Semanario de Prensa Libre • No. 73 • 27 de Noviembre de 2005    


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D cultura

Público pintado
Los “palcos de mentiras”, como los llama Efraín Recinos, son dos enormes murales en el Conservatorio Nacional de Música.

Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián

Es seguro que La Niña de Guatemala no conoció a Bizet, a la Mona Lisa, Leonardo Da Vinci o Vivaldi, lo cierto es que comparte uno de los palcos “de mentiras” que el maestro Efraín Recinos pintó en las paredes del auditorio del Conservatorio Nacional de Música. Pero no es la Niña de Guatemala del poema de José Martí, sino una mujer con la que el maestro tuvo una relación “muy linda”, según sus palabras, alguien a quien amó. “Veníamos al Conservatorio en aquellos tiempos. Ella se suicidó. Por eso está allí, en recuerdo de ese amor, como la niña de Guatemala que murió de amor, pero en este tiempo”, cuenta.

Los otros 88 silenciosos personajes han presenciado los conciertos en esa sala desde hace 10 años. La remodelación del auditorio se inauguró en 1995, con los murales incluidos. Miden aproximadamente quince metros de alto por unos cien de largo, a buen ojo de Recinos. Se ubican en las paredes laterales del auditorio y su forma se adapta a éstas. Son las obras de mayor tamaño que ha hecho (a excepción del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias).

En 1995 fueron inaugurados los trabajos de remodelación de la sala que incluía los murales.

“Pero no es mural”, aclara. “Para que no alegaran nada, yo dije: díganles que son difusores acústicos, porque los palcos sirven de difusores acústicos, pero como no son palcos, otras mentirotas”.

Una sala abandonada

El edificio del Conservatorio Nacional de Música fue construido entre los años 1953 y 1954. En su auditorio se ofrecieron infinidad de conciertos.

En algún momento de los años posteriores el escenario fue remodelado para que además de los conciertos pudieran presentarse allí obras de teatro o danza. Le quitaron las gradas donde se ubicaban los músicos a diferentes alturas y lo dejaron plano. Muchas cosas ocurrieron durante esta época. “Entonces ya no sirvió para nada porque para música sirve cuando está en alto, para el sonido”, dice Recinos.

“También es cierto que los de teatro hicieron milagros porque no tiene áreas laterales ni posteriores para hacer las escenas. Este sirve sólo para música. Para eso fue diseñado. Es un auditorio perfecto para música, música, música”. Por la falta de mantenimiento, la sala se fue deteriorando. Permaneció inactiva y sin cuidado. Las filtraciones de agua hicieron estragos. Se arruinaron el piso y las butacas. Los inodoros estaban llenos de piedras.

En 1992, cuando Recinos trabajaba en la Dirección General de Obras Públicas le encomendaron “remodelar” la sala, pero dicha dependencia asignó apenas Q15 mil para el trabajo.

Recinos empezó por conseguir la madera “para ese levantado famoso que es lo que más me interesaba en el escenario”. Además, quería hacer palcos laterales que ayudaran a la acústica, pero simplemente no había dinero. “Eso hubiera costado cuatro o cinco millones de quetzales y se habían asignado sólo 15 mil”, enfatiza.
Le dijeron que terminara la obra cuanto antes y el trabajo se quedó estancado en 1992.

Para entonces Recinos ya tenía la idea de hacer los retratos. Empezó a pintarlos en 1993. Un día que la señora Olga de Biguria llegó a su estudio le preguntó que para qué los quería. Al conocer la situación habló con el Club Rotario Guatemala Sur y ellos donaron los Q450 mil que se necesitaban para arreglar el piso (hasta la entrada del edificio), butacas, techo, paredes.

Los murales corrieron por cuenta del maestro. Él lo explica de esta manera: “De las cabezas no quise que los Rotarios pusieran ni un centavo. Yo puse los materiales, la pintura, el trabajo, ¿por qué? Porque si los de la Sinfónica o las autoridades decían ‘no nos gusta porque así no era el Conservatorio’ yo los quitaba y los llevaba a mi casa, pero ninguno ha alegado y ahí se fueron quedando”.

Galería de invitados

Recinos pintó 89 retratos. El personaje número 90 era Carlos Mérida, pero llegó el día de la inauguración y ya no pudo pintarlo. Hubo otros 20 que tampoco pudo hacer.
El maestro hizo parte de los retratos en su estudio del Centro Cultural Miguel Ángel Asturias y en su casa. Pintó día y noche a lo largo de dos años. Utilizó pintura de aceite sobre cartón piedra, del lado áspero para que no se desprenda y dure años.

En el trabajo colaboró Lili Jauregui, pintora y poeta, quien hizo la base negra para que el maestro pudiera pintar sobre ella. Fueron dos capas de negro sobre cada plancha de cartón piedra.

Para colocar los paneles de madera sobre las paredes cuadricularon el área y se hicieron dibujos a escala. Fijaron la madera con tarugos y sobre ésta pusieron los retratos. El más grande es el de Ludwig van Beethoven para el que Recinos necesitó dos planchas de cartón.

El arquitecto Carlos García, su asistente, le ayudó para que los tres carpinteros trabajaran adecuadamente. Fueron ellos los encargados de construir los palcos de mentiras, que parecen tan reales y sólo sobresalen 20 centímetros de la pared.
Para instalar los murales en su sitio actual trabajaron cinco personas. El maestro llevó los retratos listos para ensamblarlos. Fue una tarea “facilísima para darle alegría al auditorio”, afirma.

“La crítica, sobre todo de Mario Monteforte, y de otros intelectuales era que la gente se iba a distraer, pero yo dije ¡babosadas! Paredes lisas son auditorios torpes de las años 50 y 60, ¡A mí qué me importa Nueva York ni Washington ni nada! ¡Aquí es Guatemala y le vamos a dar alegría a ese muro! Porque uno no está todo el tiempo viendo a los músicos, se distrae, mira para otro lado, piensa en la traida y después vuelve a ver. Mario quería que todos estuvieran todo el tiempo viendo hacia la escena, ‘distractores’ les llamó él. Pero está bueno que haya distractores”, aclara Recinos.

A un decena de años de la inauguración, los murales han tomado su espacio y hoy es casi imposible imaginar esa sala sin ellos. Es curioso que hace unos meses la Fundación Mario Monteforte Toledo hizo un interesante documental en vídeo titulado Difusores Acústicos donde el “maistro” Recinos explica quiénes son los personajes que forman su galería.

Reconoce que de su creación pictórica, los murales, son de lo que más le gusta porque es una obra “ni muy grande ni muy ostentosa, porque es calladita, porque está hecha con cariño para todas las cuatas y los peludos, un auditorio humilde al que le tenemos mucho cariño”.

En la actualidad, no funciona parte de la iluminación prevista en el diseño original y por lo mismo, muchos de los retratos se pierden en la penumbra.

Los retratados

Los 89 retratos representan a pintores, músicos y escritores de diferentes países. 19 son mujeres.

  • Una característica común en ellos es que todos están muertos y además fueron los que más sufrieron, a los que más criticaron, a los que no entendieron. Es por esto que Recinos simpatiza con ellos.
  • Los modelos los tomó de fotos y de cómo los recordaba, sobre todo de los guatemaltecos: “Chus (Jesús) Castillo fue el que más me costó”, dice.
  • Si se le pregunta si incluyó un autorretrato en el mural responde enfático: ¡Jamás! Su único autorretrato fue cuando era adolescente.
  • No puso ningún arquitecto porque, afirma, “es una pena que los arquitectos no se preocupen de hacer auditorios y los cinco maestros que se reunieron a hacer el Conservatorio cometieron errores”.
  • La sala tiene espacio para 836 personas. Las butacas son las originales, sólo que arregladas.
  • La música no le es ajena. Recinos toca marimba, violín, mandolina. “Todos los abandoné porque para ser un buen maestro medio internacional hay que estudiar ocho horas diarias, entonces ya no puede hacer otra cosa. Ser un intérprete es sacrificadísimo. Más fácil pintar”.
  • Recinos prefiere la música contemporánea de 1990 a la actualidad.
  • Tiene como veinte autores favoritos. Los oye cuando está trabajando.
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