Forjando en el cine
Claudio Lanuza (1932) dejó el oficio de herrero
para dedicarse a la actuación
en teatro y cine.
Texto Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sandoval
Eran las décadas de 1960 y 1970 cuando los hermanos Lanuza
se aventuraron a hacer cine en Guatemala. Se movieron en un mundo
de ficción. En una etapa que duró varios años
hicieron coproducciones de filmes con artistas, productores y directores
mexicanos. Después de eso, Claudio Lanuza trabajó en
el Canal Cinco, dio clases en el Instituto de Capacitación
y Productividad (Intecap), escribía guiones y hacía
adaptaciones, pero nunca se apartó del teatro. Su rostro fue
conocido en películas como Candelaria, El Cristo de los Milagros
(filmada en Esquipulas), El tuerto Angustias y Superzán y
el Niño del Espacio, entre otras. La última película
en la que actuó fue Lo que soñó Sebastián,
estrenada en el año 2004. Ahora colabora en el proyecto de
un periódico titulado El Valle de la Ermita, de Rafael Echeverría.

“Aprendí a
amar la vida y a los personajes, de manera que tengo muchos
amores”.
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¿Cómo se inició en
el cine?
No puede uno decir qué día ni qué fecha fue, porque me inicié sin
darme cuenta. No tenía la actividad de la actuación como un trabajo,
sino como entretenimiento. Cuando miraba las películas me gustaba cómo
cantaban los mexicanos. Yo quería cantar también, pura imitación,
puro chiriz.
En las vísperas de Cuando vuelvas a mí nos preparamos para hacer
cine. Vimos El Sombrerón y nos inquietamos con mis hermanos. Observamos
Caribeña y me pareció lindísima la película. Yo también
quería ser bueno como don Armando Calvo. Nos metimos al cine en Cuando
vuelvas a mí.
¿Cuál fue su participación en esa película?
Participé como staff, parte técnica y en dos bailes costumbristas
que montó el maestro coreógrafo Carlos Nisthal. Había hecho
teatro sin saberlo, no como profesión o como personaje de ese ambiente,
sino que a modo de imitar.
¿Quién de los Lanuza fue el que primero se involucró en
el cine?
Yo. Después le dejé a mi hermano lo que tenía para una película
que pensamos hacer al terminar Cuando vuelvas a mí. Con Rafael fuimos
juntos, él participó en unas escenas de esa película. Un
amigo que también estaba con nosotros, Óscar López, consiguió una
cámara, y total que la primera película que hicimos fue La boda
macabra, un poema, y Rafa (Lanuza) fue el protagonista. Es de un sepulturero
al que se le muere la novia y se pone a bailar con ella.
Resulta que, terminada la película, me junté con el actor mexicano
Cristian Cañedo, cuyo nombre artístico era Albani de Teresa. Él
hacía mucho teatro, organizó una compañía y salió a
deambular por América Latina. Precisamente llegó a la Academia
de Artes y Ciencias Cinematográficas que estaba en la 10a. calle entre
1a. y 2a. avenidas, donde ahora está el Grupo Centroamericano. Algunos
otros artistas se quedaron después de Caribeña. Estaba entre ellos
Carlos Figueroa, un excelente actor y magnífico compañero, que
conocía mucho de teatro.
¿Después qué pasó?
Me gustó el cine. Me enganché en una compañía mexicana
de teatro y recorrimos algunos departamentos de Guatemala con La Pasión
de Cristo o Jesús de Nazareth.
Albani de Teresa conoció a Alberto Paniagua del Castillo, quien residía
en Chimaltenango. Nos fuimos para allá y preparamos la primera obra de
teatro. Inmediatamente del cine, me volví al teatro. Hicimos una gira
y caí preso.
¿Por qué lo apresaron?
Por indocumentado. Hicimos teatro
en Tapachula, en San Juan Chicharras, en Huistla. Total que caí preso
en Juchitán, Oaxaca.
¿Cuánto tiempo estuvo preso?
Poco. Lo divertido es que después me deportaron y estando aquí me
querían mandar otra vez de regreso a México. De vuelta en Guatemala
volví al teatro. Me gustó mucho. Todo eso fue en 1951 ó 1952.
¿Con qué grupos hizo teatro?
Me involucré con la Universidad Popular. También me fui al Teatro
de Arte Universitario (TAU) y me pareció una cosa extraordinaria. Era
teatro serio, algo grandísimo, teatro clásico de España.
Cuando vi esas obras me metí al TAU con Carlos Mencos. El subdirector
era Roberto Mencos, su hermano.
Entré y empecé a conocer otras cosas, a ver nuevas enseñanzas
y un ambiente diferente. Con Carlos Figueroa, un excelente actor, hicimos la
película La alegría de vivir con doña Martha Bolaños
de Prado. La dirigió mi hermano, escribió el argumento y la patrocinaron
prácticamente “el Canche” Serra y mi hermano. Era sobre la
vida de Los Chocanitos, un episodio imaginado, inventado.
¿Cómo llevó de forma paralela la relación
teatro-cine?
Yo hice teatro. Mi hermano Rafael también lo hizo, pero lo tuvo como una
segunda opción. Yo tenía el cine como segunda oportunidad. Mi fuerte
era el teatro y aún me gusta más. Lo que pasa es que ya no es el
teatro que se hacía, sino un teatro de educación, que servía
como un medio de estudiar de forma divertida. Quería hacer cine, pero
que sirviera también para el estudio. Así fue como hicimos El Reformador,
que es La Batalla de Chalchuapa (en la que falleció Justo Rufino Barrios).
Con La alegría de vivir empezamos a trabajar con 35 milímetros,
en blanco y negro. Hicieron el argumento para cine. Entonces vino otra película
y también me involucré, fue El Cristo Negro, que estamos tratando
de rescatar. Fue de las tres películas con que José Baviera vino
a Guatemala para tener crédito y solvencia para aspirar a ser director
en México: Caribeña, Cuando vuelvas a mí y El Cristo Negro.
¿Cuán difícil era hacer
esas producciones?
Los recursos eran todo a mano, revelar a mano. Él (Rafael Lanuza) estaba
acostumbrado a revelar rollitos para fotografías y él mismo se
inventó cómo hacerlo para revelar largometrajes, porque los rollos
eran de 100 pies. Le dio un poco de plata eso, fue uno de los productores más
fuertes de televisión en esa época. Fue el primero que hizo el
transfer de cine a vídeo en Guatemala.
Yo seguí en teatro. Aprendí a identificar al actor con el personaje,
era exactamente lo que se necesitaba en el cine. Con Carlos Mencos aprendimos
a hablar fuerte; en el cine eso no servía, había que hablar suave,
más normal.
¿Cuál era la relación
del teatro con el cine en ese momento?
En todas las épocas, para los actores, es la manera de interpretación,
con la diferencia de que el actor de teatro está acostumbrado a trabajar
delante del público, el actor de cine se inhibe, porque tiene que trabajar
delante de la gente. Cuando trabajan personas de teatro en cine se siente sobreactuado
porque hablan muy fuerte, los movimientos son más grandes. La distancia
que se trabaja en cine es diferente.
¿Con qué presupuesto hacían esas películas?
Como decía el poema de Miguel Ángel Asturias, sacaban de donde
fuera, no sé cómo hacían, pero sacaban plata. Claro que
era más barato hacer cine.
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Su vida
Claudio Augusto Lanuza Martínez nació el 13 de febrero
de 1932.
- Actor de teatro
y cine.
Participó en las películas: Candelaria (1978), La mansión
de las siete momias (1977), El Cristo de los milagros (1975), Leyendas
macabras de la colonia (1974), El Tuerto Angustias (1974), Superzán
y el Niño del Espacio (1973), Una rosa sobre el ring (1973), Superzán
el invencible (1971), Alma Llanera (1965) y Lo que soñó Sebastián
(2004), entre otras.
- En algunas películas
compartió escenas con los actores
Fernando Soler, José Elías Moreno y Arturo Martínez.
- En las películas
en las que participaban deportistas de lucha libre recibió colaboración
de Édgar Echeverría
y Enrique “Quique” Bremerman, entre otros. |
¿Cuánto ganó usted por hacer
una película?
Diferentes precios. Yo no me acuerdo cuanto me pagaron en Cuando
vuelvas a mí o en la Alegría de vivir. Todos teníamos
entusiasmo y todos trabajábamos y como no era una manera
de vivir, sino una manera de divertirnos, íbamos con mucho
gusto.
¿En qué trabajaba usted en esa época?
Originalmente, yo era herrero. Me gustaba la herrería, estar
forjando, calentar el hierro, golpearlo, hacer colochitos. Agarraba
la pata de los caballos para ponerles herradura.
¿Esto fue en la misma época
en que estaba haciendo teatro y cine?
Sí.
¿Hasta qué época dejó de vivir de la
herrería?
Muy rápido porque se murió el maestro que me tenía
trabajando. Me fui con otro señor a hacer avioncitos de
hojalata, camas para muñecas, a hacer juguetillos ingeniosos.
Cuando entré a la UP y en el Teatro Arte Universitario me
pagaban algo.
¿Actuó en todas las películas
de su hermano Rafael?
Sí, estuve en casi todas. En la única que no participé fue
en Terremoto en Guatemala, porque en la época del sismo
yo me había ido con mi Nanita (su madre adoptiva) fuera
de la capital, a una granja con mi mujer y los niños, que
estaban pequeños todavía.
Mi hermano hizo siete películas en coproducción con
México. Hizo una aquí con don Alberto Serra y otra
que hizo por su cuenta. Aparte de eso trabajé en Derecho
de Asilo, en Alma Llanera, en varias películas. Tendría
que hacer un recuento. Una de las cosas que tiene Alma Llanera,
que me gusta mucho y por eso deseo tener la película, es
que trabajamos con Manuel José Arce. Fuimos compañeros
en teatro también, bajo la dirección de Carlos Quintana.
¿Cómo se dio la relación
de ustedes con el cine mexicano?
¿Con la coproducciones? Resulta que siguiendo el ejemplo
de Estados Unidos con México, que hicieron cosas maravillosas.
Estados Unidos había traído actores de España,
Francia e Italia, pagaban mucho y pasando a México les salía
mucho más barata la producción. Luego se vinieron
a Guatemala, porque les salía más barato que en México.
Allí era bastante reconocido el trabajo y cobraban caro.
Rogelio Agra Sánchez, que era distribuidor y después
se volvió productor, conocía cuáles eran los
temas que más gustaban. Estaba en su apogeo el cine mexicano.
Dispuso venir a Guatemala a filmar El robo de las momias de Guanajuato,
que ya había hecho en esa ciudad. Capuchinas de la Antigua
es muy parecido a las ruinas de Guanajuato y pensaron en hacer
allí una película. Trabajando, había cosas
que no hallaban cómo hacer y mi hermano Rafael tenía
el equipo de cine y les prestó ayuda. Aquél era bastante
bueno para eso. Establecieron relación y le dijo el mexicano
que lo podía ayudar. Dispusieron hacer Superzán y
el Niño del Espacio, la primera película. Les gustó más
que la que habían hecho en México originalmente que
se llamaba Superzán. Rafa les propuso que hicieran El Cristo
de los Milagros. El señor no se pronunciaba a favor de eso,
porque era lo que él quería; pero la esposa estuvo
de acuerdo porque le ofreció que iba a actuar su hijo, que
es el vendedor de las cadenitas. Así fue como establecieron
la relación y se hicieron varios filmes.
¿Esta relación mejoró el presupuesto que ustedes
tenían para las películas?
Sí, porque a los mexicanos les estaba saliendo más
barato y a nosotros nos tenía cuenta, porque pagaban al
precio de ese país. Además de eso, porque estaban
establecidos los precios en México.
¿Recibían el mismo salario
que los mexicanos?
No nos pagaban exactamente al mismo nivel, nos pagaban menos. Estaba
aquí el sindicato y exigía una compensación
y un porcentaje de lo que ganaban los mexicanos.
¿Qué piensa de que películas como “Superzán
y el Niño del Espacio” aparecen en Internet como producciones
sólo mexicanas?
Lo único que digo es que deberíamos ser un poco más
enérgicos y cobrar los derechos que nos pertenecen. A Guatemala
le correspondería reclamar los derechos de actor, autor
y director.
¿Son guiones guatemaltecos?
Son guiones guatemaltecos; por lo menos los que trabajó mi
hermano.
¿Desde cuándo no hace cine?
Hace tres años. La última película en que
trabajé fue Lo que soñó Sebastián.
¿De qué vive ahora?
Del aire. No puedo decirle que vivo de lo que hago, porque se hacen
un montón de cosas. Yo la paso más o menos con hacer
fotografías, escribir algún artículo, hacer
algún programa de radio o grabar alguna cosa. Vivo del aire,
de ilusiones nada más.
Como actor pienso que los actores
somos vendedores ilusiones. Ahora estoy
mal, próximo a una
operación, porque mi salud nunca
llega a un punto bueno para operarme. Mientras
tanto, estoy ayudando a Rafael Echeverría
en un proyecto de un periódico,
El Valle de la Ermita. Así la
voy pasando. ¿Qué es lo más
importante que le ha dejado el cine?
La verdad es que nunca he pensado en
eso, pero en mi vanidad de ser humano,
lo más importante que el cine me ha dado es
un nombre. Aparte de eso he tenido algunos conocimientos dentro
del cine y he aprendido a vivir mejor; he aprendido a comprender
mejor a las personas a través de los argumentos. Aprendí a
amar la vida y aprendí a amar a los personajes, de manera
que tengo muchos amores. |