Manos expertas
Francisco Barreno Pú
es uno de los pocos
artesanos de Totonicapán que aún se dedican a la talabartería
tradicional.
Texto: Ingrid Roldán Martínez
Foto: Carlos Sebastián
Son cientos de kilómetros los que Barreno
ha recorrido con su trabajo al hombro. Han de ser también
cientos de objetos de cuero los que ha vendido en distintas regiones
del país. Un domingo instaló el ambulante negocio,
junto a otros artesanos, en el parque de su ciudad natal, Totonicapán.
Sobre tablas cubiertas con un plástico azul colocó decenas
de cinchos, zapatos, billeteras, monederos, carteras y llaveros.
No pueden faltar los famosos caites con suela de llanta, un material
muy resistente.

Los productos que fabrica Francisco Barreno
Pú son hechos a mano con pieles curtidas por él
mismo. |
Para curtir el cuero
Barreno tiene hoy 67 años y hace el mismo trabajo que aprendió a
los 12. El procedimiento total para curtir la piel de cualquier animal se lleva
aproximadamente un mes. Las que más utiliza son las de ganado mayor (vacuno)
y menor (ovejas y venados). Curte también el cuero de marrano y piel de
culebra mazacuata. Ocasionalmente utiliza cuero de cocodrilo para hacer zapatos
y cinchos.
La primera etapa en el proceso es quitarle la sal con que los proveedores
cubren las pieles de animales. Después las deja en remojo por 20 días
en agua de cal (cal disuelta en abundante agua). Esto es para que se desprenda
el pelo o las escamas (dependiendo del animal) y para quitarle la grasa. Cumplido
dicho tiempo se le quita la cal con agua limpia. A este procedimiento se le llama “desencalamiento”.
El siguiente paso es remojar de nuevo la piel, sólo que ahora en agua
de afrecho o “afrechío” para quitar los residuos de cal y
se vuelve a lavar con agua limpia. A continuación raspan el producto con
un machete corvo.
Nuevamente se remoja el producto, sólo que esta vez en un derivado del árbol
quebracho, un producto procedente de Argentina. Antiguamente se utilizaba corteza
de encino, roble o mangle, pero ahora son escasos. Lavan la piel otra vez y la
secan en planchas de bronce para fijar el curtido y quitar las arrugas que se
hubiesen formado. El material curtido se utiliza para fabricar una gran variedad
de productos.
Esta es la tarea que don Francisco Barreno ha hecho durante años. Con
el fruto de su trabajo costeó el estudio de sus tres hijos, dos son ingenieros
y el otro, perito contador. Es uno de los pocos artesanos de Totonicapán
que todavía trabajan la talabartería de forma tradicional. Cuenta
que en ese municipio había un lugar que se llamaba Zona Tenerías
por la cantidad de talabarteros que había. “Hace 30 ó 40
años éramos 48, hoy sólo habemos dos”, se lamenta, “al
desaparecer yo ya no va a haber quién lo haga”. El sector hoy es
conocido simplemente como la zona cuatro de Toto.
Al referirse a las causas de la desaparición de su oficio, dice: “La
mayoría de jóvenes se dedicaron a estudiar, ellos buscan mejores
condiciones, este es un trabajo duro”.
Barreno vende el producto en su casa y sale a distribuirlo
a Chiquimulilla, Escuintla, Santa Lucía Cotzumalguapa, Mazatenango, Retalhuleu, Coatepeque y Malacatán.
A todos estos lugares viaja en autobús. Los precios no son altos en comparación
con el producto sintético que venden en las grandes tiendas. Un par
de zapatos puede costar alrededor de Q150. A un llavero le gana Q2 y a un caite
Q5. |