¿Vive la France?
Los recientes motines en ciudades francesas reflejan las deficiencias
de su sistema migratorio y laboral.
Por Sergio Muñoz Bata
Ilustración: Juan Fernando Rodríguez
Apenas iniciados los disturbios del 2005 en Francia
se desató una febril competencia por ver quién hacía
el diagnóstico correcto del fenómeno. “Hay
demasiados inmigrantes”. “La raíz del problema
no es el número de inmigrantes sino su origen musulmán”. “Son
vándalos anarquistas”. “El conflicto no es sino
un justo rechazo a la discriminación y la marginalización
en la que viven los hijos de los inmigrantes”.
Lo más lamentable del fracaso
del modelo francés de integración
es que fue pronosticado hace ya una década por el propio presidente Jacques
Chirac cuando dijo: “En los suburbios de los desposeídos reina un
tenue terror. Cuando estos jóvenes vean que al salir de la escuela no
hay sino desempleo terminarán rebelándose”.
En efecto, el espíritu empresarial que caracteriza a los inmigrantes y
su absorción exitosa en el país anfitrión exige su imprescindible
vinculación a una economía vibrante y abierta, con capacidad para
crear los trabajos que demanda.
Irónicamente, el predicamento actual de la política migratoria
francesa no ha hecho sino resaltar la asombrosa capacidad de Estados Unidos para
absorber anualmente flujos de cientos de miles de inmigrantes y su habilidad
para canalizar su energía a la creación de nuevas fuentes de trabajo.
“A partir de la década de 1970 —recién
escribió el
investigador Joel Kotkin en el Wall Street Journal—, Estados Unidos ha
creado 57 millones de trabajos mientras que en ese lapso, Europa entera apenas
si ha creado cuatro millones de nuevos empleos.”
No es mi intención ni la de Kotkin proponer que el sistema económico
estadounidense o su sistema migratorio son perfectos. Lo que no admite duda,
sin embargo, es el triunfo personal de la mayoría de los inmigrantes a
Estados Unidos no sólo porque encuentran trabajos, sino porque el número
de negocios que crean los inmigrantes rusos, hindúes, israelitas, coreanos
y musulmanes crece más rápidamente que el de las personas nacidas
en este país. En el caso de los latinoamericanos, si bien su desempeño
empresarial está un poco por debajo del promedio nacional, hay que señalar
que éste es dos veces mayor que el de los afroamericanos y mayor que el
de los indígenas americanos.
En Francia, mientras tanto, la medida del éxito es la reducción
de la jornada semanal de trabajo, la aceleración del retiro temprano de
los trabajadores y el establecimiento de un régimen de regulaciones que
inhibe o dificulta la creación de negocios pequeños.
Es evidente que el Gobierno francés tiene la obligación de restablecer
el orden y el estado de Derecho. Los disturbios han afectado el turismo y la
inversión privada y reconstruir lo incendiado y recuperar lo perdido tendrá un
costo enorme. Lo verdaderamente importante es que Francia entienda que los disturbios
del 2005 han evidenciado la quiebra de su sistema económico y que si no
toma las medidas para reformarlo nunca encontrará la solución a
sus problemas.
Aumentar la benevolencia del Estado benefactor no va a resolver
la ineficacia de su sistema económico ni le va a dar la vitalidad que su juventud reclama.
En cierto sentido, Francia vive ahora la pesadilla que Gran Bretaña vivió a
principios de la década 1980, y si no quiere convertirse en un país
tercermundista debe encontrar su nicho en la globalización y emprender
las reformas necesarias para sobrevivir en un mundo cada día más
competitivo.
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