Otra víctima de Stan
Crónica del temor y la incertidumbre que vivió un pintor de
Panajachel, Sololá, tras el repentino desbordamiento del río
San Francisco.
Por Raúl Vásquez
Durante cinco días estuvo lloviendo a finales
de septiembre, pero llovió más fuerte en los primeros
de octubre. El 4 de octubre, día de San Francisco de Asís,
empezó la fiesta: escuchamos las bombas de la iglesia de
Panajachel y la marimba sonaba por un altavoz.
Yo me encontraba en una habitación construida
en el centro del museo (que iba a cumplir 15 años de fundado,
el 6 de octubre). Estaba pintando un cuadro, concentrado en desarrollar
la idea. No escuchaba más lo que pasaba a mi alrededor cuando
de pronto paré de pintar y volví a la realidad, con
las sirenas de los bomberos y el sonido infernal de un silbido
de agua a mil por mil de fuerza. Tronaban las grandes rocas arrastradas
por el río, quebrando todo a su paso.

Raúl Vásquez muestra el agujero
abierto por un enorme tronco durante la correntada del río
San Francisco, Panajachel. |
Quise salir a ver,
pero la puerta se cerró con la fuerza del agua que penetró a
través de un gran agujero que fue abierto en la pared por
un gran tronco de árbol. El agua mezclada con lodo empezó a
inundar el museo. En la habitación donde estaba, el agua
subio a un metro de altura en pocos segundos. La mesa donde tenía
los pigmentos me sirvió como precaria balsa.
La verdad es
que me tapé los oídos y dejé de pensar en
lo material porque me sentí muy cerca de la muerte. El agua,
para entonces, había llegado hasta mi cuello y el techo
de tablas no cedía a los golpes de mis puños ya sangrantes,
atrapado en un pequeño espacio que casi me impedía
reespirar.
Creo que el espíritu de la deidad hindú que
estaba en el jardín, sumergida en el lodo, empezó a
acariciar mi cuerpo con sus ocho manos, dándome el calor
necesario para susbistir.
Pasé no sé cuántas horas entre
el lodo frío.
Gritaba (no sé si en realidad susurraba) pidiendo ayuda,
desesperadamente. Por un momento, sentí hundirme para siempre.
Miraba rostros de espíritus con caras agradables pero también
otros con rostros de terror.
Pasé toda la noche en esa lucha. El tormento
del diablo empezó a cesar enmedio de lluvia y neblina; las
aguas empezaron a descender y tiritando pasé otra noche
más. Las
tripas me chillaban y yo sentía un trauma muy grande, con
el miedo y la angustia apoderándose de mi cuerpo; los dedos
de los pies se me acalambraron.
Pensé en un segundo instante si iba a morir,
pero amaneció una
vez más y como a las 9 de la mañana tuve conciencia
de que mis gatos estaban llorando en el segundo nivel de la casa
de madera donde yo estaba atrapado. Con mis manos heridas intenté quitar
la tabla del techo pero volvieron a sangrarme. Escuché voces
y el ruido de pasos en las láminas del Museo, el cual, para
mi sorpresa, quedó en pie. Ellos rescataron a los gatos
hambrientos y asustados. Yo grité pidiendo auxilio y unos
12 soldados desclavaron la madera.
Así salí de aquel agujero, débil
y enfermo. Pero el mayor golpe fue ver la destrucción de
las viviendas de aquel paraje que pinté tantas veces en
40 años,
obras que también se perdieron enterradas entre el lodo
y que sólo quedarán en el recuerdo de los turistas
que visitaron alguna vez el museo.
Lloré como lloran los valientes, en mis adentros.
Mi alma se estremeció me ví la ropa sucia, el cuerpo
enlodado. Los gritos de la gente eran los mismos: ¡Se cayó la
casa! ¡Se cayó el muro! ¡No hay agua para beber!
Creo que los gritos de dolor estremecieron a los espíritus
del cielo.
En las décadas anteriores, vendiendo mis
pinturas me gané miles
de quetzales y construí, en las arribas del pueblo, una
casa que quería para instalar allí un refugio para
los niños sin hogar. Nunca imaginé que en momentos
tan difíciles se iba a convertir en mi propio refugio.
Dormí mucho y no pude obtener víveres
porque fueron entregados a personas que no habían sido afectadas
por la correntada. El banco estaba cerrado, las tiendas estaban
cerradas o bien los artículos estaban diez
veces más caros. Sólo sobreviví por algo de efectivo que
tenía guardado para terminar la construcción de la casa de los
niños.
Sin duda alguna, habrá que empezar de nuevo.
Muchas cosas no se recuperarán,
como los diez libros con firmas de los visitantes del museo durante 15 años,
o las pinturas que fueron destrozadas por las piedras y las que se pudrirán
en el lodo; sin embargo, no he olvidado pintar ni me he olvidado del proyecto
que una vez soñe en este lugar.
Acerca de...
Raúl Vásquez Barrios comenzó a pintar en
la década de 1960.
• Emigró a Panajachel, Sololá, escapando
de la represión
que se vivía en la ciudad capital, en donde asistía
a la Escuela de Derecho de la Universidad de San Carlos.
• Obtuvo un Glifo de Plata en la Bienal de Arte Paiz 1984.
• En 1999 fue seleccionado entre los tres finalistas del
Certamen Latinoamericano Juannio.
• En 2004 expuso en la galería Wer de Antigua Guatemala
y en Alquimia, en la Ciudad Capital.
• Durante décadas, vendió su obra a turistas
nacionales y extranjeros en el estudio ahora destruido por la
fuerza de la naturaleza.
• Correo electrónico: ramadaba@hotmail.com. |