Semanario de Prensa Libre • No. 65 • 2 de Octubre de 2005    


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D frente

Forjando en el cine
Claudio Lanuza (1932) dejó el oficio de herrero para dedicarse a la actuación en teatro y cine.

Texto Ingrid Roldán Martínez
Foto Carlos Sandoval

Eran las décadas de 1960 y 1970 cuando los hermanos Lanuza se aventuraron a hacer cine en Guatemala. Se movieron en un mundo de ficción. En una etapa que duró varios años hicieron coproducciones de filmes con artistas, productores y directores mexicanos. Después de eso, Claudio Lanuza trabajó en el Canal Cinco, dio clases en el Instituto de Capacitación y Productividad (Intecap), escribía guiones y hacía adaptaciones, pero nunca se apartó del teatro. Su rostro fue conocido en películas como Candelaria, El Cristo de los Milagros (filmada en Esquipulas), El tuerto Angustias y Superzán y el Niño del Espacio, entre otras. La última película en la que actuó fue Lo que soñó Sebastián, estrenada en el año 2004. Ahora colabora en el proyecto de un periódico titulado El Valle de la Ermita, de Rafael Echeverría.

“Aprendí a amar la vida y a los personajes, de manera que tengo muchos amores”.

¿Cómo se inició en el cine?

No puede uno decir qué día ni qué fecha fue, porque me inicié sin darme cuenta. No tenía la actividad de la actuación como un trabajo, sino como entretenimiento. Cuando miraba las películas me gustaba cómo cantaban los mexicanos. Yo quería cantar también, pura imitación, puro chiriz.

En las vísperas de Cuando vuelvas a mí nos preparamos para hacer cine. Vimos El Sombrerón y nos inquietamos con mis hermanos. Observamos Caribeña y me pareció lindísima la película. Yo también quería ser bueno como don Armando Calvo. Nos metimos al cine en Cuando vuelvas a mí.

¿Cuál fue su participación en esa película?

Participé como staff, parte técnica y en dos bailes costumbristas que montó el maestro coreógrafo Carlos Nisthal. Había hecho teatro sin saberlo, no como profesión o como personaje de ese ambiente, sino que a modo de imitar.

¿Quién de los Lanuza fue el que primero se involucró en el cine?

Yo. Después le dejé a mi hermano lo que tenía para una película que pensamos hacer al terminar Cuando vuelvas a mí. Con Rafael fuimos juntos, él participó en unas escenas de esa película. Un amigo que también estaba con nosotros, Óscar López, consiguió una cámara, y total que la primera película que hicimos fue La boda macabra, un poema, y Rafa (Lanuza) fue el protagonista. Es de un sepulturero al que se le muere la novia y se pone a bailar con ella.

Resulta que, terminada la película, me junté con el actor mexicano Cristian Cañedo, cuyo nombre artístico era Albani de Teresa. Él hacía mucho teatro, organizó una compañía y salió a deambular por América Latina. Precisamente llegó a la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas que estaba en la 10a. calle entre 1a. y 2a. avenidas, donde ahora está el Grupo Centroamericano. Algunos otros artistas se quedaron después de Caribeña. Estaba entre ellos Carlos Figueroa, un excelente actor y magnífico compañero, que conocía mucho de teatro.

¿Después qué pasó?

Me gustó el cine. Me enganché en una compañía mexicana de teatro y recorrimos algunos departamentos de Guatemala con La Pasión de Cristo o Jesús de Nazareth.
Albani de Teresa conoció a Alberto Paniagua del Castillo, quien residía en Chimaltenango. Nos fuimos para allá y preparamos la primera obra de teatro. Inmediatamente del cine, me volví al teatro. Hicimos una gira y caí preso.

¿Por qué lo apresaron?

Por indocumentado. Hicimos teatro en Tapachula, en San Juan Chicharras, en Huistla. Total que caí preso en Juchitán, Oaxaca.

¿Cuánto tiempo estuvo preso?

Poco. Lo divertido es que después me deportaron y estando aquí me querían mandar otra vez de regreso a México. De vuelta en Guatemala volví al teatro. Me gustó mucho. Todo eso fue en 1951 ó 1952.

¿Con qué grupos hizo teatro?

Me involucré con la Universidad Popular. También me fui al Teatro de Arte Universitario (TAU) y me pareció una cosa extraordinaria. Era teatro serio, algo grandísimo, teatro clásico de España. Cuando vi esas obras me metí al TAU con Carlos Mencos. El subdirector era Roberto Mencos, su hermano.

Entré y empecé a conocer otras cosas, a ver nuevas enseñanzas y un ambiente diferente. Con Carlos Figueroa, un excelente actor, hicimos la película La alegría de vivir con doña Martha Bolaños de Prado. La dirigió mi hermano, escribió el argumento y la patrocinaron prácticamente “el Canche” Serra y mi hermano. Era sobre la vida de Los Chocanitos, un episodio imaginado, inventado.

¿Cómo llevó de forma paralela la relación teatro-cine?

Yo hice teatro. Mi hermano Rafael también lo hizo, pero lo tuvo como una segunda opción. Yo tenía el cine como segunda oportunidad. Mi fuerte era el teatro y aún me gusta más. Lo que pasa es que ya no es el teatro que se hacía, sino un teatro de educación, que servía como un medio de estudiar de forma divertida. Quería hacer cine, pero que sirviera también para el estudio. Así fue como hicimos El Reformador, que es La Batalla de Chalchuapa (en la que falleció Justo Rufino Barrios).

Con La alegría de vivir empezamos a trabajar con 35 milímetros, en blanco y negro. Hicieron el argumento para cine. Entonces vino otra película y también me involucré, fue El Cristo Negro, que estamos tratando de rescatar. Fue de las tres películas con que José Baviera vino a Guatemala para tener crédito y solvencia para aspirar a ser director en México: Caribeña, Cuando vuelvas a mí y El Cristo Negro.

¿Cuán difícil era hacer esas producciones?

Los recursos eran todo a mano, revelar a mano. Él (Rafael Lanuza) estaba acostumbrado a revelar rollitos para fotografías y él mismo se inventó cómo hacerlo para revelar largometrajes, porque los rollos eran de 100 pies. Le dio un poco de plata eso, fue uno de los productores más fuertes de televisión en esa época. Fue el primero que hizo el transfer de cine a vídeo en Guatemala.

Yo seguí en teatro. Aprendí a identificar al actor con el personaje, era exactamente lo que se necesitaba en el cine. Con Carlos Mencos aprendimos a hablar fuerte; en el cine eso no servía, había que hablar suave, más normal.

¿Cuál era la relación del teatro con el cine en ese momento?

En todas las épocas, para los actores, es la manera de interpretación, con la diferencia de que el actor de teatro está acostumbrado a trabajar delante del público, el actor de cine se inhibe, porque tiene que trabajar delante de la gente. Cuando trabajan personas de teatro en cine se siente sobreactuado porque hablan muy fuerte, los movimientos son más grandes. La distancia que se trabaja en cine es diferente.

¿Con qué presupuesto hacían esas películas?

Como decía el poema de Miguel Ángel Asturias, sacaban de donde fuera, no sé cómo hacían, pero sacaban plata. Claro que era más barato hacer cine.

Su vida
Claudio Augusto Lanuza Martínez nació el 13 de febrero de 1932.

- Actor de teatro y cine.
Participó en las películas: Candelaria (1978), La mansión de las siete momias (1977), El Cristo de los milagros (1975), Leyendas macabras de la colonia (1974), El Tuerto Angustias (1974), Superzán y el Niño del Espacio (1973), Una rosa sobre el ring (1973), Superzán el invencible (1971), Alma Llanera (1965) y Lo que soñó Sebastián (2004), entre otras.

- En algunas películas compartió escenas con los actores Fernando Soler, José Elías Moreno y Arturo Martínez.

- En las películas en las que participaban deportistas de lucha libre recibió colaboración de Édgar Echeverría y Enrique “Quique” Bremerman, entre otros.

¿Cuánto ganó usted por hacer una película?

Diferentes precios. Yo no me acuerdo cuanto me pagaron en Cuando vuelvas a mí o en la Alegría de vivir. Todos teníamos entusiasmo y todos trabajábamos y como no era una manera de vivir, sino una manera de divertirnos, íbamos con mucho gusto.

¿En qué trabajaba usted en esa época?

Originalmente, yo era herrero. Me gustaba la herrería, estar forjando, calentar el hierro, golpearlo, hacer colochitos. Agarraba la pata de los caballos para ponerles herradura.

¿Esto fue en la misma época en que estaba haciendo teatro y cine?

Sí.

¿Hasta qué época dejó de vivir de la herrería?

Muy rápido porque se murió el maestro que me tenía trabajando. Me fui con otro señor a hacer avioncitos de hojalata, camas para muñecas, a hacer juguetillos ingeniosos.

Cuando entré a la UP y en el Teatro Arte Universitario me pagaban algo.

¿Actuó en todas las películas de su hermano Rafael?

Sí, estuve en casi todas. En la única que no participé fue en Terremoto en Guatemala, porque en la época del sismo yo me había ido con mi Nanita (su madre adoptiva) fuera de la capital, a una granja con mi mujer y los niños, que estaban pequeños todavía.

Mi hermano hizo siete películas en coproducción con México. Hizo una aquí con don Alberto Serra y otra que hizo por su cuenta. Aparte de eso trabajé en Derecho de Asilo, en Alma Llanera, en varias películas. Tendría que hacer un recuento. Una de las cosas que tiene Alma Llanera, que me gusta mucho y por eso deseo tener la película, es que trabajamos con Manuel José Arce. Fuimos compañeros en teatro también, bajo la dirección de Carlos Quintana.

¿Cómo se dio la relación de ustedes con el cine mexicano?

¿Con la coproducciones? Resulta que siguiendo el ejemplo de Estados Unidos con México, que hicieron cosas maravillosas. Estados Unidos había traído actores de España, Francia e Italia, pagaban mucho y pasando a México les salía mucho más barata la producción. Luego se vinieron a Guatemala, porque les salía más barato que en México. Allí era bastante reconocido el trabajo y cobraban caro. Rogelio Agra Sánchez, que era distribuidor y después se volvió productor, conocía cuáles eran los temas que más gustaban. Estaba en su apogeo el cine mexicano. Dispuso venir a Guatemala a filmar El robo de las momias de Guanajuato, que ya había hecho en esa ciudad. Capuchinas de la Antigua es muy parecido a las ruinas de Guanajuato y pensaron en hacer allí una película. Trabajando, había cosas que no hallaban cómo hacer y mi hermano Rafael tenía el equipo de cine y les prestó ayuda. Aquél era bastante bueno para eso. Establecieron relación y le dijo el mexicano que lo podía ayudar. Dispusieron hacer Superzán y el Niño del Espacio, la primera película. Les gustó más que la que habían hecho en México originalmente que se llamaba Superzán. Rafa les propuso que hicieran El Cristo de los Milagros. El señor no se pronunciaba a favor de eso, porque era lo que él quería; pero la esposa estuvo de acuerdo porque le ofreció que iba a actuar su hijo, que es el vendedor de las cadenitas. Así fue como establecieron la relación y se hicieron varios filmes.

¿Esta relación mejoró el presupuesto que ustedes tenían para las películas?

Sí, porque a los mexicanos les estaba saliendo más barato y a nosotros nos tenía cuenta, porque pagaban al precio de ese país. Además de eso, porque estaban establecidos los precios en México.

¿Recibían el mismo salario que los mexicanos?

No nos pagaban exactamente al mismo nivel, nos pagaban menos. Estaba aquí el sindicato y exigía una compensación y un porcentaje de lo que ganaban los mexicanos.

¿Qué piensa de que películas como “Superzán y el Niño del Espacio” aparecen en Internet como producciones sólo mexicanas?

Lo único que digo es que deberíamos ser un poco más enérgicos y cobrar los derechos que nos pertenecen. A Guatemala le correspondería reclamar los derechos de actor, autor y director.

¿Son guiones guatemaltecos?

Son guiones guatemaltecos; por lo menos los que trabajó mi hermano.

¿Desde cuándo no hace cine?

Hace tres años. La última película en que trabajé fue Lo que soñó Sebastián.

¿De qué vive ahora?

Del aire. No puedo decirle que vivo de lo que hago, porque se hacen un montón de cosas. Yo la paso más o menos con hacer fotografías, escribir algún artículo, hacer algún programa de radio o grabar alguna cosa. Vivo del aire, de ilusiones nada más.

Como actor pienso que los actores somos vendedores ilusiones. Ahora estoy mal, próximo a una operación, porque mi salud nunca llega a un punto bueno para operarme. Mientras tanto, estoy ayudando a Rafael Echeverría en un proyecto de un periódico, El Valle de la Ermita. Así la voy pasando.

¿Qué es lo más importante que le ha dejado el cine?

La verdad es que nunca he pensado en eso, pero en mi vanidad de ser humano, lo más importante que el cine me ha dado es un nombre. Aparte de eso he tenido algunos conocimientos dentro del cine y he aprendido a vivir mejor; he aprendido a comprender mejor a las personas a través de los argumentos. Aprendí a amar la vida y aprendí a amar a los personajes, de manera que tengo muchos amores.

 
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