Made in Santa Catarina
Mezclar, moldear, cocer, esmaltar... Esta es la historia de la
cerámica más famosa de las riberas del Lago Atitlán.
Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián
Es tan conocido que al llegar al pueblo no faltan
los voluntarios para guiarnos hasta el lugar. De camino pasamos
por la cancha de fútbol. Ofrece unas vistas tan asombrosas
de los volcanes que encajar un gol en la portería debe ser
como disparar hacia una postal. Al final de la angosta cuesta de
tierra, se encuentra el taller.

Todo el proceso, desde el barro hasta la
cerámica final, es artesanal. |
“¿Está Cristóbal Colón?”,
preguntamos. “¡Sí y también Pedro de
Alvarado!”, bromea desde el interior un trabajador con el
polvo seco recubriendo sus manos. Nada en el aspecto exterior de
la casa hace sospechar que al otro lado de la puerta se fabriquen
diariamente 60 piezas de la cerámica que está creando
la imagen de marca de Santa Catarina Palopó, Sololá.
“Tenemos 120 modelos que vendemos en once tiendas repartidas
por el país y también en pedidos que llegan desde
Florida y California”, explica Cristóbal Colón
Pérez, en el cuartel general de la cooperativa familiar
que dirige. Tazas, pomos de puerta, jarras, candeleros, platos,
peces, búhos… todas las figuras pasan por el mismo
proceso artesanal: mezclar el barro, tornearlo o vertirlo en moldes,
pulir las formas, cocer, pintar, esmaltar y volver a cocer.
Un americano en Atitlán
La aventura empresarial y artesanal comenzó cuando un ceramista
estadounidense afincado en México llegó a Guatemala.
Tras la Segunda Guerra Mundial, Ken Edwards había emigrado
desde California a Tonalá, donde fusionó un sistema
chino para cocer cerámica, con motivos decorativos locales
y técnicas propias. “Fue en éxito”, explica
un octogenario Edwards sentado delante de un amplio ventanal que
se asoma al Lago Atitlán.
En ningún momento había pensado en extender su artesanía
hacia la vecina Guatemala, sin embargo hace doce años un
viaje turístico cambió su vida y la de Santa Catarina. “Cuando
llegué me volví loco, encontré sílice,
talco, montañas enteras llenas de buena tierra, gente amable,
inteligente y trabajadora”, afirma. Dos semanas más
tarde volvió y recogió 200 muestras de barro. Tres
meses más tarde un minibús desembarcaba en el lago
dispuesto a crear un primer taller experimental.
“Dos niños se presentaron para descargar la camioneta”,
explica Edwards recordando el día de su llegada. “Uno
de ellos era él”, afirma señalando a Cristóbal
Colón, quien asiente recordando un tiempo lejano.
Según Edwards, a diferencia de lo que había ocurrido
en Tonalá, la gente aprendió rapidísimo. Jóvenes
de 13 años empezaron a pintar enseguida, “¡En
México nos costó 3 años!”, exclama.
Además, mientras en los talleres del vecino del norte, las
funciones estaban muy definidas, en Santa Catarina pronto todos
quemaban, todos mezclaban químicos, todos pintaban, porque “la
gente es tan creativa que no puede hacer todo el rato lo mismo”,
afirma jovial Edwards.
Empresa generacional
Actualmente, en el pueblo existen 4 cooperativas familiares.
La de Cristóbal Colón emplea a 10 personas, entre familiares
y amigos. El oficio se aprende desde temprano, como demuestra Filomena
Esmeralda Sicajan Pérez. Sólo tiene 6 años,
pero su contagiosa sonrisa se pasea diariamente por el taller para
aprender a pintar. No es la única, otros patojos a veces
llegan y lijan piezas. Para ellos es como un juego, pero como afirma
Cristóbal en el fondo les “tenemos que educar para
el trabajo”.
El negocio marcha viento en popa, pero es un oficio exigente.
Hay personas a las que no les gusta tener las manos metidas en
el barro todo el día. Todo lo contrario que a Santos Chaclán
de Totonicapán, “la tierra de las manzanas y las mujeres
guapas”, dice a modo de saludo sin levantar la mirada del
torno. Como si fuera el truco de un ilusionista la arcilla que
se mete por debajo de sus manos aparece por arriba convertida en
una jarra. Parece tan fácil. Es hipnótico. Cuesta
trabajo dejar de mirarle y más aún reprimir el deseo
de tocar la tierra húmeda.
“Llevo 20 años trabajando en esto y aún no me he aburrido,
lo que uno se imagina lo convierte en algo material. Es como un sueño”,
afirma mientras sus palmas acarician con delicadeza la loza recién nacida
. Parece el protagonista de La Caverna, de José Saramago. Un hombre sin
prisas. Un trabajo en extinción. Un modo de vida que cada vez es menos
el de nuestro mundo. “En casa usamos cacharros de barro, yo no voy a usar
algo made in China pudiendo hacerlo con mis propias manos”, afirma Chaclán
con coherencia. Y por si uno de natural no se escora hacia lo romántico,
el alfarero brinda un último argumento inapelable: “además,
los recipientes de plástico agarran mal sabor y siempre se quedan llenos
de grasa”.
Es hora de marcharse a ver el resultado final: las hileras de piezas
brillantes que se alinean en las estanterías de la tienda. Sin duda alguna, dentro
de algunas generaciones serán todo un clásico. |