Semanario de Prensa Libre • No. 69 • 30 de Octubre de 2005    


   Portada
   Editorial
   Opinión
   Cartas
   D todo un poco
   Claroscuro
   D frente
   • D ciudad
   D portafolio
   D pasatiempo
   D fondo
   D mundo
   D cultura
   D museo
   D famosos
   D viaje
   Punto final
   D archivo
   Directorio


Claroscuro

Bajo la lluvia con el Buki
En invierno la ley del más fuerte se impone hasta para abordar un autobús urbano.

Por Claudia Méndez Villaseñor

Es invierno y por las calles de la ciudad docenas de personas caminan al compás del aguacero vespertino. En las paradas abarrotadas, las caras húmedas reflejan la angustia de la espera. Diez, quince, veinte minutos y asoma el autobús que se detiene justamente frente al charco más profundo.

Desesperada por subir la multitud chapotea entre el agua sucia. Entre empellones e insultos se impone la ley del más fuerte. Rezagados quedan mujeres con niños y ancianos.

Arriba el piloto sonríe mientras observa su magnificencia. Desde su trono-asiento, el manda y todos obedecen. —“Sino le gusta, bájese y pague un taxi”—.

Adentro del autobús repleto, comienza el duelo de los paraguas y las capas mojadas. Es imposible escapar de la lluvia. A todos alcanza.

Son las 7.00 de la noche de un día cualquiera y el aguacero azota con furia inusitada. Frente a la oscura parada de Molino de las Flores florece un campo de sombrillas y capas de hule.

Pasados tres cuartos de hora, nadie dice nada, pero todos aguardan impacientes por el mismo autobús: una Morena que los lleve a Mixco, al parque, a la Fábrica La Luz.

Durante ese tiempo, aparecen de la nada, una dos, cuatro, cinco camionetas: ¡Vacíos a Berlín! ¡La Comunidad! ¡La Fuente!, gritan incesantes los brochas.

Una hora y ni sombras de la 10- Mixco. Los paraguas y los plásticos ya no son suficientes para protegerse del torrente cada vez más furioso.

Por piedad o estrategia, el ayudante de uno de los buses varados grita sin entusiasmo: ¡Vacíos al parque de Mixco! La multitud reacciona y empuja con violencia para ingresar al vehículo. Cuarenta y cuatro logran asientos y otros 200 permanecen de pie. Todos, calados hasta los huesos. Cinco minutos y el autobús parte. Son las 8.00 de la noche.

Un kilómetro arriba se encienden unos focos rojos y a todo volumen comienza a sonar la música del Buki (Marco Antonio Solís). Afuera las ráfagas de viento chocan contra las ventanas.

Las tonadas tristes, el vaho que exhala el encierro y la rojiza luz convierten el autobús cargado en bar de mala muerte. Sólo hace falta que alguien grite: —Cantinero, sírvame otro trago— y que un par se agarre a golpes. La lluvia continúa y la camioneta-cantina llega al parque de la villa.

Borrachos de cansancio todo el mundo se levanta y tal como en el arribo, el descenso es cuestión de fuerza. Los paraguas abiertos avanzan en la noche de tormenta. Mañana será otro día, ojalá sin lluvias para que el regreso a casa no sea tan despiadado.

 
© Copyright 2004 Prensa Libre. Derechos Reservados.
Se prohibe la reproducción total o parcial de este sitio web sin autorización de Prensa Libre.
revistad@prensalibre.com.gt
www.prensalibre.com