Transparencia
Negar al pueblo el libre acceso a
la información es síntoma de una democracia mediocre.
Por: Francisco Mauricio
Martínez
Foto: Mario Linares
Cuando Félix Martínez, del Instituto
Federal de Acceso a la Información (IFAI) de México,
termina su intervención, la audiencia está gratamente
sorprendida. Resulta que cualquier persona, en cualquier parte
del mundo puede acceder a la página web del IFAI e indagar
cuánto gana un funcionario del gobierno federal, cuánto
se ha gastado el ministerio en construir una carretera o qué empresa
ha sido contratada. Y ahí no acaba la cosa. Cuando uno solicita
información, el IFAI está obligado a dar una respuesta
en 20 días máximo. Si el funcionario no proporciona
los datos en el plazo establecido, la ley le obliga a dar una respuesta
inmediata e incluso a pagar de su bolsillo los gastos de la reproducción
material. Eso para que no le vayan a despachar a uno con un “fíjese
que le voy a quedar mal” o un “pase adelante a la siguiente
ventanilla”.
Votar cada cuatro años no es democracia. El ejercicio efectivo
del poder del pueblo requiere de una condición básica:
que la gente esté informada de cómo se está administrando
la “cosa pública”. La información es
poder. El acceso a ella, la mejor forma de controlar la corrupción,
la gestión oscura, la impunidad y la discrecionalidad.
Entre ponente y ponente, la audiencia
imagina en voz alta cómo
funcionaría el sistema en Guatemala y de eso nos va a hablar
precisamente Sergio Mijangos, delegado del Comisionado Presidencial
para la Transparencia. Mijangos expone su corpus de buenas intenciones.
No queda muy claro cómo se va a articular, pero al menos
declara la intención del gobierno de poner en marcha, mediante
acuerdo gubernativo, una política de libre acceso a la información.
Pero del dicho al hecho hay mucho trecho y resulta que en el Congreso
de la República hay archivadas, nada más y nada menos
que ¡12 propuestas de ley al respecto!.
Mientras Silvio Gramajo, de la Asociación Doses, analiza
las contradicciones y aristas que habría que limar para
que una futura ley fuera efectiva, todos nos contagiamos de optimismo. ¡Qué buena
herramienta en contra del fraude!... pero la emoción dura
poco.
La intervención del diputado (y ex militar) Sergio Camargo
nos va a pintar un nuevo panorama: “A ver señores,
no seamos demagógicos. Si en el Reino Unido han tardado
cuatro años en poner en marcha una ley de transparencia
informativa, cuánto tiempo necesitaríamos nosotros.
Y además, se podría introducir la información
en una base de datos a partir de ahora, pero qué pasa con
los 184 años anteriores (¿entonces no empezamos nunca?).
Eso por no olvidarnos de que para llevar a cabo semejante empresa
en contra de la impunidad y el latrocinio hace falta dinero (¿el
mismo que desaparece de las arcas del Estado?). Y, estimada audiencia,
seamos serios, a ver qué preferimos, ¿emplear la
parte del dinero que no se desfalca en atender a viudas desamparadas
o establecer un sistema de transparencia informativa para evitar
el fraude?” La pregunta es absurda, si en el Congreso no
se van a poner de acuerdo en la vida. Es que ustedes no lo entienden,
la fragmentación de la cámara la hace inoperante
(y sabe de lo que habla, que para algo es diputado).
Silencio en la sala. No hay solución. Camargo nos lo ha
hecho ver, ahora sí, con meridiana transparencia. Cuando
no se puede no se puede y, además, es imposible. Qué suerte
que el hombre de las cavernas no pensara de esta manera justo antes
de inventar el fuego. |