Semanario de Prensa Libre • No. 73 • 27 de Noviembre de 2005    


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Opinión

¿Vive la France?
Los recientes motines en ciudades francesas reflejan las deficiencias de su sistema migratorio y laboral.

Por Sergio Muñoz Bata
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez

Apenas iniciados los disturbios del 2005 en Francia se desató una febril competencia por ver quién hacía el diagnóstico correcto del fenómeno. “Hay demasiados inmigrantes”. “La raíz del problema no es el número de inmigrantes sino su origen musulmán”. “Son vándalos anarquistas”. “El conflicto no es sino un justo rechazo a la discriminación y la marginalización en la que viven los hijos de los inmigrantes”.

Lo más lamentable del fracaso del modelo francés de integración es que fue pronosticado hace ya una década por el propio presidente Jacques Chirac cuando dijo: “En los suburbios de los desposeídos reina un tenue terror. Cuando estos jóvenes vean que al salir de la escuela no hay sino desempleo terminarán rebelándose”.

En efecto, el espíritu empresarial que caracteriza a los inmigrantes y su absorción exitosa en el país anfitrión exige su imprescindible vinculación a una economía vibrante y abierta, con capacidad para crear los trabajos que demanda.

Irónicamente, el predicamento actual de la política migratoria francesa no ha hecho sino resaltar la asombrosa capacidad de Estados Unidos para absorber anualmente flujos de cientos de miles de inmigrantes y su habilidad para canalizar su energía a la creación de nuevas fuentes de trabajo.

“A partir de la década de 1970 —recién escribió el investigador Joel Kotkin en el Wall Street Journal—, Estados Unidos ha creado 57 millones de trabajos mientras que en ese lapso, Europa entera apenas si ha creado cuatro millones de nuevos empleos.”

No es mi intención ni la de Kotkin proponer que el sistema económico estadounidense o su sistema migratorio son perfectos. Lo que no admite duda, sin embargo, es el triunfo personal de la mayoría de los inmigrantes a Estados Unidos no sólo porque encuentran trabajos, sino porque el número de negocios que crean los inmigrantes rusos, hindúes, israelitas, coreanos y musulmanes crece más rápidamente que el de las personas nacidas en este país. En el caso de los latinoamericanos, si bien su desempeño empresarial está un poco por debajo del promedio nacional, hay que señalar que éste es dos veces mayor que el de los afroamericanos y mayor que el de los indígenas americanos.

En Francia, mientras tanto, la medida del éxito es la reducción de la jornada semanal de trabajo, la aceleración del retiro temprano de los trabajadores y el establecimiento de un régimen de regulaciones que inhibe o dificulta la creación de negocios pequeños.

Es evidente que el Gobierno francés tiene la obligación de restablecer el orden y el estado de Derecho. Los disturbios han afectado el turismo y la inversión privada y reconstruir lo incendiado y recuperar lo perdido tendrá un costo enorme. Lo verdaderamente importante es que Francia entienda que los disturbios del 2005 han evidenciado la quiebra de su sistema económico y que si no toma las medidas para reformarlo nunca encontrará la solución a sus problemas.

Aumentar la benevolencia del Estado benefactor no va a resolver la ineficacia de su sistema económico ni le va a dar la vitalidad que su juventud reclama. En cierto sentido, Francia vive ahora la pesadilla que Gran Bretaña vivió a principios de la década 1980, y si no quiere convertirse en un país tercermundista debe encontrar su nicho en la globalización y emprender las reformas necesarias para sobrevivir en un mundo cada día más competitivo.

Todas las ideas expuestas en los artículos de opinión son responsabilidad exclusiva de su autor.
 
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