Público pintado
Los “palcos de mentiras”, como
los llama Efraín Recinos, son dos enormes murales en
el Conservatorio Nacional de Música.
Por Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sebastián
Es seguro que La Niña de Guatemala no conoció a
Bizet, a la Mona Lisa, Leonardo Da Vinci o Vivaldi, lo cierto
es que comparte uno de los palcos “de mentiras” que
el maestro Efraín Recinos pintó en las paredes
del auditorio del Conservatorio Nacional de Música. Pero
no es la Niña de Guatemala del poema de José Martí,
sino una mujer con la que el maestro tuvo una relación “muy
linda”, según sus palabras, alguien a quien amó. “Veníamos
al Conservatorio en aquellos tiempos. Ella se suicidó.
Por eso está allí, en recuerdo de ese amor, como
la niña de Guatemala que murió de amor, pero en
este tiempo”, cuenta.
Los otros 88 silenciosos personajes han presenciado los conciertos
en esa sala desde hace 10 años. La remodelación del
auditorio se inauguró en 1995, con los murales incluidos.
Miden aproximadamente quince metros de alto por unos cien de largo,
a buen ojo de Recinos. Se ubican en las paredes laterales del auditorio
y su forma se adapta a éstas. Son las obras de mayor tamaño
que ha hecho (a excepción del Centro Cultural Miguel Ángel
Asturias).

En 1995 fueron inaugurados los trabajos
de remodelación de la sala que incluía
los murales. |
“Pero no es mural”, aclara. “Para que no alegaran
nada, yo dije: díganles que son difusores acústicos,
porque los palcos sirven de difusores acústicos, pero como
no son palcos, otras mentirotas”.
Una sala abandonada
El edificio del Conservatorio Nacional de Música fue construido
entre los años 1953 y 1954. En su auditorio se ofrecieron
infinidad de conciertos.
En algún momento de los años posteriores el escenario
fue remodelado para que además de los conciertos pudieran
presentarse allí obras de teatro o danza. Le quitaron las
gradas donde se ubicaban los músicos a diferentes alturas
y lo dejaron plano. Muchas cosas ocurrieron durante esta época. “Entonces
ya no sirvió para nada porque para música sirve cuando
está en alto, para el sonido”, dice Recinos.
“También es cierto que los de teatro hicieron milagros
porque no tiene áreas laterales ni posteriores para hacer
las escenas. Este sirve sólo para música. Para eso
fue diseñado. Es un auditorio perfecto para música,
música, música”. Por la falta de mantenimiento,
la sala se fue deteriorando. Permaneció inactiva y sin cuidado.
Las filtraciones de agua hicieron estragos. Se arruinaron el piso
y las butacas. Los inodoros estaban llenos de piedras.
En 1992, cuando Recinos trabajaba en la Dirección General de Obras Públicas
le encomendaron “remodelar” la sala, pero dicha dependencia asignó apenas
Q15 mil para el trabajo.
Recinos empezó por conseguir la madera “para ese levantado famoso
que es lo que más me interesaba en el escenario”. Además,
quería hacer palcos laterales que ayudaran a la acústica, pero
simplemente no había dinero. “Eso hubiera costado cuatro o cinco
millones de quetzales y se habían asignado sólo 15 mil”,
enfatiza.
Le dijeron que terminara la obra cuanto antes y el trabajo se quedó estancado
en 1992.
Para entonces Recinos ya tenía la idea de hacer los retratos. Empezó a
pintarlos en 1993. Un día que la señora Olga de Biguria llegó a
su estudio le preguntó que para qué los quería. Al conocer
la situación habló con el Club Rotario Guatemala Sur y ellos donaron
los Q450 mil que se necesitaban para arreglar el piso (hasta la entrada del edificio),
butacas, techo, paredes.
Los murales corrieron por cuenta del maestro. Él lo explica de esta manera: “De
las cabezas no quise que los Rotarios pusieran ni un centavo. Yo puse los materiales,
la pintura, el trabajo, ¿por qué? Porque si los de la Sinfónica
o las autoridades decían ‘no nos gusta porque así no era
el Conservatorio’ yo los quitaba y los llevaba a mi casa, pero ninguno
ha alegado y ahí se fueron quedando”.
Galería de invitados
Recinos pintó 89 retratos. El personaje número 90 era Carlos Mérida,
pero llegó el día de la inauguración y ya no pudo pintarlo.
Hubo otros 20 que tampoco pudo hacer.
El maestro hizo parte de los retratos en su estudio del Centro Cultural Miguel Ángel
Asturias y en su casa. Pintó día y noche a lo largo de dos años.
Utilizó pintura de aceite sobre cartón piedra, del lado áspero
para que no se desprenda y dure años.
En el trabajo colaboró Lili Jauregui, pintora y poeta, quien hizo la base
negra para que el maestro pudiera pintar sobre ella. Fueron dos capas de negro
sobre cada plancha de cartón piedra. Para colocar los paneles de madera sobre las paredes cuadricularon
el área
y se hicieron dibujos a escala. Fijaron la madera con tarugos y sobre ésta
pusieron los retratos. El más grande es el de Ludwig van Beethoven para
el que Recinos necesitó dos planchas de cartón.
El arquitecto Carlos García, su asistente, le ayudó para que los
tres carpinteros trabajaran adecuadamente. Fueron ellos los encargados de construir
los palcos de mentiras, que parecen tan reales y sólo sobresalen 20 centímetros
de la pared.
Para instalar los murales en su sitio actual trabajaron cinco personas.
El maestro llevó los retratos listos para ensamblarlos. Fue una tarea “facilísima
para darle alegría al auditorio”, afirma.
“La crítica, sobre todo de Mario Monteforte, y de otros intelectuales
era que la gente se iba a distraer, pero yo dije ¡babosadas! Paredes lisas
son auditorios torpes de las años 50 y 60, ¡A mí qué me
importa Nueva York ni Washington ni nada! ¡Aquí es Guatemala y le
vamos a dar alegría a ese muro! Porque uno no está todo el tiempo
viendo a los músicos, se distrae, mira para otro lado, piensa en la traida
y después vuelve a ver. Mario quería que todos estuvieran todo
el tiempo viendo hacia la escena, ‘distractores’ les llamó él.
Pero está bueno que haya distractores”, aclara Recinos.
A un decena de años de la inauguración, los murales han tomado
su espacio y hoy es casi imposible imaginar esa sala sin ellos. Es curioso que
hace unos meses la Fundación Mario Monteforte Toledo hizo un interesante
documental en vídeo titulado Difusores Acústicos donde el “maistro” Recinos
explica quiénes son los personajes que forman su galería.
Reconoce que de su creación pictórica, los murales, son de lo que
más le gusta porque es una obra “ni muy grande ni muy ostentosa,
porque es calladita, porque está hecha con cariño para todas las
cuatas y los peludos, un auditorio humilde al que le tenemos mucho cariño”.
En la actualidad, no funciona parte de la iluminación prevista en el diseño
original y por lo mismo, muchos de los retratos se pierden en la penumbra. Los retratados
Los 89 retratos representan a pintores, músicos y escritores
de diferentes países. 19 son mujeres.
- Una característica común en ellos es que todos
están muertos y además fueron los que más
sufrieron, a los que más criticaron, a los que no entendieron.
Es por esto que Recinos simpatiza con ellos.
- Los modelos los tomó de fotos y de cómo los recordaba,
sobre todo de los guatemaltecos: “Chus (Jesús) Castillo
fue el que más me costó”, dice.
- Si se le pregunta si incluyó un autorretrato en el mural
responde enfático: ¡Jamás! Su único
autorretrato fue cuando era adolescente.
- No puso ningún arquitecto porque, afirma, “es una
pena que los arquitectos no se preocupen de hacer auditorios y
los cinco maestros que se reunieron a hacer el Conservatorio cometieron
errores”.
- La sala tiene espacio para 836 personas. Las butacas son
las originales, sólo que arregladas.
- La música no le es ajena. Recinos toca marimba, violín,
mandolina. “Todos los abandoné porque para ser un
buen maestro medio internacional hay que estudiar ocho horas diarias,
entonces ya no puede hacer otra cosa. Ser un intérprete
es sacrificadísimo. Más fácil pintar”.
- Recinos prefiere la música contemporánea de 1990
a la actualidad.
- Tiene como veinte autores favoritos. Los oye cuando está trabajando.
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