Sabor Santa Fe
La comida de este paraje de Estados Unidos tiene cada vez más
nuevos ingredientes, sin perder su sabor a atardecer en las montañas.
Por Henry Shukman
La primera vez que fui a Nuevo México fue
en 1990 y lo que recuerdo son cabañas de adobe con techo
de vigas y una gran vista del desierto azul abierta a todo lo ancho.
No me gustaron los chiles picantes, de hecho, les tenía
miedo. Una de las muchas cosas que agradezco a Nuevo México,
ahora que ya he vivido aquí por más de una década,
es haberme convertido al picante. Ello sucedió una tarde|,
durante un largo viaje en auto a través de las Montañas
Negras. Me detuve en una pequeña tienda de conveniencia,
compré una bolsa de tostadas de maíz y una lata de
salsa picante llamada Ira: la experiencia religiosa.

La arquitectura del lugar se caracteriza
por el uso de adobe y madera. |
De vuelta en la carretera, acomodé la lata entre mis piernas
y mientras conducía, metí la punta de un nacho en
la salsa. Comí varios. Pero algo pasó de pronto:
el dolor quemante empezó, pero en lugar de dejar de comer,
sumergí más las tostadas. Pronto estaba disfrutándolo.
Cuando por fin llegué a mi destino, yo ya era una grande
y feliz devota de la salsa con chile. La prueba era la lata vacía.
Ahora que la polvareda está asentándose, tras la
súbita y tumultuosa popularidad de Santa Fe en las décadas
de 1980 y 1990 y que el “Estilo Santa Fe” se ha convertido
en algo común, ¿qué ha ocurrido con la famosa
cocina del suroeste estadounidense, con sus atrevidas y picantes
sazones?
Existen aún buenos lugares como Café Coyote y Jerónimo,
en donde los exquisitos platillos contrastan con el gusto de los
lugareños, que de no haber sido por la fiebre de los turistas,
ya se habrían cansado del guacamol y el chile.
Sin embargo, existe una generación silenciosa y discreta
de nuevos destinos gastronómicos:_pequeños y disimulados
lugares que no se anuncian y que desarrollan su propia reputación
entre todos aquellos que viven en los alrededores.
En el último
mes visité tres de estos lindos lugares, que difícilmente
tienen los mismos elementos tradicionales del Suroeste, a no ser
por las paredes de adobe que les dan cobijo: Aqua Santa, La Trattoria
Nostrani, and Kasasoba, todos distintos entre sí, pero con
una característica común: son sitios que pasan casi
inadvertidos, con altos estándares de calidad y cocineros
con relaciones obsesivas con la comida y el vino.
Aqua Santa
Existe desde hace un año. Brian Knox, propietario y cocinero, tuvo antes
otro restaurante: Escalera, que desapareció en 1996 tras un súbito
aumento de la renta, pero que ahora ha vuelto, con otro nombre, en una sala que
conecta directamente con la cocina. Knox sale de la cocina a cada momento para
conversar con cada cliente, a preguntar por el sabor del filete de cerdo salvaje
que ha estado marinando por cuatro días.
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Sobre la ciudad
Santa
Fe, en Nuevo México, está enclavada a
2 mil metros de altura, en las Montañas Rocosas, fundada
por los exploradores españoles hacia 1607.
- Aún se
conservan varias capillas antiguas que dotan a Santa Fe
de ese paisaje tan peculiar, que mezcló la
religión católica, la arquitectura española
y a la población indígena.
- Las construcciones
de adobe son en verdad estructuras de energía eficiente
que mantienen el calor durante el invierno y ofrecen mucha
frescura en verano.
- El estado de Nuevo
México limita al oeste con Arizona
y al este con Texas. Al sur está la frontera con México. |
Knox es un aficionado de la comida lenta, una especie
de teoría ecológica
de la gastronomía. Uno de sus platillos emblemáticos es el cordero
asado lentamente, acompañado de nueces y queso pecorine. La verdad es
que el cordero, que se derrite de tierno en la boca, proviene de granjas locales
en donde los rebaños pastan libremente entre los árboles. Pero
el menú cambia al menos cada semana; en mi última visita me topé con
un suculento bisté a la Fiorentina, un hueso T frito en sartén
con cebollas caramelizadas, ajo y romero, cocinado levemente. Estaba exquisito,
pues había estado marinado por tres días y fue cocinado a llama
abierta en una esquina de la estancia, en donde el humo forma parte del sabor. La Trattoria Nostran
Eric Stapelman, propietario, y Nelli Maltezos, la jefe de cocineros,
son colaboradores desde hace tiempo en las empresas restauranteras,
pero sólo hace cuatro
años que ellos decidieron comprar la parte del negocio a los otros copropietarios
y seguir adelante solos. El resultado es Nostrani (que en el caló veneciano
significa “nuestra”), un acogedor rincón de Italia en un pequeño
salón de adobe que alguna vez fue burdel en el centro de Santa Fe.
Aquí, también, la decoración es encantadora, pero discreta.
La única cosa que podría distraer al comensal de su plato es lo
que hay en su vaso: tan pronto llegamos, el cordial Stapleman nos mostró su
sacrosanta cava de vinos, que está llena de tesoros.
Después del aperitivo de tiras de tocino entre tiras de remolacha, empezamos
con una sopa de tomates cultivados orgánicamente, claro.
Siguen los tallarines con queso parmesano y envueltos de papa con
un añejado
queso Asiago. No pudimos resistir la tentación de probar el pescado con
salsa de almejas y la combinación resultó maravillosa. Todo está inspirado
en la tradición de la cocina del norte de Italia: Abruzzo, Umbria, pero
especialmente Toscana y Piemonte. Nunca olvidaré el aroma que se respira
aquí.
Kasasoba
Es un toque japonés en medio de las arenas del desierto. Abrió en
2001 como una fábrica de fideos, justo cuando la dieta que los evadía
estaba en su máximo punto. Christian Geideman, el propietario, ha sido
seguidor de la comida japonesa por bastantes años y no se cansa de almorzar
fideos todos los días. La variedad no es mucha: comenzamos con rodajas
de pepino acompañadas de algas marinas, refrescándolas con una
pizca de shiso, una hierba parecida a la menta, Después vendrán
los suculentos hongos shiitake asados que sólo anuncian el deliciosos
sabor del pollo gyozas: algo que nunca había probado y que volveré a
probar cuando vuelva alguna vez. The New York Times Services
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