Angustia en la carretera
Los vehículos levantaban nubes de polvo que hacían
sentir más pesado el calor nocturnal.
Por: Francisco Mauricio
Martínez
Foto: Mario Linares
La angustia de la mujer traspasaba los cristales
de su automóvil parqueado a la orilla de la carretera. La
luz de la fila de vehículos que atropelladamente pasaban
a su lado iluminaba su rostro y resaltaban su expresión,
pero nadie se detenía. Todos corrían, pues en lo único
que pensaban era en salir pronto del atolladero.
La obscuridad se había adueñado de la noche desde hacía
más de una hora y los cientos de automovilistas que habían quedado
atrapados en el kilómetro 32 de la ruta al Atlántico, por causa
de un derrumbe, sólo pensaban en llegar a su destino. Sólo la mujer
aparentaba no estar interesada, ya que permanecía inmóvil dentro
de su vehículo.
Un convoy de Caminos había logrado quitar las rocas que minutos antes
habían cubierto la carretera durante cuatro horas y con esto terminaba
la pesadilla de cientos de automovilistas. Pocos reparaban en el gesto de la
mujer. La larga espera había dañado su automotor y lo único
que esperaba era que alguien se detuviera y la ayudara. Pero nadie parecía
estar dispuesto.
Los vehículos levantaban nubes de polvo que hacían sentir más
pesado el calor de la noche. Los tráileres parecían grandes monstruos
asediando a su presa. Se dejaban ir a toda velocidad sin importar lo que estaba
a su alrededor. Sus grandes faroles y la vibración que producían
sus 14 o 16 neumáticos sobre el asfalto estremecían a los demás
automovilistas.
De pronto, las dos filas de vehículos que se dirigían a la capital
se detuvieron. Todos se lamentaban de esto, ya que nadie quería detenerse.
La pregunta de todos era ¿Y ahora qué? ¿Por qué se
detuvo la fila? Minutos después la respuesta fue evidente: quienes dirigían
el tránsito habían dado vía a los que venían de la
capital al nororiente.
Fue en este momento cuando, de pronto, el vehículo se vio rodeado de cinco
hombres y una mujer. ¿Qué le pasó? fue lo primero que se
escuchó. “Pues no sé... el carro ya no me arranca”,
fue la respuesta inmediata. “En esta cola estoy desde hace cuatro horas
y la muchacha que cuida a mis hijos siempre se va a las cuatro de la tarde”,
agregó.
“Arranquémoslo en retroceso”, pide uno de los colaboradores
espontáneos. “Mejor lo jalemos”, adujo otro que sostenía
un lazo en la mano, mientras buscaba dónde amarrar la cuerda. “Yo
creo que si lo empujamos para adelante y luego para atrás podría
arrancar”, comentó otro.
En ese momento se principió a ver cómo las luces de los primeros
vehículos de la fila empezaban a avanzar nuevamente. En el fondo todos
pensaron, sin expresarlo, que no había más tiempo que perder y
como impulsados por un resorte todos se colocaron atrás del vehículo
y sólo se oyó ¡ya!, mientras uno de los hombres se introducía
en el automotor y tomaba el volante. ¡Ahora para atrás!, gritó otro.
En cuestión de 60 segundos el motor del vehículo nuevamente estaba
en marcha. Con esto había terminado la pesadilla de una mujer que al mediodía
salió de Salamá, Baja Verapaz, rumbo a la capital sin pensar que
viviría momentos de angustia en la carretera.
Para “brindar” por el
momento, uno de los espontáneos salvadores
sacó una bolsa de papel y dijo: “Un chicharroncito”. No
dio tiempo para esto, porque de pronto, nuevamente se escuchó el rugido
de los motores y el Mazda se confundió entre las luces, el polvo y poca
visibilidad de la noche.
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