiento ayudaría
a los investigadores a encontrar a los culpables.
Craso error.
Pasó el tiempo, y nadie dio muestras de interés.
Nadie sabía
nada y la respuesta fue la misma: “No fue en nuestro turno”. “Es
en la otra agencia”. “Vuelva mañana”.
Ayer decidió ir por última vez. Se convenció así misma
de no volver a sufrir una humillación más y abandonar la causa
que nació perdida.
Llegó a la Fiscalía Metropolitana
donde nadie la esperaba ni sabía de su tragedia. La recibió el
edificio viejo y carcomido por el tiempo y una máquina detectora
de metales. Esperó el
pequeño elevador que la llevó a la agencia donde creía
que investigaban el caso y no obtuvo respuestas. Salió con la frente
baja, mancillada por última vez. Sabe que su número engrosara
la interminable lista de casos sin resolver. |