Semanario de Prensa Libre • No. 73 • 27 de Noviembre de 2005    


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D testimonio

Otra víctima de Stan
Crónica del temor y la incertidumbre que vivió un pintor de Panajachel, Sololá, tras el repentino desbordamiento del río San Francisco.

Por Raúl Vásquez

Durante cinco días estuvo lloviendo a finales de septiembre, pero llovió más fuerte en los primeros de octubre. El 4 de octubre, día de San Francisco de Asís, empezó la fiesta: escuchamos las bombas de la iglesia de Panajachel y la marimba sonaba por un altavoz.

Yo me encontraba en una habitación construida en el centro del museo (que iba a cumplir 15 años de fundado, el 6 de octubre). Estaba pintando un cuadro, concentrado en desarrollar la idea. No escuchaba más lo que pasaba a mi alrededor cuando de pronto paré de pintar y volví a la realidad, con las sirenas de los bomberos y el sonido infernal de un silbido de agua a mil por mil de fuerza. Tronaban las grandes rocas arrastradas por el río, quebrando todo a su paso.

Raúl Vásquez muestra el agujero abierto por un enorme tronco durante la correntada del río San Francisco, Panajachel.

Quise salir a ver, pero la puerta se cerró con la fuerza del agua que penetró a través de un gran agujero que fue abierto en la pared por un gran tronco de árbol. El agua mezclada con lodo empezó a inundar el museo. En la habitación donde estaba, el agua subio a un metro de altura en pocos segundos. La mesa donde tenía los pigmentos me sirvió como precaria balsa.

La verdad es que me tapé los oídos y dejé de pensar en lo material porque me sentí muy cerca de la muerte. El agua, para entonces, había llegado hasta mi cuello y el techo de tablas no cedía a los golpes de mis puños ya sangrantes, atrapado en un pequeño espacio que casi me impedía reespirar.

Creo que el espíritu de la deidad hindú que estaba en el jardín, sumergida en el lodo, empezó a acariciar mi cuerpo con sus ocho manos, dándome el calor necesario para susbistir.

Pasé no sé cuántas horas entre el lodo frío. Gritaba (no sé si en realidad susurraba) pidiendo ayuda, desesperadamente. Por un momento, sentí hundirme para siempre. Miraba rostros de espíritus con caras agradables pero también otros con rostros de terror.

Pasé toda la noche en esa lucha. El tormento del diablo empezó a cesar enmedio de lluvia y neblina; las aguas empezaron a descender y tiritando pasé otra noche más. Las tripas me chillaban y yo sentía un trauma muy grande, con el miedo y la angustia apoderándose de mi cuerpo; los dedos de los pies se me acalambraron.

Pensé en un segundo instante si iba a morir, pero amaneció una vez más y como a las 9 de la mañana tuve conciencia de que mis gatos estaban llorando en el segundo nivel de la casa de madera donde yo estaba atrapado. Con mis manos heridas intenté quitar la tabla del techo pero volvieron a sangrarme. Escuché voces y el ruido de pasos en las láminas del Museo, el cual, para mi sorpresa, quedó en pie. Ellos rescataron a los gatos hambrientos y asustados. Yo grité pidiendo auxilio y unos 12 soldados desclavaron la madera.

Así salí de aquel agujero, débil y enfermo. Pero el mayor golpe fue ver la destrucción de las viviendas de aquel paraje que pinté tantas veces en 40 años, obras que también se perdieron enterradas entre el lodo y que sólo quedarán en el recuerdo de los turistas que visitaron alguna vez el museo.

Lloré como lloran los valientes, en mis adentros. Mi alma se estremeció me ví la ropa sucia, el cuerpo enlodado. Los gritos de la gente eran los mismos: ¡Se cayó la casa! ¡Se cayó el muro! ¡No hay agua para beber! Creo que los gritos de dolor estremecieron a los espíritus del cielo.

En las décadas anteriores, vendiendo mis pinturas me gané miles de quetzales y construí, en las arribas del pueblo, una casa que quería para instalar allí un refugio para los niños sin hogar. Nunca imaginé que en momentos tan difíciles se iba a convertir en mi propio refugio.

Dormí mucho y no pude obtener víveres porque fueron entregados a personas que no habían sido afectadas por la correntada. El banco estaba cerrado, las tiendas estaban cerradas o bien los artículos estaban diez veces más caros. Sólo sobreviví por algo de efectivo que tenía guardado para terminar la construcción de la casa de los niños.

Sin duda alguna, habrá que empezar de nuevo. Muchas cosas no se recuperarán, como los diez libros con firmas de los visitantes del museo durante 15 años, o las pinturas que fueron destrozadas por las piedras y las que se pudrirán en el lodo; sin embargo, no he olvidado pintar ni me he olvidado del proyecto que una vez soñe en este lugar.

Acerca de...

Raúl Vásquez Barrios comenzó a pintar en la década de 1960.

Emigró a Panajachel, Sololá, escapando de la represión que se vivía en la ciudad capital, en donde asistía a la Escuela de Derecho de la Universidad de San Carlos.

Obtuvo un Glifo de Plata en la Bienal de Arte Paiz 1984.

En 1999 fue seleccionado entre los tres finalistas del Certamen Latinoamericano Juannio.

En 2004 expuso en la galería Wer de Antigua Guatemala y en Alquimia, en la Ciudad Capital.

Durante décadas, vendió su obra a turistas nacionales y extranjeros en el estudio ahora destruido por la fuerza de la naturaleza.

Correo electrónico: ramadaba@hotmail.com.

 
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