Bajo la lluvia con el Buki
En invierno la ley del más
fuerte se impone hasta para abordar un autobús urbano.
Por Claudia Méndez Villaseñor
Es invierno y por las calles de la ciudad docenas
de personas caminan al compás del aguacero vespertino. En
las paradas abarrotadas, las caras húmedas reflejan la angustia
de la espera. Diez, quince, veinte minutos y asoma el autobús
que se detiene justamente frente al charco más profundo.
Desesperada por subir la multitud chapotea entre el agua sucia.
Entre empellones e insultos se impone la ley del más fuerte. Rezagados quedan mujeres con
niños y ancianos.
Arriba el piloto sonríe mientras observa su magnificencia. Desde su trono-asiento,
el manda y todos obedecen. —“Sino le gusta, bájese y pague
un taxi”—.
Adentro del autobús repleto, comienza el duelo de los paraguas y las capas
mojadas. Es imposible escapar de la lluvia. A todos alcanza.
Son las 7.00 de la noche de un día cualquiera y el aguacero azota con
furia inusitada. Frente a la oscura parada de Molino de las Flores florece un
campo de sombrillas y capas de hule.
Pasados tres cuartos de hora, nadie dice nada, pero todos aguardan
impacientes por el mismo autobús: una Morena que los lleve a Mixco, al parque, a la
Fábrica La Luz.
Durante ese tiempo, aparecen de la nada, una dos, cuatro, cinco
camionetas: ¡Vacíos
a Berlín! ¡La Comunidad! ¡La Fuente!, gritan incesantes los
brochas.
Una hora y ni sombras de la 10- Mixco. Los paraguas y los plásticos ya
no son suficientes para protegerse del torrente cada vez más furioso. Por piedad o estrategia, el ayudante de uno de los buses varados
grita sin entusiasmo: ¡Vacíos
al parque de Mixco! La multitud reacciona y empuja con violencia para ingresar
al vehículo. Cuarenta y cuatro logran asientos y otros 200 permanecen
de pie. Todos, calados hasta los huesos. Cinco minutos y el autobús parte.
Son las 8.00 de la noche.
Un kilómetro arriba se encienden unos focos rojos y a todo volumen comienza
a sonar la música del Buki (Marco Antonio Solís). Afuera las ráfagas
de viento chocan contra las ventanas.
Las tonadas tristes, el vaho que exhala el encierro y la rojiza luz convierten
el autobús cargado en bar de mala muerte. Sólo hace falta que alguien
grite: —Cantinero, sírvame otro trago— y que un par se agarre
a golpes. La lluvia continúa y la camioneta-cantina llega al parque de
la villa.
Borrachos de cansancio todo el mundo se levanta y tal como en el arribo,
el descenso es cuestión de fuerza. Los paraguas abiertos avanzan en la noche de tormenta.
Mañana será otro día, ojalá sin lluvias para que
el regreso a casa no sea tan despiadado. |