Tierra soñada
La ciudad de Granada, al sur de España, deslumbra con un legado
que fusiona lo mejor de oriente y occidente.
Por Gemma Gil Flores
Sobre los muros rojos de la Alhambra un texto reza “no
hay pena más grande que ser ciego en Granada”. La
belleza de esta ciudad, ubicada a medio camino entre las montañas
de Sierra Nevada y las playas del Mediterráneo, la ha hecho
merecedora de este y otros dichos.

El Patio de los Leones, con su fuente de mármol
blanco, sorprendió por su lujo y esplendor a los primeros
cristianos que entraron al palacio-fortaleza. |
Anhelada tierra mítica, su memoria enlaza la historia de
oriente y occidente. No en vano, Granada fue el último bastión árabe
de la Península Ibérica. Su conquista por parte de
los cristianos, el 2 de enero de 1492, puso fin a ocho siglos de
dominación musulmana en España y otorgó carta
blanca para que los Reyes Católicos decidieran apoyar el
sueño loco de un marinero genovés, llamado Cristóbal
Colón, en su deseo de alcanzar las Indias navegando hacia
el oeste.
En el campamento que los cristianos establecieron
para organizar el asedio de la ciudad, se firmaron las Capitulaciones
de Santa Fe, es decir, las negociaciones que registraron las condiciones
bajo las cuales la reina Isabel de Castilla respaldaba la visionaria
empresa que desembocaría en el encuentro entre el Viejo
y el Nuevo Mundo.
Protagonista de tan rica historia, Granada es un mosaico de culturas
y sus monumentos y calles son una buena muestra de ello.
Arabia en Europa
En el corazón de la ciudad, junto a la Catedral, donde están
enterrados los Reyes Católicos, se extiende el confuso trazado
de la Alcaicería. Sus calles angostas de zoco moruno se
pueblan con los escaparates iluminados de los comercios de artesanías
y con la fragancia de los naranjos que crecen en las plazas cercanas.
Entre el gentío nunca falta la presencia de una matrona
gitana, siempre dispuesta a vender una olorosa rama de romero o
a revelar el secreto que se esconde en la palma de una mano.
No muy lejos de ese bazar, se encuentra la plaza de Bibrambla,
con sus coloridos puestos para la venta de flores, o la calle de
las teterías, inevitable punto de reunión para turistas,
estudiantes universitarios y hippies que quedaron atrapados para
siempre por el encanto de esta urbe.
Sin embargo, si de verdad hay un lugar que justifique por si sólo
un viaje hasta Granada, ese es el conjunto de la Alhambra. Un impresionante
monumento construido por la dinastía nazarí entre
los siglos XIII y XIV, y que está integrado por los palacios
donde residían los sultanes, la alcazaba o fortaleza militar,
la medina o ciudad y los jardines del Generalife.
En su momento, la Alhambra había tratado de ser una recreación
terrenal del paraíso soñado por los árabes,
la civilización más sofisticada de la época.
Por eso, cuenta la leyenda que cuando Boabdil, el último
rey musulmán, se vio forzado a abandonar su reino, se volvió atrás
a mirar desolado y, entonces, su madre le recriminó: “No
llores como mujer lo que no has sabido defender como hombre”.
Todo el recinto constituye un oasis de verdor, donde el murmullo
del agua es el principal protagonista. Con luz propia destaca el
Patio de los Leones, zona de recreo que permite conocer cómo eran las dependencias en las que se
mantenía el harén del sultán.
La pronunciada subida hasta la colina en la que se alza el palacio-fortaleza
se puede realizar en autobús. Aunque a la hora de bajar, merece la pena
hacer el recorrido a pie para detenerse a visitar el Carmen de los Mártires.
Los cármenes son típicas fincas granadinas que se emplazaban en
los barrios moriscos. Bellas casas-jardín rodeadas de cuidadas huertas
y estanques en los que cada detalle constituye un homenaje a la paz, el frescor
y la armonía. El de los Mártires es un palacete del siglo XIX,
que se alza sobre lo que fueran los silos y mazmorras empleados durante el reinado
musulmán para encarcelar a los enemigos cristianos. Con sus hiedras y
nenúfares, sus magnolios y cipreses, sus azulejos y mosaicos, el lugar
constituye una delicia para pasear.
Albaicín y Sacromonte
Fuera de la monumentalidad de la Alhambra, el espectáculo de Granada se
vive en sus calles. Justo cuando las mesas y las sillas de los restaurantes invaden
el Paseo de los Tristes, cuando los bares alejados del centro turístico
empiezan a competir por ofrecer a la clientela la más generosa tapa (porción
de comida gratuita que se ofrece con cada orden de bebida) o cuando se descubren
por primera vez los barrios del Sacromonte y el Albaicín.
El primero se alza sobre una colina donde los gitanos solían excavar cuevas
en la montaña para convertirlas en sus casas. Cuidadosamente arregladas,
dichas cuevas constituyen auténticos santuarios donde poder contemplar
buen cante y baile flamenco.
El segundo es el antiguo barrio morisco. Un laberinto de vías empedradas,
casas encaladas, balcones engalanados con geranios rojos y frondosos cármenes
que arranca desde la ribera del río Darro hasta el impresionante Mirador
de San Nicolás.
Desde allí, se puede apreciar cómo
las almenas de la Alhambra se recortan contra las cumbres nevadas
antes de que caiga el sol. Y si se tiene suerte, es posible disfrutar
del espectáculo acompañado
por el rasgar de la guitarra de alguno de los músicos que suben hasta
allá para contemplar lo que los granaínos califican, sin complejos,
como el atardecer más hermoso del mundo.
|