Semanario de Prensa Libre • No. 65 • 2 de Octubre de 2005    


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D viaje

Tierra soñada
La ciudad de Granada, al sur de España, deslumbra con un legado que fusiona lo mejor de oriente y occidente.

Por Gemma Gil Flores

Sobre los muros rojos de la Alhambra un texto reza “no hay pena más grande que ser ciego en Granada”. La belleza de esta ciudad, ubicada a medio camino entre las montañas de Sierra Nevada y las playas del Mediterráneo, la ha hecho merecedora de este y otros dichos.

El Patio de los Leones, con su fuente de mármol blanco, sorprendió por su lujo y esplendor a los primeros cristianos que entraron al palacio-fortaleza.

Anhelada tierra mítica, su memoria enlaza la historia de oriente y occidente. No en vano, Granada fue el último bastión árabe de la Península Ibérica. Su conquista por parte de los cristianos, el 2 de enero de 1492, puso fin a ocho siglos de dominación musulmana en España y otorgó carta blanca para que los Reyes Católicos decidieran apoyar el sueño loco de un marinero genovés, llamado Cristóbal Colón, en su deseo de alcanzar las Indias navegando hacia el oeste.

En el campamento que los cristianos establecieron para organizar el asedio de la ciudad, se firmaron las Capitulaciones de Santa Fe, es decir, las negociaciones que registraron las condiciones bajo las cuales la reina Isabel de Castilla respaldaba la visionaria empresa que desembocaría en el encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo.

Protagonista de tan rica historia, Granada es un mosaico de culturas y sus monumentos y calles son una buena muestra de ello.

Arabia en Europa

En el corazón de la ciudad, junto a la Catedral, donde están enterrados los Reyes Católicos, se extiende el confuso trazado de la Alcaicería. Sus calles angostas de zoco moruno se pueblan con los escaparates iluminados de los comercios de artesanías y con la fragancia de los naranjos que crecen en las plazas cercanas. Entre el gentío nunca falta la presencia de una matrona gitana, siempre dispuesta a vender una olorosa rama de romero o a revelar el secreto que se esconde en la palma de una mano.

No muy lejos de ese bazar, se encuentra la plaza de Bibrambla, con sus coloridos puestos para la venta de flores, o la calle de las teterías, inevitable punto de reunión para turistas, estudiantes universitarios y hippies que quedaron atrapados para siempre por el encanto de esta urbe.

Sin embargo, si de verdad hay un lugar que justifique por si sólo un viaje hasta Granada, ese es el conjunto de la Alhambra. Un impresionante monumento construido por la dinastía nazarí entre los siglos XIII y XIV, y que está integrado por los palacios donde residían los sultanes, la alcazaba o fortaleza militar, la medina o ciudad y los jardines del Generalife.

En su momento, la Alhambra había tratado de ser una recreación terrenal del paraíso soñado por los árabes, la civilización más sofisticada de la época. Por eso, cuenta la leyenda que cuando Boabdil, el último rey musulmán, se vio forzado a abandonar su reino, se volvió atrás a mirar desolado y, entonces, su madre le recriminó: “No llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.

Todo el recinto constituye un oasis de verdor, donde el murmullo del agua es el principal protagonista. Con luz propia destaca el Patio de los Leones, zona de recreo que permite conocer cómo eran las dependencias en las que se mantenía el harén del sultán.

La pronunciada subida hasta la colina en la que se alza el palacio-fortaleza se puede realizar en autobús. Aunque a la hora de bajar, merece la pena hacer el recorrido a pie para detenerse a visitar el Carmen de los Mártires.

Los cármenes son típicas fincas granadinas que se emplazaban en los barrios moriscos. Bellas casas-jardín rodeadas de cuidadas huertas y estanques en los que cada detalle constituye un homenaje a la paz, el frescor y la armonía. El de los Mártires es un palacete del siglo XIX, que se alza sobre lo que fueran los silos y mazmorras empleados durante el reinado musulmán para encarcelar a los enemigos cristianos. Con sus hiedras y nenúfares, sus magnolios y cipreses, sus azulejos y mosaicos, el lugar constituye una delicia para pasear.

Albaicín y Sacromonte

Fuera de la monumentalidad de la Alhambra, el espectáculo de Granada se vive en sus calles. Justo cuando las mesas y las sillas de los restaurantes invaden el Paseo de los Tristes, cuando los bares alejados del centro turístico empiezan a competir por ofrecer a la clientela la más generosa tapa (porción de comida gratuita que se ofrece con cada orden de bebida) o cuando se descubren por primera vez los barrios del Sacromonte y el Albaicín.

El primero se alza sobre una colina donde los gitanos solían excavar cuevas en la montaña para convertirlas en sus casas. Cuidadosamente arregladas, dichas cuevas constituyen auténticos santuarios donde poder contemplar buen cante y baile flamenco.

El segundo es el antiguo barrio morisco. Un laberinto de vías empedradas, casas encaladas, balcones engalanados con geranios rojos y frondosos cármenes que arranca desde la ribera del río Darro hasta el impresionante Mirador de San Nicolás.

Desde allí, se puede apreciar cómo las almenas de la Alhambra se recortan contra las cumbres nevadas antes de que caiga el sol. Y si se tiene suerte, es posible disfrutar del espectáculo acompañado por el rasgar de la guitarra de alguno de los músicos que suben hasta allá para contemplar lo que los granaínos califican, sin complejos, como el atardecer más hermoso del mundo.

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