Semanario de Prensa Libre • No. 67 • 16 de Octubre de 2005    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   • D reportaje
   D portafolio
   D artesanía
   D fondo
   D mundo
   D cultura
   D famosos
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


D artesanía

Made in Santa Catarina
Mezclar, moldear, cocer, esmaltar... Esta es la historia de la
cerámica más famosa de las riberas del Lago Atitlán.

Por Gemma Gil Flores
Foto Carlos Sebastián

Es tan conocido que al llegar al pueblo no faltan los voluntarios para guiarnos hasta el lugar. De camino pasamos por la cancha de fútbol. Ofrece unas vistas tan asombrosas de los volcanes que encajar un gol en la portería debe ser como disparar hacia una postal. Al final de la angosta cuesta de tierra, se encuentra el taller.

Todo el proceso, desde el barro hasta la cerámica final, es artesanal.

“¿Está Cristóbal Colón?”, preguntamos. “¡Sí y también Pedro de Alvarado!”, bromea desde el interior un trabajador con el polvo seco recubriendo sus manos. Nada en el aspecto exterior de la casa hace sospechar que al otro lado de la puerta se fabriquen diariamente 60 piezas de la cerámica que está creando la imagen de marca de Santa Catarina Palopó, Sololá.

“Tenemos 120 modelos que vendemos en once tiendas repartidas por el país y también en pedidos que llegan desde Florida y California”, explica Cristóbal Colón Pérez, en el cuartel general de la cooperativa familiar que dirige. Tazas, pomos de puerta, jarras, candeleros, platos, peces, búhos… todas las figuras pasan por el mismo proceso artesanal: mezclar el barro, tornearlo o vertirlo en moldes, pulir las formas, cocer, pintar, esmaltar y volver a cocer.

Un americano en Atitlán

La aventura empresarial y artesanal comenzó cuando un ceramista estadounidense afincado en México llegó a Guatemala. Tras la Segunda Guerra Mundial, Ken Edwards había emigrado desde California a Tonalá, donde fusionó un sistema chino para cocer cerámica, con motivos decorativos locales y técnicas propias. “Fue en éxito”, explica un octogenario Edwards sentado delante de un amplio ventanal que se asoma al Lago Atitlán.

En ningún momento había pensado en extender su artesanía hacia la vecina Guatemala, sin embargo hace doce años un viaje turístico cambió su vida y la de Santa Catarina. “Cuando llegué me volví loco, encontré sílice, talco, montañas enteras llenas de buena tierra, gente amable, inteligente y trabajadora”, afirma. Dos semanas más tarde volvió y recogió 200 muestras de barro. Tres meses más tarde un minibús desembarcaba en el lago dispuesto a crear un primer taller experimental.

“Dos niños se presentaron para descargar la camioneta”, explica Edwards recordando el día de su llegada. “Uno de ellos era él”, afirma señalando a Cristóbal Colón, quien asiente recordando un tiempo lejano.

Según Edwards, a diferencia de lo que había ocurrido en Tonalá, la gente aprendió rapidísimo. Jóvenes de 13 años empezaron a pintar enseguida, “¡En México nos costó 3 años!”, exclama. Además, mientras en los talleres del vecino del norte, las funciones estaban muy definidas, en Santa Catarina pronto todos quemaban, todos mezclaban químicos, todos pintaban, porque “la gente es tan creativa que no puede hacer todo el rato lo mismo”, afirma jovial Edwards.

Empresa generacional

Actualmente, en el pueblo existen 4 cooperativas familiares. La de Cristóbal Colón emplea a 10 personas, entre familiares y amigos. El oficio se aprende desde temprano, como demuestra Filomena Esmeralda Sicajan Pérez. Sólo tiene 6 años, pero su contagiosa sonrisa se pasea diariamente por el taller para aprender a pintar. No es la única, otros patojos a veces llegan y lijan piezas. Para ellos es como un juego, pero como afirma Cristóbal en el fondo les “tenemos que educar para el trabajo”.

El negocio marcha viento en popa, pero es un oficio exigente. Hay personas a las que no les gusta tener las manos metidas en el barro todo el día. Todo lo contrario que a Santos Chaclán de Totonicapán, “la tierra de las manzanas y las mujeres guapas”, dice a modo de saludo sin levantar la mirada del torno. Como si fuera el truco de un ilusionista la arcilla que se mete por debajo de sus manos aparece por arriba convertida en una jarra. Parece tan fácil. Es hipnótico. Cuesta trabajo dejar de mirarle y más aún reprimir el deseo de tocar la tierra húmeda.

“Llevo 20 años trabajando en esto y aún no me he aburrido, lo que uno se imagina lo convierte en algo material. Es como un sueño”, afirma mientras sus palmas acarician con delicadeza la loza recién nacida . Parece el protagonista de La Caverna, de José Saramago. Un hombre sin prisas. Un trabajo en extinción. Un modo de vida que cada vez es menos el de nuestro mundo. “En casa usamos cacharros de barro, yo no voy a usar algo made in China pudiendo hacerlo con mis propias manos”, afirma Chaclán con coherencia. Y por si uno de natural no se escora hacia lo romántico, el alfarero brinda un último argumento inapelable: “además, los recipientes de plástico agarran mal sabor y siempre se quedan llenos de grasa”.

Es hora de marcharse a ver el resultado final: las hileras de piezas brillantes que se alinean en las estanterías de la tienda. Sin duda alguna, dentro de algunas generaciones serán todo un clásico.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com