Tertulias en la ribera
Escondido en las montañas, el paraje de La Hamaca es el sitio obligado para sostener una charla.
Por: Claudia Méndez
Villaseñor
Foto: Luis Echeverria
Para llegar a Chel, una aldea de Chajul, situada en el centro mismo de las montañas de Quiché y rodeada de caudalosos ríos, hay que atravesar obligadamente un puente de hamaca que se tambalea a cada paso.
El lugar, inhóspito hasta hace tres años, es hoy el centro de reunión de los que van y vienen de la aldea y otras 12 comunidades cercanas entre sí: a tres, cuatro y hasta cinco horas de distancia la una de la otra.
En dos improvisadas champas construidas de bajareque
y con techo de plástico azul los caminantes descansan antes
de continuar el camino, mientras disfrutan de un tamalito, unos
nachos, una gaseosa o un bol de atol. Durante la comida las charlas y las risas en ixil animan hasta al más cansado. Así el tiempo pasa sin sentirlo.
Al terminar la comida, cada uno se despide, toma su bulto, mira la montaña, respira y apura el paso de la caminata que se prolongará durante el resto del día hasta llegar a Chajul.
De cuando en cuando, cada veintidós días para ser precisos, una moderna motocicleta se estaciona frente a las champas y su tripulante aguarda la llegada de la maestra Concepción, quien trabaja en la comunidad de Xayá.
Es el novio que viene a traerla, dicen las niñas encargadas de las ventas. En treinta minutos la profesora atraviesa el puente. Mira al hombre, le sonríe mientras comienza ha acomodar sus cosas en la moto.
Un tamalito, un atol y la maestra y el novio se despiden, mientras se colocan los cascos en las cabezas y la moto sale disparada.
La maestra Luisa, en cambio, no tiene novio. Si tiene suerte, después de pasar el puente, encontrará una mula donde acomodar las mochilas.
Hoy ni alcanzó a comer un tamal. Es que ya se acabaron, le dicen con pena las pequeñas.
Sin el apetecido bocado, Luisa se va en compañía de dos amigas y tres niños. Uno de ellos platica animado con ella, que es tan delgada y seria. El silencio se rompe y el par de chiquillas comienza a hablar. “Hay van esas patojas, don Julio y el chucho, ¿para donde irán?”
Nada se escapa a la mirada tímida y desconfiada del par.
“ ¿Usted conoce a todos en la capital?”, preguntan con delicadeza.
Saben de antemano que en la ciudad hay miles de personas y que la respuesta será no. “Nosotras sí los conocemos a todos porque pasan por aquí”, dicen tranquilas.
Así transcurre el tiempo en La Hamaca, todo el que llega tiene algo que decir y no hay prisa. Para ellos, acostumbrados al paisaje, el sitio no tiene nada de especial. A otros, en cambio, tanto verde parece afectarles.
Sin embargo, para los que es su primera vez, sentarse en las pulidas piedras del río, escuchar el canto vivo de sus aguas y observar la danza apacible de miles de mariposas es un espectáculo único que choca con el pantano de basura que se ha formado por la falta de una práctica adecuada de manejo de desechos.
Es curioso, en La Hamaca no se espantan moscas sino mariposas. Hay tantas. |